Antes de iniciar el viaje

Imagine el bullicio de cualquier estación, instantes antes de partir. Algunos esperan a un familiar o a un amigo; otros, en cambio, permanecen expectantes a que se anuncie la vía por la que discurrirá el viaje que están a punto de emprender. Este libro comienza aquí, antes de que arranque el tren. Antes incluso de que usted se suba al vagón. Ahora es el momento de decidir si quiere seguir adelante o si prefiere desistir sin explicaciones y continuar con su particular vida y rutina.

No todas las paradas del recorrido que se le anuncian hasta el final son cómodas ni de la misma naturaleza.

En las primeras, el entorno es áspero, rugoso y con un cierto traqueteo provocado por una vía —la vida en sociedad— que no ha recibido el mantenimiento requerido: se denuncia la tontuna que nos acompaña y que hemos normalizado, y se pone nombre a ideas, conductas y renuncias que muchos prefieren no ver por comodidad, rutina o por simple falta de criterio.

Más adelante, y tras un obligado transbordo, el viaje se detiene en un modelo que no pretende ser ideal ni heroico; solo aspira a ser humano.

Al final del trayecto, al llegar a la estación término, cuando ya no queda nada más que esconder, llega lo concreto: la pregunta incómoda, la que no admite teoría —basta de teoría— ni aplazamientos. Se le invitará a enfrentarse a lo que usted esté dispuesto a hacer para que la sensatez se imponga a tanta estupidez colectiva.

Si decide continuar y llegar hasta el final, deberá responderse a sí mismo —sin testigos ni aplausos—: ¿qué hará para no sumarse a la comodidad del silencio?

Ahora es el momento de la verdad: ¿sube al tren o decide no hacerlo?
El trayecto es exigente y no valen reproches al final del recorrido. Aquí ya solo cuenta una cosa: actuar.
Usted decide.

1. Introducción a la Tontocracia:
los síntomas de la incompetencia generalizada

Probablemente el término «Tontocracia» resulte todavía ambiguo y carente de una definición precisa —el diccionario de la Real Academia Española (RAE) ni siquiera lo contempla—, aún lejos de evocar un significado inequívoco.

Esa indefinición, sin embargo, encierra una virtud: abre la puerta a que nuestra imaginación se dispare y nos preguntemos a quiénes podríamos otorgar tan dudoso mérito y distinción. Es decir, señalar a quiénes han hecho de la tontería el principio rector de su conducta.

El riesgo, claro está, es navegar por lo vago y difuso sin llegar a las concreciones necesarias. Por eso, mi primera intención es trazar los límites del territorio: identificar a sus protagonistas y las circunstancias que los envuelven.

Así, la pregunta obligada es ¿qué tipo de individuos gozan de ciudadanía plena en ese reino? Cuatro figuras principales: el tonto, el estúpido, el necio y el mediocre.

Ahora bien, conviene no engañarse, nadie está a salvo del todo, porque de alguna forma todos hemos transitado por esos parajes en algún momento de nuestras vidas, aunque solo haya sido en calidad de turistas.

Por eso, antes de proceder a retratarlos y definirlos, resulta útil distinguir entre sus dos tipos genéricos de habitantes:

Los personajes del reino

Vamos por partes —como aconsejaría Jack el Destripador—.

El tonto

En su acepción más elemental, es un individuo carente de entendimiento suficiente, incapaz de interpretar con claridad la realidad que lo rodea. Ingenuo, falto de juicio o de criterio, no distingue las causas de los efectos y, por ello, suele tomar decisiones equivocadas.

Recuerdo la advertencia de uno de mis profesores a mi paso por la Academia General Militar de Zaragoza: «Más vale un listo vago que un tonto trabajador». Lo que entonces me pareció casi una ofensa hacia determinados individuos se reveló, con el paso del tiempo, como un consejo cargado de sabiduría.

Porque si el tonto, además, está motivado, se convierte en un generador de problemas añadidos, pues su torpeza diligente multiplica el número de errores que requieren solución. Algo así como un bombero pirómano, de juicio escaso y poco malicioso pero devastador. ¿Quién no se ha topado con alguien así? Piénselo, piénselo bien.

El tonto que lo es sin más no se empecina ni se obceca con lo que no alcanza a relacionar. En ocasiones, conserva, al menos, el ánimo de comprender y salir adelante. Animado por ese espíritu, pondrá intención y esfuerzo en abandonar su condición. Lo suyo no es un problema de actitud, sino de raciocinio.

El estúpido

Añade a las legendarias «virtudes» del tonto su obstinación irracional y una perseverancia casi heroica. El tonto, al menos, podría estar dispuesto a aprender; el estúpido, no. Y no porque su orgullo se lo impida, sino porque simple y llanamente no le interesa ni lo considera necesario.

¿Su rasgo más determinante? Jamás mide las consecuencias de sus actos, hasta el punto de autoinfligirse daños en el proceso.

El historiador Carlo M. Cipolla, en su célebre ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana, lo retrató con precisión quirúrgica en su tercera ley:

El estúpido es capaz de provocar un daño a otra persona o a un grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, incluso obteniendo un perjuicio.[1]

La comparación resulta clara: el inteligente gana él y ganas tú; el malvado gana él y pierdes tú; el incauto pierde él y ganas tú; pero el estúpido, pierde él... y pierdes tú. Con él no hay trato posible, la factura, como siempre, la pagamos todos... y a veces con intereses.

El necio

Suma a su estupidez la rigidez mental que lo caracteriza: su terquedad es orgullosa. Aunque conoce otras perspectivas, las rechaza sistemáticamente.

Llevado por su habitual contumacia, no se deja convencer, no escucha y no dialoga, convirtiendo la sinrazón en su anhelado principio vital. Todo le resbala como si fuera adornado siempre de singular impermeable.

Como dice un aforismo clásico, atribuido tanto a Confucio como a Sócrates o a determinados proverbios árabes: «El que no sabe y no sabe que no sabe es un necio; evítalo».

Mientras que el tonto tropieza con su falta de juicio y el estúpido con su obstinación irracional, el necio, llevado de su soberbia, avanza un paso firme al frente de otros —tontos todos ellos— hacia el daño irreparable. El necio, al ignorar que no sabe, duplica su ignorancia.

Nunca se estrella solo, arrastra consigo a toda la tripulación confiada... hacia el desastre.

El mediocre

Es distinto, ya que no carece de entendimiento, tan solo ignora la llamada de la excelencia. Este tipo de personaje difícilmente contaría con las simpatías de Aristóteles: «Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito».

Y como el hábito exige perseverancia, y la única que está dispuesto a asumir es procurar lo mínimo para no quedar señalado, el mediocre siempre se moverá en la más absoluta irrelevancia.

En ocasiones, este comportamiento se ve precipitado por la presencia de un jefe controlador, pasivo y agazapado, que evita dar indicaciones a la espera de que un error le permita reprenderlo. Así, el colectivo acaba interiorizando que solo cabe hacer lo imprescindible para evitar su juicio y reprimenda.

Su influencia en la Tontocracia es sutil pero profunda: instala la mediocridad como estándar, desanima la creatividad y frena tanto la innovación como la grandeza.

El tonto confunde lo simple con lo simplón. El estúpido, cosido a su dogmática personalidad, se destruye a sí mismo y a los demás. El necio, aferrado a su terquedad, huye de cualquier matiz; contumaz hasta la extenuación, solo sabe alejarse de él. El mediocre, más discreto, opta por la comodidad de simular que sí; si accede al poder, se rodea de otros mediocres para garantizarse un reinado gris y tranquilo.

El ciudadano con la nacionalidad acreditada se mostrará de lo más patriota en cualquiera de estos escenarios. Ya sea en la política (da igual si es presidente, ministro, diputado, alcalde o concejal), en la docencia (rector, decano, director de colegio o profesor) o en una empresa (directivo, cargo intermedio, personal de base), dejará un rastro constante de su acreditada valía tontuna, siendo este el escenario ideal donde los personajes se despliegan a su gusto.

Pero estos individuos no actúan en el vacío. Su torpeza se multiplica cuando se mezcla con las pasiones humanas más profundas: la envidia, la soberbia, la intransigencia y, sobre todo, el poder, que magnifica los defectos de quienes lo poseen, ya que los protege de toda crítica.

El poder por sí solo, aunque se acompañe de maldad, tiene un efecto limitado sobre la realidad que lo rodea. Pero ejercido por aclamación, como en Tontocracia, se vuelve especialmente dañino.

La historia lo ilustra con crudeza: figuras como Hitler no habrían logrado ninguna influencia significativa si no hubieran contado con la complicidad de una estupidez colectiva dispuesta a amplificar sus delirios. En definitiva, nada que no haya dejado de ocurrir en lo más cotidiano de nuestras vidas.

Basta contemplar cualquier gran organización y ver al colectivo de directivos que se mueve al son de lo que «se supone que hay que hacer» con el único ánimo de perpetuarse en el cargo. Lo de menos es la verdad, la honestidad, lo correcto.

Tratados los personajes, es hora de dibujar los escenarios que acogerán sus actuaciones y que se desarrollarán a lo largo de los primeros capítulos de este trabajo.

Los escenarios

Cuatro son los teatros de operaciones que enmarcan nuestro viaje por el país de la Tontocracia: la empresa, la política, la educación y la vida en sociedad.

El orden, francamente, es lo de menos; lo esencial es recorrerlos todos, pues cada uno nos permite asomarnos a una puesta en escena donde la tontería no solo echa raíces, sino que florece con un descaro que asusta. Y lo hace ante un público entregado que aplaude y vitorea, mientras el sentido común, con sus cada vez menos seguidores, llora afligido en un rincón de la sala.

En la empresa, bajo la apariencia de profesionalidad y eficiencia —al menos eso creía hasta acceder a posiciones de primer nivel—, se esconden jefes mediocres, líderes tóxicos y políticas tan vistosas como huecas.

Se suceden interminables luchas de poder que no persiguen otra cosa que la permanencia en el puesto y el beneficio económico; el resultado lo es todo, el único juez, el único dogma.

Lo más triste, por anecdótico que parezca, es que pocos se plantean que ese resultado, siendo condición necesaria, precise de un marco de actuación que lo distinga. Un marco que le otorgue un sentido más allá de la fría cuenta de resultados y que persiga el desarrollo de las personas en cuanto a lo que son: seres humanos.

El entorno organizativo ofrece varios papeles y situaciones que, a modo de síntomas de una enfermedad —la estulticia, dolencia que ni las consultoras de renombre logran diagnosticar ni les interesa—, se concretan en dos grandes frentes: el desempeño de quienes lideran y las políticas que proyectan.

Entre estas últimas, destacan las dos grandes estrellas de la farsa empresarial: el marketing «mentiroso» y la responsabilidad social corporativa «performativa».

Así funciona la Tontocracia organizacional: brillar y, sobre todo, deslumbrar para ocultar la miseria de fondo.

Pero no abandone la lectura, lo empresarial apenas constituye el primer acto de este espectáculo. Si aguzamos la mirada, veremos que la misma obra continúa representándose en otro escenario, igual de absurdo pero más cercano: el de la vida en sociedad.

En la sociedad, la banalidad campa a sus anchas: redes sociales que premian la apariencia, modas absurdas que se imponen como dogma y prioridades invertidas que confunden el tener con el ser.

Aparente felicidad, elegancia —justo lo contrario de serlo— o amistades infinitas —llamados ahora seguidores—, todo ello adorado a golpes de likes, ocupa la existencia de muchos personajes que pasan por la vida sin que la vida sin por ellos.

Sócrates, desde su pedestal, debe de estar mascullando lo que ya anticipara en su momento: «Una vida sin reflexión no merece ser vivida».

Gracias a los influencers profesionales..., de la nada, ya no se necesitan filósofos. Y si con ellos no es suficiente, siempre queda preguntarle a la IA por nuestras angustias vitales.

Lo trivial triunfa. Nada como una comida de amigos en la que nadie escucha a nadie porque la pantalla del móvil los tiene absortos.

Sigamos con la tontuna. ¿Para qué un hijo cuando basta con un perro?

Y continuemos con la moda de la «conducta ecológica de escaparate», que completa este circo con conciertos y verbenas de jóvenes, y no tan jóvenes, autoproclamados ecologistas, pero que dejan tras de sí un rastro de inmundicia y de plásticos.

Discursos encendidos sobre sostenibilidad que terminan, al final del día, en cubos de basura repletos de comida desperdiciada y envases sin reciclar. No importa el fondo, solo la foto. La consigna es simple: parecer antes que ser.

Movidos por la estupidez y el consumo, se adoptan eslóganes y se abraza una ley misteriosa y ridícula que no es otra cosa que pura superstición: el mantra de que el pensamiento positivo atraerá toda suerte de venturas o la sentencia mágica de que «Si quieres, puedes». Se olvida, claro está, que hace falta esfuerzo, disciplina e imaginación... para que finalmente nuestras intenciones se hagan realidad... o no.

Eslóganes como este, al fin y al cabo, desprecian a los que perdieron la final o no se clasificaron para la siguiente ronda.

Gente que, tras saborear la derrota, dirigirá su mirada enojada al «fabricante» de semejante artilugio mental de autoengaño.

Tras una pausa y con el telón de nuevo en lo alto, comienza el tercer acto: el de la política.

En esta puesta en escena, los actores son, en el fondo, los encargados de representarnos ejerciendo un poder que les hemos delegado; de algún modo, son doblemente actores: se representan a sí mismos, y, al mismo tiempo, a los demás.

Sin embargo, basta una mirada atenta para descubrir que la Tontocracia se ha adueñado también de este escenario, antaño reservado a los mejores.

La pregunta, entonces, resulta inevitable: si la política nos representa y en ella florece la estupidez, ¿no estaremos contemplando un espejo que, en el fondo, refleja —sin maquillaje alguno— nuestra condición colectiva? ¿No será, acaso, el testigo de cómo ha ido infiltrándose en nuestra vida cotidiana?

En la política, el espectáculo sustituye al criterio, y la mentira se convierte en una norma aceptada, protegida, además, por un electorado que aplaude eslóganes sin exigir verdades.

Aquí es donde más claramente se ha instalado la farsa. La narrativa importa más que la verdad, hasta el extremo de que la acción es apenas la continuación del relato, no la solución del problema.

La mentira o, por aún, la palabra ambigua y no lo bastante matizada son el hilo conductor del discurso político. Como todos los votos importan lo mismo, lo relevante es la cantidad, nunca la calidad.

La máxima es simple: lo mucho se confunde con lo mejor. Y si el equilibrio es inestable, serán las minorías quienes marquen el paso del gobernante, que no tendrá empacho en entregar lo que sea con tal de perpetuarse en el poder.

Ninguna referencia a la ética, al bien común, a lo que es correcto hacer.

Y así, se olvida aquella lección que uno de mis profesores del MBA me dejó cuando le compartí mis dudas sobre abandonar una empresa de gran facturación e importancia: «Santiago, no te has dado cuenta de que una “mierda”, cuanto más grande, es peor».

Una sentencia que, por su simpleza, muchos prefieren ignorar.

El político debe mostrarse como uno más del rebaño para que este lo encumbre. Ya no lidera. Surfea las olas fingiendo que las dirige, cuando en realidad solo busca adelantar a lo que su electorado desea para presentarse como su guía y adalid. Es, en realidad, un surfista de la opinión pública, más pendiente de la espuma que de la profundidad del mar.

Ya no se trata de subirse a lomos de gigantes, sino de reducir a los gigantes hasta que se confundan con el resto. Y así, destruyendo referentes, la sociedad se empobrece, se deshace y presenta un cuerpo y un semblante llenos de heridas.

Heridas abiertas que nos conducen, sin descanso y con el telón aún en ascenso, a la siguiente estación del viaje: la educación.

En la educación —ese espacio que debería cultivar pensamiento crítico y carácter— se ha instalado la lógica del mínimo esfuerzo: aprobar sin saber, enseñar sin exigir, aprender sin cuestionar.

La enseñanza se concibe hoy como proveedora de felicidad; se busca el aprobado masivo, la inclusión en lugar del conocimiento excelente, no vaya a ser que el alumno se dé por ofendido —o peor aún, sus padres—.

La estupidez elevada a la máxima potencia. El resultado: una educación que no forma, que no exige, que no educa; convertida en un gigantesco trampantojo donde cada cual representa su particular teatrillo.

Basta escuchar al decano de una facultad, interpelado en una entrevista de radio sobre la preparación de los estudiantes que recibe: «Los alumnos entran porque las notas de corte se han elevado respecto de años anteriores».

Olvida —o prefiere no reconocer— que esas notas se han inflado sistemáticamente y que ya no van acompañadas de verdadera exigencia. Se niega el problema, se alimenta la tontuna colectiva y se proclama un falso éxito. Pero, señor decano, si en tercero de carrera de ADE son mayoría los que no saben resolver una simple regla de tres, ¿de qué excelencia habla?

Y es que esta educación de escaparate, tan satisfecha de sí misma y de sus cifras maquilladas, no hace sino lubricar la maquinaria de la Tontocracia. Porque si a los jóvenes se les enseña que se puede aprobar sin saber, que se puede progresar sin esfuerzo, ¿qué clase de profesionales, de ciudadanos, de líderes estamos fabricando?

El desenlace es tan evidente como preocupante: una sociedad de títulos sin talento, diplomas sin criterio y carreras académicas reducidas a un trámite más que a un proceso de formación.

El trampantojo educativo no se queda en las aulas: se traslada a la empresa, a la política y a la vida en sociedad, consolidando la mediocridad como norma y perpetuando un círculo vicioso donde lo que menos importa es aprender, pensar o construir, y lo único relevante es aparentar que se hace.

El resultado: una sociedad que no aspira a lo excelente, bello o culto, sino a lo vulgar y uniforme. Hasta el extremo de que quien se presente con gesto educado, conocimiento experto y juicio profundo y, además, bien pertrechado en el vestir se lo considerará un pringado —bro, en la jerga actual, un «pringao»— si no ha conseguido, con ello, nadar en la más absoluta de las banalidades.

Se repite hasta la saciedad que todos somos iguales, pero esa igualdad no es fruto de la justicia ni de la dignidad compartida, sino de la nivelación por lo más bajo: una homogeneización al mínimo denominador. Se procura que nadie brille demasiado, que nadie destaque, que nadie se atreva a ser mejor. Porque de ser así el resto se sentiría humillado, menospreciado, dolido. ¡Qué barbaridad!

Reservaremos los dos últimos capítulos (el quinto y el sexto) a la esperanza. Porque cuando la tormenta arrecia, cuantos más inconvenientes ofrece la vida, más se necesita el auténtico liderazgo y más a fondo debe emplearse luchando contra la incomprensión, la crítica ajena y mencionada, la cancelación y, sobre todo, contra la soledad de quien elige pensar.

Cuando las cosas se ponen feas, pocos son los que persisten en el esfuerzo. El final, de lo más retador, interpelará al lector: ¿está dispuesto a asumir la soledad?

La Tontocracia no se impone por la fuerza de sus argumentos, sino por el silencio de quienes renuncian a combatirlos.

Para ilustrarlo, nada mejor que la sutileza de la poetisa americana Lydia Howard Sigourney (1845) en su célebre metáfora del camello; y no, no me refiero a lo que los nacionales tontocráticos podrían entender por «camello». Situémonos en Oriente:

Cuando a su tienda llegó un hombre fatigado,
con los brazos y el pensamiento agotado,
a través de la ventana abierta vio, de repente,
un camello que asomaba su testa.
«Tengo la nariz helada», lloró lastimeramente,
«Ay, deja que un poco me la caliente».

Pero, al consentirle solo un pequeño gesto, el camello avanzó lentamente: metió primero el hocico, luego la cabeza, el cuello, hasta ocupar toda la tienda. Aterrado, el hombre observó cómo aquel intruso se adueñaba del espacio que le pertenecía.

La advertencia de Sigourney es clara: la tontería, como el camello, entra poco a poco y, si no se detiene a tiempo, termina ocupándolo todo. Cederle un milímetro es allanarle el camino para que se convierta en dueña del lugar.

La Tontocracia celebra lo trivial y desconfía de lo extraordinario. Prefiere el ruido a la música, el chisme a la reflexión, los realities al pensamiento profundo, lo divertido a lo trascendente; el eslogan vacío a la idea compleja.

Así, la inteligencia queda marginada, la creatividad ridiculizada, el esfuerzo desacreditado y la excelencia percibida casi como una ofensa. En definitiva, prefiere rodearse de mediocres, porque su figura hace sentir incómodos a los demás.

Covey, en Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, describe con certeza la evolución de la cultura social.[2] Hemos pasado de venerar el carácter —comportamientos basados en principios de integridad, humildad, fidelidad, disciplina, valentía y paciencia— a rendir culto a la personalidad, que tras la Segunda Guerra Mundial se fundamenta en la imagen pública, es decir, en la percepción que los demás tienen de nosotros.

Así, hemos transitado de la cultura del «ser» a la del «parecer» y, con la aparición de las redes, al «estar aparentando»: una vida instalada en un idilio falso y estúpido con una realidad impostada.

Este libro no pretende ser un manual de insultos, sino una radiografía del sistema invisible que nos ha fagocitado a todos, uno que premia la torpeza y castiga el mérito, que celebra lo banal y arrincona lo admirable.

La Tontocracia no es solo un peligro para la política o para la economía, es una amenaza para la cultura, la convivencia y la esperanza de construir algo mejor. Al final, la Tontocracia se ha abrazado a la revancha y ha olvidado el perdón.

Porque el verdadero problema no es que existan tontos, estúpidos, necios y mediocres —los ha habido siempre—, sino que hoy, en lugar de resistirlos, hemos decidido aplaudirlos, votarlos y elegirlos.

La Tontocracia no es un territorio habitado por un único tipo de individuo, sino un entramado complejo de personas que interactúan, se refuerzan y se legitiman mutuamente.

Cada una, a su manera, contribuye a erosionar el pensamiento crítico y a empobrecer la vida común. Y lo más inquietante: todos, en algún momento de nuestra vida, podemos caer subsumidos en una de estas categorías.

Reconocerlo no es un ejercicio de superioridad moral, sino una invitación a estar atentos, porque el poder de la tontería no reside en su fuerza, sino en la pasividad frente a ella.

Ahora imagínese el órgano de gobierno de una nación llamada Tontocracia: presidente, ministros y secretarios de Estado adornados todos de «tanta virtud».

¿Qué podrías resultar? Respóndase usted mismo.

Este trabajo es, en consecuencia, una cartografía de la tontería.

No pretende insultar ni herir a nadie, sino desnudar las formas en que la falta de juicio, la obstinación, la cerrazón, la mediocridad, la maldad y el oportunismo se han infiltrado en nuestras instituciones, empresas, relaciones y decisiones colectivas.

Y es también un recordatorio: si no aprendemos a identificar y resistir a estos impresentables, terminaremos gobernados y dominados por ellos.

Aquí no debemos atender, de ningún modo, a la fábula del burro, el tigre y el león, que, invitándonos a la resignación, nos sugiere evitar la pelea cuando topamos con uno de esos personajes. Vamos a ella.

Había un burro que pastaba tranquilo en el bosque, convencido de que sabía más que nadie. Un día vio acercarse a un tigre hambriento y, con aire de sabio, le dijo:

—¡Mira, tigre! Esa yerba es marrón, seca e inútil. Nada que valga la pena.

El tigre la olfateó y comprobó que estaba verde, jugosa y fresca.

—¡Burro! Estás equivocado, esa yerba es verde y nutritiva.

El burro, orgulloso, insistió:

—La yerba es marrón.

El tigre, irritado, lo remitió al león. Ante él, el burro se adelantó y preguntó:

—Majestad, ¿no es cierto que la yerba es marrón?

El león, con gesto desapasionado, respondió:

—Sí, la yerba es marrón.

El burro, saltando de alegría, se alejó convencido de su victoria.

El tigre, confundido, preguntó al león:

—Majestad, ¿por qué dice que es marrón, si sabe que es verde?

El león contestó:

—Porque no vale la pena discutir con alguien que no razona. Perder el tiempo en una discusión absurda con quien solo busca tener razón es una forma de desperdiciar tu inteligencia.

El tigre, atónito, comprendió que, en ciertos territorios de la Tontocracia, la realidad y la lógica importan menos que la autoridad aparente —el puro postureo— y la capacidad de imponerse con descaro.

El burro, por su parte, siguió pastando orgulloso, demostrando que, en ese entorno, a veces la ignorancia bien plantada se confunde con sabiduría, y la tontería puede gobernar sobre la inteligencia.

Y ahí está la trampa: aceptar la moraleja de la fábula —«No discutir con quien no razona»— puede parecer sensato en lo individual, pero en lo colectivo se convierte en el alimento perfecto de la Tontocracia.

Porque cada vez que renunciamos a dar la batalla contra la tontería, le cedemos espacio, le otorgamos legitimidad y le dejamos ocupar el centro del escenario. En otras palabras: no es el burro quien gana por su razón, sino porque nosotros le dejamos gobernar con su sinrazón.

Llegados a este punto, el burro victorioso nos obligará a comulgar con ruedas de molino. Y entonces dejará de ser fábula para convertirse en nuestra realidad.

Iniciamos el viaje.

2. Tontocracia en la empresa:
síntomas en líderes y políticas que dañan

La primera estación de nuestro particular recorrido se encuentra en el mundo de la empresa, un pilar fundamental de la economía de un país y crisol donde confluyen y se encarnan muchos de nuestros personajes. Allí conviven tontos, estúpidos, necios y mediocres con aquellos que lo son a veces —los fijos discontinuos, ¿recuerda?—.

Como advierte Cipolla en su segunda ley:

La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.[3]

Por tanto, no debe extrañarse de que la tontuna se reparta por igual entre los distintos niveles y departamentos de cualquier organización. Bien es cierto que no todos cargan con la misma responsabilidad, y ahí radica un factor de diferencia esencial.

Abundando en la idea, y antes de proseguir con la narrativa, conviene traer a colación una anécdota atribuida con frecuencia a una tertulia de intelectuales y políticos españoles de principios del siglo XX.

Se cuenta que, al oír elogiar a Salvador de Madariaga por hablar cinco idiomas, Ortega y Gasset respondió con su habitual ironía: «Eso lo único que significa es que don Salvador es tonto en cinco idiomas».

Lo cierto es que no todos los tontos, «bobotontos» o tontos elevados a la enésima potencia soportan el mismo peso de responsabilidad.

Traducido al castellano paladino: las posibilidades de que un director general o el presidente de una sociedad sea un estúpido son exactamente las mismas que las de un empleado de base. La diferencia estriba, como ya ha quedado dicho, en la responsabilidad. Y es ahí donde la estupidez, apalancada en el poder, se vuelve devastadora: no tropieza sola, arrastra estructuras, decisiones y, a veces, hasta la empresa misma.

Por eso este capítulo se centra en diseccionar las «virtudes» de los directivos de primer nivel: los responsables de definir y aplicar políticas, los que marcan el rumbo y deciden cómo interpretar y aplicar, sobre todo, el marketing mentiroso en sus formas más llamativas: felicidad laboral y responsabilidad social corporativa... performativa.

Cada una de estas políticas, cuando se sustentan en la mentira —lo más habitual—, se convierten en un acto potenciador de la Tontocracia; a veces con elegancia, a veces con descaro. Acerquémonos en primer lugar a los directivos.

SÍNTOMAS EN LOS LÍDERES

Llegados a este punto, conviene fijar un concepto tan escurridizo como el de líder. Vayamos con parsimonia.

Todos los jefes ejercen el poder porque dirigen, pero no todos los jefes son líderes.

De ahí nace una confusión: se asocia «dirigir» —el verbo— con quien desempeña el cargo, el directivo. Y, por extensión, se concluye que quien está al frente de una organización o un equipo, por el mero hecho de «liderar» (el verbo), ya es un líder (el sujeto). Craso error.

El líder —y son muy muy pocos los que existen— juega en otra liga. Entre los jefes que no son líderes —la mayoría—, conviven dos especies: el buen jefe, que organiza, controla, administra y da un trato correcto; y el mal jefe, que es autoritario, inseguro y a menudo... inútil. Sí, un inútil con todas las de la ley.

El contraste es brutal. Mientras que los primeros permiten y animan a que se exprese la motivación de los colaboradores, los segundos la apagan y solo estorban.

Se puede ser un buen jefe sin ser líder. Y se puede ser líder sin ser jefe. La condición de líder no la da el cargo, sino la conducta, que es honesta y respetuosa con los demás, incluso cuando sea necesaria la corrección o el despido.

De ahí las diferencias —abismales— que se producen entre un jefe líder (líder de verdad) y un jefe merluzo, categoría que sintetiza a todos los especímenes que, siendo jefes, reinan y habitan en Tontocracia.

A lo largo de mi trayectoria laboral he conocido a muchos tipos de jefes: soberbios, gritones, narcisistas, ejemplares que, en charla coloquial, podrían catalogarse como propios de esa «especie marina». Y también, por supuesto, a buena gente.

Pero solo en contadas ocasiones he tenido la inmensa suerte de compartir espacio con personas excepcionales que, por la grandeza de su condición, arrinconan el error y el defecto a un segundo plano.

Y no, no me refiero a ese tipo de «líder» hipnótico y manipulador —ese impostor de cartón piedra— que subyuga a quienes lo rodean; hablo del que reconoce en el otro a un igual y lo trata como lo que es: una persona completa en su dignidad.

Virtudes del líder auténtico

Entre las cualidades de quienes merecen tal calificativo destacan:

Características tan exigentes hacen que sean muy pocos los que realmente merezcan el calificativo de líder. No obstante, al enumerarlas, quisiera resaltar que me he apoyado hechos concretos y en personas que, en la medida en que así se emplearon, dejaron en evidencia a aquellos otros que, siendo impostores, se tienen por líderes.

Por cierto, ninguno de los matices apuntados se adquiere en un aula, se puede reflexionar sobre ellos, sí, pero su puesta en práctica queda relegada para después, al acabar las sesiones.

Y, aun así, muchos siguen presumiendo de másteres de liderazgo en escuelas de negocio donde incluso los más torpes —merluzos potenciales— consiguen el diploma... ¡y con matrícula de honor! No hay campus mejor que la práctica real en una organización, guiado por un mentor, pero eso lo dejaremos para más adelante.

Los principales pecados de esta especie submarina, en todas sus variantes, son un ego descontrolado, la falta de escucha, la nula atención a los demás y un miedo al conflicto que intentan disimular mediante la imposición.

Todos ellos son síntomas de una personalidad mal construida, poco hecha, deshilachada y un alma de cartón piedra, incapaz de sostener el peso de una verdadera autoridad.

Y es que el liderazgo no se improvisa ni se aprende de memoria en un aula, se fragua en la coherencia de la vida, en la constancia del ejemplo y en la hondura de un carácter que sabe que mandar no equivale a liderar.

El liderazgo auténtico encuentra su esencia en la personalidad del individuo y en la forma en que se relaciona con los demás. Nadie aprecia a los seres que ama por su currículum, sino por lo que son y por lo que representan para nosotros.

Esta fauna empresarial puede sobresalir en los roles estratégicos y directivos —anticipando lo que otros aún no son capaces de ver (rol de estratega) y creando entornos donde las personas trabajen mejor (rol directivo)—, pero seguirá perteneciendo a esa misma familia y territorio mientras no aprenda a relacionarse con humanidad.

La verdadera condición de líder no depende tanto del intelecto ni de la capacidad organizativa como de su humanidad.

Los roles de estratega y directivo se centran en la organización y representan la dimensión administrativa de la dirección, en la que destacan las funciones que Mintzberg definió como decisionales, informativas e interpersonales (de representación de la empresa entre otras).

En cambio, la condición humana del líder (cuando hablamos del genuino) se reconoce, como señaló el profesor del IESE Business School Juan Antonio Pérez López, en el tipo de persona que se anhela ser: encerrada en su egoísmo e interés, o abierta generosamente al desarrollo de los demás.

Ese ideal, que puede sonar a pura utopía en el mundo corporativo, encuentra una formulación que sorprende por su claridad en un lugar inesperado: el artículo 65 de las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas,[7] de larga tradición en el Ejército español.

Sí, sí, no se sorprenda. Allí se condensa, con una sencillez pasmosa, la esencia de un liderazgo auténtico fundamentado en «hacerse querer y respetar» y, al mismo tiempo, corregir sin humillar; siendo firme, comedido y sin altanería incluso en la amonestación.

Ese precepto condensa lo esencial del liderazgo genuino: autoridad basada en el respeto, firmeza equilibrada y ejemplo constante. Es un código claro y directo, de eficacia probada, una lección de humanidad que, paradójicamente para muchos, figura en un reglamento militar y que sigue siendo inalcanzable para la mayoría de los directivos y habitantes de Tontocracia.

Pero ese espacio se le escapa al merluzo como agua entre los dedos. Por más títulos que cuelgue en su pared, siempre acabará mostrando la miseria de su condición.

Sin embargo, la realidad del entorno corporativo muchas veces es bien distinta: no todos los que ostentan posiciones de liderazgo poseen ni desean para sí esas cualidades.

Algunos directivos se ven dominados por rasgos de personalidad que solo vigilan por su interés particular; se arropan con la bandera corporativa para simular que buscan lo mejor para la organización cuando en realidad solo buscan lo mejor para ellos. Y ese juego, tarde o temprano, acaba pasando factura, si no durante su propio «reinado», lo hará en el del directivo que herede los frutos de su siembra.

Como dice el dicho popular, «A cada cerdo le llega su San Martín». Y es que, más pronto o más tarde, la irresponsabilidad, la mediocridad o la maldad pegada al poder terminan pasando factura. No siempre ocurre de inmediato y, hasta que llega ese momento, arrastran estructuras, personas y proyectos enteros.

Esta certeza no es un consuelo, también a quienes se emplean con corrección puede sucederles que sus esfuerzos no se vean recompensados. Pero sí actúa como recordatorio de que el poder sin criterio ni ética es una bomba que tarde o temprano explota. Memento mori.[8]

Liderar con acierto no consiste en tener todas las respuestas, sino en crear un espacio donde puedan surgir las mejores. Y eso solo puede hacerse desde el respeto y la consideración por los demás, lo que —con carácter previo, y junto con el conocimiento y la experiencia— depende de la humanidad y la autenticidad de quien está al frente.

La paradoja es que la realidad corporativa suele ir en dirección opuesta y, cuanto más se habla de liderazgo (entiéndase: el genuino) en manuales, conferencias y másteres de relumbrón, menos se practica en las organizaciones. Y es ahí donde florece la Tontocracia, regada por títulos rimbombantes y cultivada en despachos donde la humanidad se considera un recurso prescindible.

La tríada oscura: narcisistas, maquiavelos y psicópatas al mando

En su primera aproximación, los personajes de esta narrativa —tontos, estúpidos, necios y mediocres— quedaron agrupados bajo la etiqueta de «merluzos». Sin embargo, quizá resulte más preciso aplicarles otro adjetivo que aglutine y condense las cuatro perspectivas anteriores: «tonto del haba» —coloquialmente «tontolaba»—. Es el individuo que, siendo poco o nada malicioso, actúa no tanto por cálculo y estrategia como por pura torpeza y azar; como aquel que al degustar el roscón de Reyes se topa con el haba maldita que le obliga a costear todo el pastel.[9]

El «tontolaba» tropieza sin querer o actúa sin malicia planificada; en cambio, los integrantes de la tríada oscura empujan a otros al abismo para asegurar su propio paso. Esta especie maliciosa actúa con plena conciencia: calculan, manipulan y buscan resultados, aunque eso suponga sacrificar a quien sea. Así tenemos a:

El narcisista

Egocéntrico y hambriento de admiración constante, se proyecta desde la falsa superioridad de quien se cree por encima de los demás. Daniel Goleman distingue dos tipos:

El maquiavélico

Sujeto frío, calculador y cínico. Su manipulación es de carácter estratégico; fijado un objetivo, fingirá, mentirá y hará lo que sea necesario para alcanzarlo.

El psicópata

El rey de la tríada. Ajeno al dolor de los demás, lleva al extremo las «virtudes» del maquiavélico: impulsivo, carente de empatía y capaz de conductas abiertamente antisociales.

Por curioso que resulte, los integrantes de la tríada oscura están sobrerrepresentados en puestos directivos, lo que resulta sumamente peligroso si tenemos en cuenta el efecto multiplicador del poder.

Paul Babiak y Robert Hare, en Snakes in Suits: When Psychopaths Go to Work,[10] señalan que, en una muestra de 203 ejecutivos estadounidenses, los niveles de psicopatía clínica —no criminal— superaban los de la población general: un 4 por ciento frente a un 1 por ciento.

Nathan Brooks, de la Universidad de Bond en Australia, encontró que el 21 por ciento de 261 directivos presentaban niveles significativos de psicopatía.

Estos personajes se distribuyen en un continuum difícil de delimitar. Sin embargo, para lo que aquí nos ocupa, eso resulta irrelevante. No necesitamos un diagnóstico clínico, basta con anticipar su comportamiento. Son manipuladores excepcionales, depredadores del entorno, capaces de hacer que un «tontolaba» parezca un ingenuo, casi digno de compasión (y de carcajadas, si no fuera tan triste). Son individuos poco fiables, pero con gran habilidad para interpretar lo que la situación exige.

Llorarán en un funeral porque el protocolo lo requiere, no porque les duela; aplaudirán un éxito porque así lo dicta el guion, no porque su corazón se agite de alegría.

Su impulsividad y carencias afectivas los hacen inmunes a las consecuencias de sus actos. Operan y calculan, pero no sienten ni padecen:

Se comportan casi como inteligencia artificial: precisos, calculadores, eficaces..., y con la misma capacidad de experimentar y mostrar ternura que un robot. Sin emoción genuina ni principios éticos internos sus decisiones buscan solo rentabilizar sus deseos. No sienten piedad ni afecto, solo determinación e impulso. Apártese de ellos lo antes posible... si todavía puede.

A estas alturas del relato, quien más quien menos se preguntará: ¿por qué logran alcanzar la cúspide organizacional? En parte, la respuesta ya ha quedado clara: son individuos carismáticos y seguros de sí mismos, ajenos a dilemas morales, expertos en manipulación y capaces de generar resultados. Para ellos, lo importante es eso; todo lo demás resulta secundario.

Este es, en definitiva, uno de los fenómenos que explica la presencia de ciertos individuos en los órganos de dirección. Pero la otra parte de la ecuación también tiene su responsabilidad. Quienes deciden a qué directivo contratar suelen suscribir la idea ya expresada: «Lo que no son pesetas son puñetas».

En el mundo empresarial pocos consideran que los resultados deban alcanzarse de manera ética. Así, cuando llega el momento de decidir, muchos piensan: «Mejor alguien de esta especie que otro que se incomode a la hora de actuar como la situación “requiere”».

Acudamos de nuevo a una historia ilustradora de lo apuntado. Imagínese la serie Succession, pero trasladada a una multinacional patria.[11]

El consejero delegado, hijo del presidente y fundador de la empresa, baraja poner al frente de una de las sociedades del grupo familiar a alguien que no es del agrado del hombre de confianza del presidente, ese personaje que, sin lazos de sangre, siempre ha permanecido a su sombra.

Se trata de un individuo hábil, formado y manipulador que prefiere ejercer el poder entre bastidores antes que hacer ostentación de él. Algo así como un actor secundario que, sin embargo, acaba llevándose todos los premios.

Calcula, insinúa y desliza su mensaje con la precisión de un cirujano, machacando sin cesar la mente del consejero: «Dado que la empresa es, fundamentalmente, de hombres, esa mujer que quieres situar en la dirección no será capaz de llevar las riendas del negocio».

Su veneno, inoculado a pequeñas dosis, resulta tan eficaz que, al final, el consejero opta por contratar a dos personas —una de su preferencia, la fémina en cuestión, y otra del gusto del planificador maquiavélico— para desempeñar el cometido que debía recaer en una sola.

El objetivo del genuino representante de la tríada oscura no era otro que forzar, cuanto antes, la renuncia de la directiva que no era de su agrado. Apostaba a que, agotada por sus propias iniciativas, las de su rival en el puesto y las presiones naturales de la organización, terminaría abandonando la nave.

Pero el plan, a corto plazo, no dio el resultado esperado. Lo único que consiguió fue una convivencia imposible, un auténtico desastre para la empresa.

No obstante, el maquiavélico estratega dio por bueno el desenlace: ya no estaba la directiva indeseada y su rival era, al fin y al cabo, una pieza perfectamente sacrificable. A continuación, solo quedaba buscar y colocar a alguien más dócil que sirviera a sus fines. ¿Quién salió reforzado en su papel de gurú? El mismo personaje que había movido los hilos desde la sombra, mostrando de nuevo los rasgos clásicos de la tríada que nos ocupa.

Ahora bien, si la tríada oscura resulta peligrosa por su capacidad de manipular y destruir con intención calculada, existe otro fenómeno igual de dañino y, para desgracia de todos, todavía más frecuente en la realidad empresarial: la mediocridad recompensada.

Aquí ya no hablamos de narcisistas, maquiavelos o psicópatas, sino de un espécimen más discreto, pero no por ello menos corrosivo: el incompetente que asciende, el mediocre premiado —e incluso celebrado— por el simple hecho de no incomodar demasiado y encajar dócil en la maquinaria.

La mediocridad recompensada: el ascenso de lo incompetente

Este «tontolaba institucional» suele ser fruto de la elección interesada de otro mediocre, situado por encima de él en la jerarquía y temeroso de perder protagonismo. Sus miedos pesan más que el bien que podría aportar el nuevo elegido, y por eso prefiere rodearse de iguales antes que de mejores.

Así la especie se perpetúa, asegurando siempre su permanencia en el centro del escenario, aunque el precio sea condenar a la empresa a un bucle de mediocridad ascendente. Lo colectivo importa poco; lo que predomina son las miserias de un ego acomplejado y falto de buen desempeño.

La ausencia de pericia en la promoción del mediocre también obedece a una creencia limitante: la de pensar que se debe promocionar al que «sabe más» o ejecuta mejor su trabajo actual, ignorando que un buen desempeño previo no garantiza resultados en un cargo de mayor responsabilidad.

Como se repite una y otra vez en el mundo financiero, rentabilidades pasadas no aseguran rentabilidades futuras. Es, en definitiva, una variante del principio de Peter: en una jerarquía, las personas ascienden hasta alcanzar su nivel de incompetencia.

Daniel Goleman, en La práctica de la inteligencia emocional, es tajante al respecto.[12] En el subapartado «El principio de Peter: demasiada universidad y poca guardería» subraya que un elevado coeficiente intelectual y una experiencia sobresaliente pueden llevar al fracaso cuando alguien asume responsabilidades directivas. Un técnico brillante puede encontrarse de repente al frente de un equipo sin las habilidades humanas necesarias.

Así, el entorno laboral se llena de malos jefes. En resumen, las alternativas de crecimiento en una empresa pueden bifurcarse en dos sendas: «trepar» por la escalera del poder —ejercido con mayor o menor humanidad— o ascender por la escalera del saber —destacarse técnicamente sin garantía de liderazgo.

Howard Gardner, en Las cinco mentes del futuro, diferenciaba entre materia y disciplina.[13] La mayoría estudia materias; las disciplinas, en cambio, constituyen un modo característico de pensar, conectan contenidos y permiten actuar con coherencia en el mundo. El mediocre, sin embargo, no se distingue ni por erudición ni por creatividad ni por su capacidad de afrontar circunstancias complejas.

La síntesis de estos matices explica el pobre desempeño directivo actual: sobreexposición a la escalera del saber y un infantilismo emocional persistente. Ese recalcitrante infantilismo lo dejaremos para el próximo capítulo. El mediocre asciende, muchas veces, porque no representa amenaza alguna.

Nada como una anécdota «sufrida» en mis primeros años de escuela para ilustrarlo. Con apenas catorce años pude apreciar la ventaja de ser percibido como un mediocre «tontolaba» frente a rivales que sí competían entre sí con uñas y dientes. Era costumbre en mi colegio celebrar, por Navidad, un concurso de belenes obligatorio para todos los alumnos de cuarto de bachillerato (entre trece y catorce años).

El mecanismo era sencillo: uno de los profesores apuntaba en la pizarra los distintos «motivos navideños» para que, en grupos de cuatro, los alumnos eligiéramos uno y recogiéramos las figuras que el colegio ponía a nuestra disposición.

Mi grupo, más interesado en el juego y en el deporte que en otra cosa, decidió permanecer agazapado, a la espera de que no quedaran motivos disponibles. Pero nuestra mente, poco trabajada hasta entonces, no cayó en la cuenta de que todo estaba previsto y calculado.

El final del reparto de escenarios se nos presentó de lo más lamentable. El único diorama que quedó disponible se titulaba «La travesía del desierto». Sin alternativas, no nos quedó otra que asumir tan noble tarea.

El resultado fue un auténtico «lamento de belén», una forma cúbica de madera rebosante de arena y adornada con un fluorescente de lo más cutre, que provocaba la mirada lánguida de unos Reyes incapaces de soportar tanto resplandor. ¡Qué vergüenza en comparación con los demás!

Votó todo el colegio y, como no podía ser de otra manera, también nosotros, aunque eso sí, adornados de un gesto taurino de indiferencia y desapego, como si aquel engendro de belén no tuviera nada que ver con nosotros. El recuento de votos nos dejó atónitos y nos dio una lección que jamás olvidaré.

¡Nos quedamos perplejos; ¡qué digo yo! ¡El colegio entero quedó perplejo! Entre una cuarentena de participantes logramos colarnos en el top ten del concurso. Un sentimiento de gozo, hasta entonces desconocido para nosotros, nos invadió. Habíamos superado con creces la expectativa de ser los últimos.

Huidos de la inicial vergüenza y de la posterior alegría, pronto comprendimos la enseñanza: todos los que optaban al triunfo nos habían regalado sus votos, no por mérito alguno, sino para evitar que fueran a parar a sus rivales directos, convencidos de que lo nuestro era un imposible.

Y ahí quedó la lección: el mediocre puede ser un rival más peligroso de lo que parece. Basta, si no, con mirar a los representantes políticos actuales. Pero eso lo reservaremos para otro capítulo.

Jefes que destruyen más que construyen

El problema se agrava cuando estos mediocres alcanzan la cúspide y se convierten en jefes. Allí no construyen, destruyen. Su inseguridad los lleva a bloquear cualquier iniciativa que no puedan controlar, a castigar la creatividad que los supera y a recompensar la obediencia ciega.

La empresa se convierte entonces en un lugar de supervivencia, no de crecimiento. Es algo muy típico en las empresas familiares, donde abundan dos tipos de jefes: el «pelota» y el «palo muerto».

La empresa familiar: pelotas y palos muertos

El jefe «pelota»

Siempre atento a descifrar el estado de ánimo del propietario y a convertirlo en plan, orden o directriz, como si fuese idea propia. No pertenece a la familia, y lo máximo a lo que puede aspirar es a ser un «asimilado».

En la empresa familiar el apellido pesa más que el mérito y para algunos que no forman parte de la saga, el peloteo es la única estrategia que les permite ganar «caché» suficiente para sobrevivir.

El criterio para ascender suele ser casi siempre fidelidad, sumisión y obediencia.

La continuidad bajo el amparo de la familia se convierte en una prueba inversa de criterio; cuanto más tiempo se permanece, menos autonomía y carácter se demuestra. El que aguanta mucho suele ser un camaleón, jamás muestra su opinión, solo la que imagina que el pater familias quiere escuchar. Y si alguna vez se atreve a tener criterio propio y a manifestarlo, lo habitual es que se le revuelva a modo de catapulta, es decir, que sea lanzado al vacío antes que tarde.

El jefe «palo muerto»

Por el contrario, este no hace nada, ni siquiera finge actividad. Pertenece a la familia y su cuna es su vacuna: está blindado por sangre, no por méritos. La lucha no va con él, porque su pasividad es su carta de presentación.

Ambos se parecen en lo esencial: no aportan valor y permanecen porque conviene a quien manda.

Este cuadro se vuelve especialmente pintoresco con el «pelota»: no aporta soluciones, solo halagos. Sabe detectar en segundos el humor y las preferencias del jefe y adaptarse al instante.

Su trabajo no es mejorar la empresa, sino reforzar el ego del propietario y con ello impulsar su propio proyecto profesional adelante. Su deporte favorito es el beso hacia arriba y la patada hacia abajo, en otras palabras: ser servil con el superior y déspota con los inferiores.

Anecdotario del baboseo

Veamos un ejemplo de jefe «pelota». El presidente de una sociedad decidió agasajar a sus directivos de primer nivel con una estancia de lujo de quince días en unas playas paradisíacas de América del Sur. Él, junto con algunos miembros de su familia con presencia en la sociedad y otros directivos, se embarcaron en una nave alquilada para tan noble distracción, acompañados de un conjunto musical y un cuerpo de bailarinas.

En medio del jolgorio, tras un chapuzón en el mar, el protagonista de esta secuencia subía por una escala de cuerda que, al desplazarse por la torpeza de dos directivos ya en cubierta, le provocó un dolor insoportable y un grito inmediato. Una de las uñas de la mano derecha había quedado en posición de firmes, doblada a noventa grados de su postura natural.

Ya en cubierta, cercano al mareo, pidió una toalla humedecida y algo de hielo para aliviar el dolor. Con sorpresa, observó que el resto de los directivos —menos uno— se afanaban en apartar al presidente de la escena, intentando evitar que sufriera al contemplar aquel espectáculo tan doloroso —sobre todo para él.

Vano ejercicio de servilismo: «el pelota» lo es en todo momento y lugar, y reina porque el dueño del reinado no lo impide.

Por otra parte, está el «jefe palo muerto», ese directivo inmóvil que no aporta nada. Nadie sabe muy bien qué hace, pero ahí sigue. En las grandes corporaciones sobrevive gracias a su perfil bajo y a que nunca genera problemas.

En las empresas familiares, su inmovilidad llega a ser un signo de distinción. Muchas veces se adorna de un gesto tranquilo y sereno mientras fuma una pipa que pretendidamente le da un aura de sabiduría.

Si le pregunta, nunca obtendrá una respuesta ejecutiva. Si le invita a decidir, se limitará a contraatacar con otra pregunta: «¿Usted qué haría en este caso?». Es apático, sin iniciativa, no sabe, no aprende, no decide. Está ahí por política, nepotismo o porque alguien necesitaba esconder un problema, pero en realidad él es el problema.

Su lema es: «No pienses. Si piensas, no lo digas. Si lo dices, no lo escribas. Si lo escribes, no lo firmes. Y si lo firmas, ¡niégalo!». Eludir decisiones es su deporte favorito. Por eso, si usted sufre de un palo muerto en su vida profesional, huya lo antes posible. El «palo muerto» no cae, se pudre de pie.

Ambos perfiles —«pelota» y «palo muerto»— son recompensados porque se perciben como seguros. No arriesgan, no innovan, no incomodan. Pero, al hacerlo, condenan a la empresa a vivir de inercias pasadas, incapaz de proyectarse hacia el futuro.

Y, sin embargo, con estas dos modalidades de jefe no queda todo dicho. La fauna directiva es mucho más rica y variada. Existen tantos estilos de jefes que destruyen más de lo que construyen como combinaciones posibles de personalidad e inseguridad.

Algunos arquetipos merecen mención aparte, no por extravagantes, sino por el enorme impacto que generan en la vida de las personas y en el destino de las organizaciones. Y es que, si bien cada empresa tiene sus matices, los perfiles que veremos a continuación se repiten con sorprendente frecuencia, como si fueran moldes invisibles que la realidad se empeña en reproducir.

Otras subespecies de jefes que destruyen

El jefe solitario

Siempre ocupado y ensimismado, trabajador incansable de un único asunto que lo mantiene en trance permanente. El papel de los colaboradores queda limitado a «obedecer, siempre obedecer», y a perseguir la pelota que él lanza, como si fueran mascotas, sin esperar de ellos otra cosa que no sea traerla de vuelta.

Lo abarca todo, lo controla todo, lo decide todo; se considera el más listo del lugar, aunque bajo su vigilancia todo se ralentiza. Contempla al equipo desde la atalaya de su particular soberbia. Tan enfrascado está en sus tareas y en su ego que no percibe lo que cambia a su alrededor: no se entera.

El cuello de botella está en la cabeza de la botella. Y él es ese cuello: todo se atasca detrás, esperando a que su ego libere el paso.

El burócrata

Administra, ordena, estandariza. Vive en el reglamento y lo quiere todo por escrito y bien escrito. Meticuloso, lento, ordenado, precavido y desconfiado. El cambio le resulta imposible, vive de espaldas a los resultados y promociona únicamente a burócratas tan escrupulosos como él. La jerarquía es su único credo, la firma su único amuleto y la copia compulsada su himno de batalla.

El procedimiento es su refugio; si algo falla, nunca asumirá la culpa y recaerá sobre los hombros de quien que no siguió el sagrado formulario en la página tres, párrafo segundo, inciso B. Su única virtud —y a la vez su peor condena— es que jamás improvisa.

Prefiere perder semanas en un trámite inútil antes que arriesgarse a tomar una decisión rápida. Así, convierte cada proyecto

en una carrera de obstáculos donde el papel pesa más que el resultado. El burócrata se siente seguro en la inmovilidad. Y si nada cambia, él nunca se equivoca.

El burócrata solitario

Se trata de una síntesis de los dos anteriores. En esto, la experiencia también me acompaña. Un escrito suyo le retraerá a los tiempos del Mio Cid: «Con esta carta respondo a la suya de la semana pasada, no sin antes reconocerle las bondades de su desempeño y ejemplo...», y así hasta el ahogamiento verbal. Si se moviera en el mundo de la arquitectura, el estilo churrigueresco parecería minimalista.

El visionario

Innova, emprende, imagina. Nada es imposible... sobre todo para quien nunca lo hará. Vive instalado en el reino de las promesas, donde cada ocurrencia brilla como un fuego artificial que ilumina un segundo para, a continuación, extinguirse en humo.

No sabe medir la capacidad de las personas: exige sin encargar, pide castillos en el aire sin planos ni cimientos, revoluciona comités con discursos arrebatados que no conducen a puerto alguno.

Sus colaboradores, arrastrados por su fiebre de grandeza, terminan agotados, confundidos y a menudo tumbados en el diván de un psiquiatra, preguntándose en qué momento confundieron ilusión con dirección.

El visionario es un eterno funambulista, camina sobre el alambre de sus propias fantasías, convencido de que siempre habrá una red debajo..., aunque esta no sea otra cosa que la espalda cansada de su equipo.

El visionario despistado

Imagínese al jefe visionario, exultante porque su empresa ha alcanzado cifras récord de facturación y beneficios, que decide repartir un incentivo económico idéntico a todos los miembros de la organización, sin importar la dedicación ni la responsabilidad. Guiado por su peculiar visión, cree estar siendo generoso cuando lo único que ha conseguido es enfadar a todos.

Los menos comprometidos se burlarán de quienes sí trabajan: «¡Pringado! ¿No ves que te van a valorar igual tanto si haces como si no? Fíjate que yo no hago nada y aun así he recibido el mismo incentivo que tú».

Así, con su decisión, el visionario despistado consigue que hasta el más entusiasta acabe desmotivado.

El príncipe benévolo

Concede el derecho al pataleo, pero sin incentivo real; se trata de un desahogo controlado, un simulacro de participación cuidadosamente acotado. Se muestra paternalista, como un monarca de teatro que reparte sonrisas y palmaditas a cambio de obediencia.

Maneja papeles y personas como si fueran lo mismo: archivadores con patas y expedientes con pulmones. Concede migajas de cercanía, un gesto amable aquí, una palabra condescendiente allá, todo al precio de la sumisión y el buen ambiente. Su benevolencia es pura escenografía, un teatro cortesano donde él siempre ocupa el trono y los demás apenas son figurantes agradecidos por poder alzar la vista hacia él. Lo cierto es que no le importan ni los resultados ni las personas; lo único que no soporta son los problemas. Se comporta como un conductor negligente que deja a su espalda un reguero de accidentes sin ser consciente de ello.

Un papel muy similar al que Blake y Mouton describieron como «estilo club campestre» (paternalista), caracterizado por una alta preocupación por las personas y baja por las tareas.[14] El resultado: una cultura que prioriza la armonía, evita los conflictos y se desentiende de los resultados.

El jefe gritón

Su autoridad se mide en decibelios, no en argumentos. Cree que alzar la voz es lo mismo que convencer, y que el miedo es más eficaz que la confianza. Muchos piensan que expresar la rabia es liberar tensión y ya está..., pero en realidad deja cicatrices invisibles en quienes lo rodean.

¿Qué hacer ante tanto despropósito?

La respuesta nunca es sencilla ni puede reducirse a fórmulas universales, ya que cada enfermedad necesita su propio tratamiento. Cada contexto tiene matices, y cada espécimen requiere un antídoto distinto.

Lo único común es la necesidad de preservar la propia dignidad, no permitir que el mal liderazgo erosione la autoestima ni que la rutina de la obediencia acrítica convierta en normal lo que nunca debería serlo.

Dos caminos se abren ante nuestros ojos: alejarse, si es posible, o resistir desde dentro.

La primera alternativa implica reconocer que no todas las batallas merecen ser libradas y que, a veces, el mejor movimiento es retirarse del tablero —aunque a menudo sea pura utopía.

La segunda supone sostenerse en pie, respetarse, no agachar la cabeza, mantener la mirada serena incluso ante el grito, hablar con calma cuando haya ocasión y documentar cada paso para protegerse.

Ninguna de estas opciones garantiza la victoria, pero ambas aseguran algo esencial: no traicionarse a sí mismo.

Porque, al final, no se trata de corregir al jefe —que rara vez cambiará—, sino de decidir cómo queremos situarnos frente a él. Y eso, aunque parezca poco, ya es mucho, es lo único que devuelve la certeza de haber actuado con coherencia, de no haber bajado la mirada donde la debía bajar el otro.

Resulta esclarecedor comprobar que todos estos calificativos que hemos ido cosiendo a la palabra «jefe» tienen más que ver con lo que se es como persona que con los conocimientos o la experiencia que figuran en un currículo. Liderar con mayúsculas exige conocimiento, sí, por supuesto, pero sin una forma de ser adecuada resulta un imposible.

El conocimiento faculta, el coraje determina y la ética guía.

Ahora, tras la pausa y con el telón aún cubriendo el escenario, preparemos la siguiente puesta en escena. Ya no se trata de individuos concretos, sino de las políticas que estos prestidigitadores de la dirección hacen posibles, relatos cuidadosamente adornados para simular interés donde no lo hay.

Es el turno de hablar del marketing mentiroso.

SÍNTOMAS EN LAS POLÍTICAS DE EMPRESA

El marketing mentiroso

Movidos por la estupidez, el consumo y el afán de captar clientela rendida ante toda suerte de modas, se adoptan eslóganes huecos mientras se abrazan leyes misteriosas —y no menos ridículas—, como aquella que sostiene que el pensamiento positivo, a través de la llamada ley de la atracción, traerá toda suerte de venturas de forma casi mágica, sin que se deba hacer otra cosa que desearlo con fuerza y convicción.

Todo ello obvia, claro está, que para que los deseos se hagan realidad se necesita algo más que invocarlos con optimismo; hace falta esfuerzo, dedicación, disciplina e imaginación, entre otras muchas cosas. Y, aun así, a veces, ni con eso basta.

Nos topamos con sentencias mágicas que, repetidas una y otra vez y sin pudor alguno, nos dicen: «Si quieres, puedes». Eslóganes que desprecian a todos los equipos que perdieron la final o que ni siquiera se clasificaron para la siguiente ronda. Equipos y gentes que, derrotados y apartados de sus deseos —invocados con fuerza—, dirigirán su mirada enojada hacia quien fabricó semejante artilugio mental de autoengaño.

Pero ¿cómo hemos acabado en este desierto de banalidad? Ensalzando lo superficial y desalentando lo esencial y primario en el ser humano. Acudamos de nuevo a Covey, en Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, cuando distingue entre la ética del carácter —propia de la sociedad anterior a la Segunda Guerra Mundial, basada en cualidades como la integridad, la humildad y la responsabilidad— y la ética de la personalidad —posterior al conflicto mundial, centrada en lo accesorio, lo técnico y lo superficial.

Antes, la imagen de la empresa jamás se habría entregado a un agente externo para comunicar sus virtudes. Hoy, en cambio, la marca se deja en manos de especialistas en juegos de palabras cautivadores, a los que no les importa lo más mínimo si lo que dicen es cierto o no.

En la primera mitad del siglo XX, la reputación de una compañía se construía sobre la calidad de lo que hacía, el trato a sus clientes y el prestigio de su nombre y marca. El marketing era más informativo que emocional: se comunicaban beneficios tangibles y reales, se priorizaba lo racional; no como en la actualidad, donde prima lo emotivo y lo aspiracional.

A partir de los años ochenta, sin embargo, comenzó la externalización generalizada —sobre todo en el mundo de los servicios—. La gestión de la marca pasó a manos de agencias que solo buscan persuadir, aunque para ello deban alejarse de la verdad. Y de ahí a la mentira pura y dura hay un paso. Porque lo relevante es vender y, si una mentira vende, se sacrifica la verdad, algo que parece honrar la expresión italiana: Se non è vero, è ben trovato.[15]

De ahí que estemos a las puertas de navegar por mares tan procelosos. Transitemos, pues, por las sentencias lapidarias de este mundo que, desde la empresa, manipula a todos los habitantes de Tontocracia. Para ello, haremos paradas en tres estaciones de cuatro recorridos distintos: deporte, alimentación y bebidas, belleza y cuidado personal y tecnología y automóviles. Vayamos a ello.

Deporte

Just do it («Solo hazlo»)

Para digerir este meme publicitario basta disponer de una sola neurona, aunque todos los que vienen a continuación adolecen del mismo mal. El ser humano queda reducido a un individuo supeditado a la sola posesión de unas zapatillas —o del resto de la equipación de la misma marca— habilitantes y milagrosas.

¿Quiere ser millonario, feliz, ingeniero o médico sin estudiar ni esforzarse? Fácil: calce las deportivas de la marca y asunto resuelto. ¿Quiere batir un récord o ganar una final? Póngaselas... y procure que el resto de los competidores no lleve el mismo modelo, porque entonces la cosa se complicará.

La vida real no funciona así, pero, a pesar de todo, se siguen pagando fortunas por eslóganes engañosos como este, dirigidos a los habitantes de la comarca del «más tonto que un zapato» (zapatilla, en este caso).

Impossible is nothing («Nada es imposible»)

Si eso fuera cierto, ¿por qué pagar ciento cincuenta euros por unas zapatillas cuando con diez debiera bastar? O, ya puestos, ¿por qué no vencer la fuerza de la gravedad y volar moviendo las manos o con el solo pensamiento? Eso sí, provisto del calzado —o del resto de la indumentaria— de la marca.

En este caso, el meme va dirigido a los habitantes de otra comarca del mismo país: «más tonto que las piedras».

I am what I am («Soy lo que soy»)

Soy lo que soy, por supuesto, pero lo que la marca pretende —y le gustaría— es que todos vistamos y calcemos igual. Lo de siempre: la exclusividad en una tirada de cien mil ejemplares.

Y si la indumentaria es una expresión de lo que somos, y todos calzamos las mismas zapatillas, pues todos somos lo que somos... pero indiferentes. Rota la promesa de la exclusividad, nos encontramos en la comarca del «tonto de capirote».[16] Identidad empaquetada en ropa deportiva y zapatillas, como si la autenticidad viniera con el logo.

Alimentación y bebidas

Abandonemos por un momento las pistas de atletismo, los campos de fútbol y las canchas de baloncesto o balonmano para adentrarnos en otro territorio igualmente fértil para el disparate: el de la alimentación y las bebidas. Aquí, los habitantes de Tontocracia cambian las zapatillas por los cubiertos, pero la lógica sigue siendo la misma: promesas huecas, milagros embotellados y felicidad en formato comestible.

Porque ya no se trata de hacer, como predicaban las marcas deportivas, sino de ingerir. No se bebe, mastica o traga, se ingiere plenitud física, emocional o espiritual. Da igual que el producto sea agua, un refresco o una galleta con más química que harina, el envase lleva impreso el camino hacia la plenitud.

Open happiness («Destapa la felicidad»)

La felicidad envasada y embotellada, el no va más de las expectativas. Cada sorbo promete una experiencia orgásmica de plenitud. ¿Cómo renunciar a ello cuando se repite una y otra vez que venimos a este mundo con la obligación de buscar —y encontrar— la felicidad? Con olvido, sin embargo, de que cuanto más se pretende, más esquiva resulta.

A menudo se atribuye a Viktor Frankl[17] la idea de que la felicidad es como una mariposa: cuanto más se la persigue, más huye; pero si volvemos la atención hacia otras cosas, termina por posarse con suavidad sobre nuestro hombro. Esta metáfora resume con precisión el pensamiento frankliano: la felicidad no se busca ni se fuerza, sino que nos alcanza cuando la vida tiene sentido.

Así, beberla no se manifiesta tanto como la chispa de la vida, sino como una forma más pedestre de buscar la felicidad en la comarca del «tonto de los pies a la cabeza».

Finger lickin' good («Para chuparse los dedos»)

O para inflarse de grasas trans, depende de la traducción que cada cual quiera darle. En una época como la actual, en la que comer sabiendo estar en una mesa es un acto heroico, poder chuparse los dedos... y anunciarlo al mundo constituye una ventaja competitiva sostenible en el tiempo. Por lo menos, en la comarca del «tonto de campeonato».

It gives you wings («Te da alas»)

Ninguna lata te convierte en pájaro, aunque te dé igual y todo el mundo haga como si tal. Como mucho, te proporcionará algunos subidones y taquicardias. Pero, para el que desea vivir en una montaña rusa permanente, ya le va bien. Sentirse como un pájaro resulta alentador..., sobre todo en aquellos que hace tiempo que dejaron de pisar el suelo. Su ingesta es práctica común en los torneos de la comarca del «tonto hasta decir basta».

Belleza y cuidado personal

Centrémonos ahora en el propio cuerpo, elevado a los altares del egoísmo y convertido en objeto de veneración. Alejado del cuidado esencial, se somete a retoques y más retoques, sin importar la edad: morros hinchados cual patos homogenizados, pómulos uniformados y una larga panoplia de tratamientos encaminados a ocultar defectos o el paso del tiempo, el peor enemigo. El complejo de Peter Pan como plaga.

¿Quién se acuerda de que la juventud es «una enfermedad» que se cura con el tiempo? Que es necesario superarla para apartar de una vez por todas la tontería de nuestras cabezas. En el fondo, se trata de simular, de parecer algo que no se es, pero que se anhela atrapar y poseer para sí.

Because you’re worth it («Porque tú lo vales»)

Un halago vacío que invita a los habitantes de la comarca del «tonto de moda» a comprar el champú más caro. Porque, claro, ¿quién con tanto valor acumulado podría entregarse a cualquier otra composición? Qué pereza, por favor.

Smile with confidence («Sonríe con confianza»)

Los amigos del distrito «más tonto que Abundio» refuerzan su sonrisa con algo que les pueda dar confianza. Necesitan acudir a su pasta de dientes para conseguirla. No sirven los «atajos» del criterio propio, la formación ni la experiencia, todo ello es prescindible ante el tubo de pasta dentífrica que les dotará de una armadura de confianza infranqueable.

The best a man can get («Lo mejor para el hombre»)

¿Lo mejor para el hombre? Pobres de nuestros antepasados primates, que no llegaron ni a imaginar las bondades de tan noble artilugio.

No se le ocurra dejarse barba o bigote, no vaya a ser que se prive de los prodigios de esta herramienta —o de su crema de afeitado igualmente prodigiosa—. En el municipio del «tonto a las tres».[18] todos desfilan perfectamente rasurados por sus avenidas.

Tecnología y automóviles

Obsérvese que, hasta ahora, hemos pasado del deporte (acción ilusoria), a la alimentación (consumo ilusorio), para luego transitar por la belleza (apariencia ilusoria, al precio que sea) y finalizaremos en el estadio superior del autoengaño, aquello que nos permite sustituir la realidad por la pura simulación. Con ello, queda completado el tránsito del ser al parecer, y del ser aparente al vivir en la apariencia. El ser, vacío; la simulación, dueña de todo.

Think different («Piensa diferente»)

De nuevo enfrentados a un oxímoron: la exclusividad de lo que se pretende que esté en manos de todo el mundo. Piensa diferente, pero todos con el mismo teléfono inteligente en la mano. Frase pretendidamente rebelde que no busca ninguna rebeldía, sino el más insulso de los gregarismos. Los vecinos de la comarca del «tonto 5G» la recitan mientras piensan igual y deslizan el mismo dedo sobre la misma pantalla.

Freude am Fahren («¿Te gusta conducir?»)

Apela a la libertad y al placer por conducir una máquina atada a un crédito de sesenta meses, o los que sean menester. Lo de menos son las bondades del vehículo, que se le suponen por el precio que lleva aparejado. Ah, y si se financia, su precio será inferior al de la compra al contado; otra cosa es el coste final de la operación. No obstante, para los ciudadanos de la pedanía del «tonto de gama alta» esta es una circunstancia perfectamente obviable.

Créateur d’automobiles (Creador de automóviles)

Aquí sí que han inventado la rueda. Se amaga con la idea de ser el único fabricante de coches, lo cual ya justificaría tomarse un año sabático tras acordarlo. Sin duda, se han ganado la ciudadanía del «tonto a motor».

Todos estos ejemplos de marketing y consumo tienen al cliente como objeto de deseo de las empresas. Hoy, ese interés por generar ilusión se extiende también a los empleados y a un abanico más amplio de actores: proveedores, colaboradores y sociedad en general, buscando evocar la misma y eterna fascinación por lo ilusorio. La empresa tiene que ser «guay» y procurar la felicidad de sus empleados y de todo aquel que se acerque a ella, como si contara con un depósito para alimentar las almas infelices de sus empleados.

Mucho chau chau y muy poca consistencia.

Ahora toca hablar de la felicidad laboral.

Felicidad laboral: puro marketing

Vivimos en la era de la sobreinterpretación, lo conveniente se ensalza con artificio, aunque apenas valga nada, y lo inconveniente se oculta y disimula, no vaya a ser que al corregirlo termine por adquirir carta de naturaleza.

Un trabajo que antes se consideraba normal y mínimamente exigible hoy se tilda de extraordinario, fantástico, sobresaliente. Una titulación mínima, conseguida a trompicones en una universidad que la regala, se transforma en un trofeo de sabiduría suprema. Pero centremos el tiro.

¿Cómo pretende una empresa propiciar la felicidad de sus colaboradores, cuando eso pertenece al ámbito del ser y no del tener? Ergo ¿cómo podría una organización dar algo de lo que carece? La persona puede ser feliz o no, pero no tiene una batería donde acumularla para después dosificarla a su antojo.

Nada mejor para ilustrarlo que una encantadora parábola hindú.

Un gatito pasaba los días persiguiendo su propia cola, convencido de que al atraparla sería feliz para siempre. Un gato viejo y sabio lo observó y le dijo:

—Cuando yo era joven también creía que la felicidad estaba en mi cola. La seguía por todas partes hasta que, cansado de hacerlo, decidí olvidarme de ella y simplemente caminar, haciendo lo que debía y disfrutando del camino. Con el tiempo, descubrí que mi cola siempre venía detrás de mí.

El gatito reflexionó, dejó de perseguirla y empezó a caminar tranquilo, disfrutando del sol, del aire y de los aromas del camino. Comprendió así que la felicidad no es meta ni fin, surge de lo que se decide hacer con la propia vida. Cuanto más se persigue, más esquiva se vuelve. Ser feliz implica centrarse en hacer lo correcto —con una mente rectamente formada— y olvidarse de ella; en todo caso, será ella la que nos dé alcance.

Séneca lo decía respecto de la reputación: hay que darle el lugar que le corresponde, que nos siga, no que nos guíe. Con la felicidad ocurre lo mismo, no se impone, no se entrega desde fuera, no se busca con ahínco; surge de nuestras acciones y decisiones.

De manera análoga, la felicidad laboral es un oxímoron. Ninguna organización posee «dosis enlatadas» de felicidad listas para repartir; se es feliz o no. En lenguaje corporativo, lo que se llama «felicidad» no es otra cosa que bienestar subjetivo disfrazado de espectáculo. Un buen ambiente laboral, un salario digno, un trato respetuoso, eso sí que lo puede ofrecer una empresa. Todo lo demás es celofán y gestos teatrales.

Hoy incluso las gallinas que ponen en libertad se denominan «felices». Pero la felicidad solo es propia de la voluntad humana, de su capacidad para discernir lo que es correcto. Las gallinas, por mucho que cacareen, carecen de voluntad. Son una farsa moral. Otra vez..., qué pereza.

Tener un buen salario y unas instalaciones modélicas o un ambiente laboral agradable alimenta el tener, no el ser. Estar rodeados de las mejores condiciones de vida es algo que la empresa sí puede ofrecer; pero sentirse en paz con uno mismo, no.

Martin Seligman, padre de la psicología positiva, advierte que la sociedad a menudo confunde placer y sonrisas con verdadera felicidad, haciéndose trampas a sí misma.[19]

Así que dejemos de fingir que la empresa reparte felicidad con el justificante de la nómina. La felicidad laboral, como el gusto de cada cual, no se concede por decreto: se cultiva, se decide y, sobre todo, se vive. Quien promete regalarla está vendiendo humo con nombre rimbombante.

Un último matiz antes de abordar a los «gefes». Sí, no se extrañe: el «gefe», con «G», es un acrónimo de «gerentes de la felicidad». Y no, no es un chiste malo: es otra muestra de cómo la empresa intenta manipular la realidad, envolviéndola en papel de regalo.

Antes de analizar su figura, recordemos algo sobre la felicidad. Esta se siembra, pero no para recoger sus frutos como haría un agricultor. En la persona, la felicidad exige relegar al olvido el fruto de nuestras acciones para con nosotros mismos y concentrarse en procurar lo mejor para los demás.

Quien ayuda a un familiar que sufre no lo hace para sentirse bien, sino para procurar su bienestar y confort. Intentar «vender» felicidad desde un despacho es tan pretendidamente absurdo como ordeñar la luna; puedes intentarlo, pero lo único que obtendrás es un reflejo pálido y risible de lo que no posees.

Y ahora sí: vayamos a por el «gefe» con «G».

El «gefe»

Se trata de un concepto, una persona y un cometido que, al calor de la oleada buenista que nos invade, se ha incorporado en algunas empresas que se tienen por modernas al hacerlo. Este personaje, que gravita dentro del entorno corporativo y del departamento de dirección de personas —llamado habitualmente recursos humanos (RRHH), como si el ser humano fuera un recurso desechable más—, debe velar por la satisfacción y la felicidad de los empleados.

Sus principales cometidos se concretan en organizar actividades de team building, dinámicas sociales y motivacionales, promover un ambiente laboral participativo y positivo, y fomentar la cultura de la «felicidad laboral».

Como si la «felicidad laboral» paripé necesitara de sus propios «hospitales» de especialidad, en lugar de ser un asunto de cuidado cotidiano. ¡Vayamos al hospital a cuidar lo que debiera estar incorporado en el día a día de toda la organización! Claro está, en el caso de que el asunto fuera verdad..., pero, como es falso de toda falsedad..., no hay día a día ni hospital que lo trate.

Una de las paradas obligadas de esta moda son las charlas motivacionales que no pretenden otra cosa que impregnar de ilusión al colectivo de empleados. Para ello se valen de una historia de logro en medio de un grave infortunio personal, para concluir que, si alguien fue capaz de mantenerse ilusionado en circunstancias tan penosas, ¿cómo no va a lograr el auditorio emular tal hazaña? Si además se adereza el relato con un tono vibrante y exaltado, el entusiasmo de los asistentes —y el triunfo del ponente— estarán más que garantizados.

La cuestión es que, a la mañana siguiente, reconfortados aún por tan brillante exposición, nos toparemos de bruces con la realidad de lo que la vida es: entender no basta, porque —además y sobre todo— hay que concretarse en acción. Y eso, por muy motivadora que sea la charla, no se consigue si la persona, a título particular, no se arremanga y lo hace posible.

Si la pretensión fuera solo entretener al personal, ¡adelante! Una sesión motivadora, un monólogo divertido o algún número de magia podrían resultar adecuados. Pero si lo que se persigue es llegar al corazón de la persona sin insultar su inteligencia, la fórmula resulta equivocada. La respuesta, de lo que es y de lo que no es posible, se encuentra en el día a día de la organización.

En definitiva, nos encontramos de nuevo ante la expresión de un mundo infantilizado, ñoño hasta decir basta, que todavía no ha descubierto que la felicidad no es mercantilizable. Nadie puede darla —ni por dinero ni sin él—, porque la felicidad juega en otra dimensión, en otro espacio-tiempo.

Hay cuestiones del ámbito organizacional que no admiten parcelación, especialmente aquellas que pertenecen al terreno de la cultura corporativa. Una organización que se precie busca un estilo de dirección coherente con sus principios y valores. De pretender un liderazgo participativo, procurará que este se refleje en el buen hacer de cada uno de sus directivos, no creará un departamento que se ocupe de la cuestión mientras el resto de los equipos siguen operando como si el asunto no fuera con ellos.

Por desgracia, eso es lo que ocurre con la llamada «felicidad laboral». Se exhibe un departamento como trofeo, no solo ante los empleados, sino también ante los proveedores, los clientes y la sociedad en general: «Fíjate qué gran empresa, que hasta tiene un departamento dedicado a la felicidad». ¿Cómo no catalogar de mentirosa esta actuación? Vender gato por liebre se acercaría más a la verdad que presumir de tal logro.

El humo al final se desvanece. Y el asunto queda reducido a un runrún de persistente inutilidad, sostenido por alguien —su representante, generalmente bienintencionado, entre otras cosas porque no hay otra y si no se queda sin empleo— que hace lo posible, o, mejor dicho, lo imposible, por vender lo invendible: humo con pretensiones de virtud.

Hora es de que continuemos diseccionando este marketing de cartón piedra, ahora camuflado bajo el disfraz de responsabilidad social corporativa, que pretende vender ética y compromiso en paquetes promocionales cómodos y baratos.

Responsabilidad social corporativa performativa

Abandonada la tontuna de la «felicidad laboral», nos adentramos en otro capítulo de la misma comedia: la llamada responsabilidad social corporativa (RSC). No se trata de criticar los fundamentos éticos de la filosofía en cuestión, sino del papel —más bien papelón— de la mayoría —que no todos— de los directivos que se mueven en los ambientes organizacionales sacando pecho por sus prácticas de RSC.

Para ellos, y aunque no se explicite como tal, este asunto forma parte del arsenal marketiniano con el que la empresa pretende ofrecer su particular espectáculo. Pura ilusión, un decorado más de lo que en realidad se cuece en la trastienda.

¿Cómo no mostrar en la página web de la sociedad y en las memorias anuales que se cuenta con semejante artillería cuando los demás sí la tienen? Por favor, no podemos ser menos. ¿Qué dirán los clientes? ¿No hay que estar a la altura de las circunstancias? Porque si no, la competencia tendrá algo más que argumentar en nuestra contra.

Y así, poco a poco, se ha ido construyendo un entramado de apariencias hasta que el edificio de la falsedad mercantil se eleva cual rascacielos sobre la hipocresía de un montón de directivos a los que, por lo visto, tamañas consideraciones les importan un pito.

En la década de los noventa se comenzó, en España, a certificar sistemas de gestión de la calidad según la norma UNE-EN ISO 9001. Fue, en su momento, la consagración de un puro formalismo: la calidad convertida en procedimiento, y el procedimiento en espectáculo. Una externalización moral, como la ya comentada en el mundo del marketing.

La empresa certificadora, de espaldas al conocimiento real de lo que allí se hace o produce, valida lo que la empresa a certificar le cuenta; y esta, a su vez, finge creer que la certificadora lo sabe. Así se establece una cómoda alianza de beneficio mutuo. La empresa hace lo que hace, la certificadora valida o le pide leves correcciones, y santas pascuas. La empresa productora o de servicios presume de calidad —aunque lo que haga no valga para nada—, y la acreditadora tiene su negocio garantizado.

¿En qué se basa tan cacareada certificación? En dos pilares fundamentales: comprobar que se hace lo que dicen los manuales —es decir, que no se miente— y acreditar la voluntad de mejora a través de lo que en su jerga se denominan «no conformidades». O sea, tratar de evitar el engaño y mejorar, pero sin cambios de paradigma dando vueltas sobre lo mismo, se supone que cada vez mejor.

En la práctica, todo lo anterior terminó convertido en un ritual burocrático de formularios, auditorías y papeles que acreditan la calidad sin necesariamente garantizarla ni tener nada que ver con ella, porque el sistema, al final, lo único que intenta acreditar es que se hace lo que se dice que se hace en los procedimientos...

La calidad dejó de ser una convicción para transformarse en un credo corporativo, una misa laica donde se repiten oraciones sobre la mejora continua mientras el espíritu de esa mejora brilla por su ausencia. Lo que debía ser un compromiso con la excelencia se volvió un teatro de auditorías complacientes, donde todos fingen creer y nadie se atreve a examinar más a fondo.

Tanta teatralización de la calidad fue el ensayo general de lo que años después representaría la responsabilidad social corporativa (RSC), una suerte de sucesora espiritual de aquellas certificaciones, solo que más ambiciosa y, por supuesto, más rentable en términos de imagen.

Esta se convirtió en una forma de manifestar al mundo que, minusvalorado el papel de la Iglesia, alguien tenía que tomar las riendas morales de la sociedad y demostrar que hay que preocuparse por los clientes, los empleados, los proveedores, la comunidad y todo aquel que se ponga a tiro. Un nuevo ejercicio de hipocresía para quienes, en su gran mayoría, no tienen en la cabeza otra cosa que no sea la cuenta de resultados.

Las empresas proclaman valores como sostenibilidad, integridad o compromiso social. Se escriben extraordinarias, por lo trascendente, declaraciones de misión, visión y valores, se diseñan códigos éticos que harían sonrojar incluso a un monje tibetano.

Pero, a menudo, estas promesas quedan recluidas en la proyección de un PowerPoint o informe anual. La ética corporativa, cuando existe, parece destinada a impresionar a terceros y nunca a guiar la conducta interna.

Se muestran órganos de control, comités de ética, políticas de cumplimiento. Sin embargo, la transparencia suele ser más ilusionante que real: los informes publicitarios procuran ocultar la realidad, los mecanismos de supervisión aparentan ser y los responsables se escudan tras denominaciones y jerarquías opacas. La integridad de lo que se piensa, se dice y se hace queda maltrecha ante una realidad que se presenta completamente distinta.

Se fijan quimeras y utopías que nadie está dispuesto a perseguir de verdad. Además, la utopía de rebelarse y salir a la luz será calificada de poco práctica y realista. Al argumento de que algo es ilusionante, se le responderá con que es una utopía; con

olvido grave de lo que en su día dijo el director de cine argentino Fernando Birri en aquel célebre coloquio con universitarios en Cartagena de Indias, junto con el escritor y periodista Eduardo Galeano:

La utopía está en el horizonte y, si está allí, nunca la voy a alcanzar. Si camino diez pasos, se aleja diez pasos; si camino veinte, se coloca veinte más allá. ¿Entonces para qué sirve? Para caminar.

Se envuelve la ilusión en la bandera de la RSC, pero es una enseña falseada por el comportamiento cotidiano de quienes la izan. Porque una cosa es proclamar principios y valores, y otra muy distinta vivirlos.

La mayoría de las empresas que presumen de «responsabilidad» lo hacen a golpe de memoria anual, de campañas publicitarias maquilladas con cuidado y de informes que confunden el gesto con el compromiso. La coherencia, en cambio, brilla por su ausencia.

Cuando se rastrea la mayoría de la operativa diaria, se descubre que el beneficio económico sigue siendo la brújula principal. La preocupación por un mundo mejor se empaqueta, se vende y se comunica, mientras las prácticas reales se ajustan al mínimo coste posible.

El discurso corporativo se ha sofisticado, ya no se habla solo de beneficios, sino de «no atentar contra la madre naturaleza», que bajo la perspectiva de que nos acoge se ha situado por encima del ser humano, o stakeholders comprometidos. Todo muy elevado, muy inspirador, pero, en la práctica, lo que importa sigue siendo exactamente lo mismo: el beneficio propio disfrazado de generosidad colectiva.

Las acciones filantrópicas se calculan en función del retorno reputacional; la sostenibilidad se mide por su efecto en el posicionamiento de la marca, y el compromiso ético se externaliza en campañas de imagen diseñadas por agencias que saben más de color y tipografía que de conciencia moral, cosa que, por otra parte, les trae sin cuidado siempre que lo económico esté garantizado. Aunque, para qué engañarnos, al final lo único que cuenta, tanto en unos como en otros, es lo de siempre: la TIR.[20]

Así, la RSC se convierte en una suerte de purificadora ética, donde se blanquean las contradicciones de un sistema que presume de humanidad mientras multiplica las prácticas que la erosionan. Se organiza una jornada de voluntariado para la foto, se dona un porcentaje minúsculo de los beneficios a una causa simpática (para la foto), y se proclama con orgullo que la empresa devuelve a la sociedad parte de lo que recibe (para la foto). Pero nadie parece preguntarse si, en realidad, devuelve lo que le sobra o lo que realmente debería.

Y lo más grave no es la hipocresía —tan vieja como el comercio—, sino la naturalidad con que se asume. La RSC ha dejado de ser un propósito moral para convertirse en una línea estratégica, un departamento más del marketing emocional. Las empresas no buscan transformar la realidad, sino parecer que lo hacen.

En su versión más frívola y perversa, el bien se convierte en branding y la ética en storytelling. Instalados en la apariencia, ya no se es otra cosa que la misma apariencia. En este caso, ni siquiera ha hecho falta esconderse tras la tecnología para acabar en una realidad virtual, puramente impostada. Y sigue el juego, señores.

Auditores, consultores, agencias de comunicación y acreditación y empleados se convierten en autores del mismo espectáculo. Las apariencias engañan... y a muchos.

Ah, y que nadie piense que todo esto depende solo de unos directivos malvados. Los demás, esos empleados que se dicen indignados y rugen con fuerza contra el sistema, el día que abandonen su potencialidad y asciendan... ¿qué cree usted que pasará? No nos engañemos, más de lo mismo. La escena permanece, los personajes no cambian, los actores... ahora son otros. Una nueva promoción de comediantes tomará el escenario en Tontocracia.

La empresa espectáculo: mucho show, poco fondo

Como ya ha quedado dicho, la RSC no es mala idea en sí misma, el problema surge cuando se confunde con acción real y se convierte en una pura simulación, en un show. Cuando se utiliza para presumir, manipular percepciones y mercantilizar la ética.

A menudo, detrás de cada informe impecable hay un día a día que desmiente lo prometido. Y, como en el caso de la felicidad laboral, el humo se disipa dejando solo la constatación de que la virtud, si se quiere verdadera, no se vende en cómodos paquetes promocionales.

Tras diseccionar tanto la felicidad laboral performativa como la responsabilidad social corporativa camuflada, llegamos a la esencia de la empresa como puro espectáculo. Aquí todo es apariencia, luz y estruendo: grandes eventos, fotos para la web, memorias corporativas impecables, eslóganes inspiradores y premios a la excelencia. El fondo, en cambio, brilla por su ausencia.

Se vende una narrativa de compromiso, ética y bienestar, mientras las prácticas cotidianas reflejan lo contrario: decisiones centradas en el beneficio económico, trato superficial a empleados, proveedores y clientes, y una cultura que rara vez se traduce en coherencia real.

¡Cuántas veces se oye exclamar a los empleados! Mucha política de calidad y buenas prácticas cuando no hay rastro de lo que pregonan.

¿Se retribuye de forma adecuada? Cuerpo.

¿Se trata con corrección y amabilidad a los empleados? Corazón.

¿Se tiene en cuenta y se impulsan sus ideas? Mente.

Y, ¿se muestra un propósito que contemple a los demás más allá de la cuenta de resultados? Espíritu.

Pues eso.

El espectáculo funciona como una cortina de humo: impresiona al observador externo, genera aplausos y reconocimiento, pero oculta la verdadera sustancia. Como en cualquier gran función, hay decorados, luces, música, incluso premios como el Great Place to Work; pero el guion se queda en eso, en un libreto bienintencionado de comedia romántica cuando la realidad se presenta de lo más vacía y dramática.

Montañas de actores que, al mirar a su público, descubren un montón de potenciales intérpretes de su misma nacionalidad: tontócratas de condición.

En definitiva, la empresa espectáculo demuestra que, cuando la ética y el bienestar se mercantilizan, lo que se ofrece es puro artificio: mucho show y poco fondo. Y es este artificio el que debemos aprender a leer y desenmascarar antes de aceptar sus mensajes a pies juntillas.

Pero para destapar a la empresa espectáculo, antes habría que hacerlo con una sociedad que ha perdido sus referentes y su norte. Ya no existe el nosotros, sino el yo como fin y horizonte. Pero eso dejémoslo para el siguiente capítulo.

3. Tontocracia en la vida cotidiana:
síntomas de lo absurdo que aceptamos

Antes de transitar por los recorridos de la política y la enseñanza, detengámonos en su fuente natural: la sociedad, ese conjunto de personas y entramados relacionales que, por combinación y organización, se concreta a modo de manantial de todo lo demás.

Los personajes que hasta ahora hemos presentado no surgieron por generación espontánea en el ámbito empresarial. Antes de llegar a él, encontraron acomodo en una sociedad que, se supone, los acompañó y formó en sus primeros pasos por la vida para después, ya incorporados al mundo laboral, terminar ejerciendo como los despropósitos vitales que son, ataviados siempre con el uniforme de su particular estulticia.

El tonto, el necio, el estúpido, el mediocre, el merluzo y el tontolaba... no abandonan jamás su condición; da igual donde habiten o se desenvuelvan. Ha llegado, pues, el momento de analizar el medio en el que, de forma natural, esto se produce.

En este caso, observaremos su naturaleza desnuda de las relaciones de poder que la atraviesan y que, con tanta claridad, se manifiestan en los sistemas naturales —la familia y la amistad fundamentalmente— y los artificiales concebidos por el ser humano, como la empresa, la política o la educación.

En los sistemas naturales, la mentira no tiene cabida: se recoge lo que se siembra. Una relación de amistad o familiar no puede sostenerse sobre las apariencias, el engaño o la falsedad. En cambio, en los sistemas artificiales, la mentira puede ofrecer ciertos réditos cuando se emplea con astucia y malicia. Nada nuevo bajo el sol.

La sociedad, al volverse cada vez más artificial y digitalizada, también se ve cada vez más sometida a lo banal y superficial, al artificio engañoso de aparentar constantemente lo que no se es.

Pero antes de adentrarnos en ella como observadores de lo cotidiano, conviene detenernos a reflexionar sobre aquello que de verdad mueve a las personas. Resulta necesario discernir si lo que impulsa al ser humano ha mudado del propósito y la urgencia vital hacia los deseos y las necesidades «inventadas». Solo desde ahí será posible comprender cómo el yo ha pasado a ocupar un lugar preeminente, desplazando a la comunidad como destino natural de toda individualidad: el yo como paso previo a algo más importante y elevado: el nosotros.

El individualismo, en cambio, se presenta como la exaltación egoísta de una suma de yoes que aparta y desmerece al nosotros como finalidad.

Fijadas las premisas, conviene acotar el recorrido de este capítulo. Primero, se tratarán las reglas del juego: necesidades frente a deseos; luego, se considerarán los tres tipos de motivos que impulsan el comportamiento humano y, finalmente, una vez armado y fundamentado el discurso, se desarrollarán los apartados relativos a los síntomas tontocráticos de las redes sociales y su explosión en la vida diaria. Levantado el telón capitular, vayamos a ello.

Necesidades y deseos

¿Por qué fijar la distinta significación de estos dos conceptos? Dar respuesta a esta pregunta resulta obligado, pues la abundancia de recursos en el mundo occidental ha transformado nuestra sociedad en un pozo de deseos sin fondo, donde todo lo que anhelamos obtener se convierte en una supuesta necesidad. Así, la petición de un ordenador, un móvil o una consola —por no hablar de un vehículo u otros enseres— se formula como una necesidad antes que como un deseo.

Necesito, necesito y más necesito... Necesito producir, cuando en realidad la mayoría de esas peticiones se mueven en el umbral del deseo. Pero claro, la sociedad embotada en el tener —y por el tener— ha encontrado en el disfraz de la necesidad la justificación perfecta para su constante afán de consumo.

Al evocar el término «necesidad» es fácil que nuestros pensamientos se dirijan de inmediato a la pirámide de Maslow,[21] que parte de la premisa de que el ser humano busca atender primero lo esencial para su supervivencia, para luego satisfacer sus necesidades de seguridad, amor, pertenencia y, finalmente, alcanzar la autorrealización.

Sin embargo, aunque Maslow presenta su teoría como una jerarquía de necesidades, conviene distinguir con precisión qué significan y en qué difieren los conceptos de necesidad y deseo. Si bien el primer nivel es puramente fisiológico —alude a lo estrictamente imprescindible para la supervivencia biológica (agua, oxígeno, alimento, descanso)—, los otros cuatro niveles —seguridad, amor, estima y autorrealización— se sitúan más bien en el ámbito del deseo.

Este reparo conceptual a lo genérico del término «necesidad» se apoya en una filosofía que considera el deseo como un acto intencional propio de la libertad de elección humana, en contraste con la necesidad, que responde a la ausencia o la intención.

De este modo, la necesidad se relaciona con urgencias de índole vital, instintos y acciones primarias dirigidas a la propia supervivencia —alimentación, respiración, reacción ante el peligro—. El deseo, en cambio, se vincula con la satisfacción de anhelos que no son prioritarios ni comprometen la vida, aunque para los habitantes de Tontocracia esto no sea más que una disquisición absurda y carente de sentido.

Mientras que la necesidad no puede postergarse y se asocia con lo animal e instintivo, el deseo puede diferirse y pertenece a lo humano y racional. Así, los individuos, como seres simbólicos que son, no solo tienen necesidades (fase animal), sino también deseos (fase humana).

En el ámbito laboral, por ejemplo, el trabajo, aunque necesario, no constituye una urgencia de orden vital, sino que se sitúa más bien en el campo del deseo. Actúa como intermediario entre las necesidades fisiológicas —sin descartar otras, como la autoestima— y los bienes que las satisfacen. Sin estos bienes, la vida del individuo no podría continuar, lo que evidencia su urgencia.

Sin embargo, el trabajo como tal, aunque necesario para cumplir con ese papel mediador, presenta una urgencia menor, si bien no aplazable indefinidamente, ya que hoy en día y de forma temporal los bienes primarios pueden obtenerse por medios alternativos —prestaciones, rentas mínimas o apoyos sociales—.

Aclarada, o al menos eso espero, la situación en la que nos encontramos, más tiranizada por los deseos que por auténticas necesidades, exploremos ahora qué mueve al ser humano en cuanto a tal.

Tipos de motivos

La mayoría de las teorías motivacionales organizativas dibujan a un ser humano egoísta por naturaleza. Su retrato sería el de un Tío Gilito aferrado a lo crematístico en las primeras propuestas, y a lo pecuniario y placentero en las más recientes.[22] En definitiva, el yo se sitúa por delante de todo lo demás y se concreta en el yo que obtiene o el yo que además disfruta. Esta perspectiva, de miras muy estrechas, reduce la motivación humana a la simple búsqueda del beneficio individual. Los demás no existen. Supongo que, a estas alturas de la película, este egocentrismo no sorprenderá: es apenas el boceto de lo que estamos dibujando.

En general, se mantiene una visión egoísta de la condición humana centrada en el yo: lo que recibo, pido, deseo y necesito, sin considerar para nada a los demás.

Este enfoque, de carácter amoral, es el que predomina en Tontocracia y sus países aledaños —o sea, todos los demás—. El sol no interpretó su propio campo a sus anchas. ¿Dónde ha quedado el poso de nuestra tradición aristotélica y filosófica de base fundamentalmente cristiana? Aristóteles ya nos puso en alerta cuando en su Ética a Nicómaco decía:

Parece que no todo puede amarse sino solo lo amable cuando es bueno y agradable o conveniente. Y así suele opinarse que lo conveniente produce bienes o placeres, de modo que lo amable sería propiamente lo bueno y lo satisfactorio como finalidad.[23]

O sea, nuestra lámpara de Aladino y sus tres posibles deseos —cómo no— nos ofrece otros tantos tipos de bienes que conseguir:

Útiles

Son bienes intermedios, dado que no constituyen un fin en sí mismos, sino una estación de paso hacia otros bienes que sí lo son. Pueden ser tangibles —alimentos para la nutrición, ropa para resguardarse del frío, ordenadores para su utilidad específica— o intangibles —servicios profesionales, conocimientos para llevar a cabo un proyecto—.

El marketing nos tiene achicharrados con ellos: colonias, zapatillas deportivas, champús, yogures con bífidos y sin ellos, vehículos, televisores...

Placenteros

Se buscan por sí mismos, por el gozo o el disfrute que proporcionan: el proceso creativo de un escritor o compositor, la práctica de un deporte desafiante, estudiar un tema apasionante.

El marketing, otra vez, intenta colarnos, y lo colocamos, los bienes útiles evocando el placer de su uso. De correr, unas zapatillas de running; de jugar al ping-pong, una pala; de escalar, un piolet. El disfrute vendrá de la mano de esos bienes útiles que posibilitan el desarrollo y el placer de nuestra actividad preferida.

Morales

Se basan en comportamientos que reflejan consideración hacia los demás, como ayudar, ofrecer un trato justo y respetuoso y promover el bien común.

Aquí el marketing ni se asoma, salvo en alguna campaña de captación de fondos para necesitados en otros rincones del mundo. En cuanto a lo que ocurre localmente, se supone que el Estado benefactor ya los provee. En todo caso, lo poco que se nos presente siempre vendrá acompañado de una cara lánguida y evocadora. Todo muy emocional.

Y al adentrarnos en los motivos que nos empujan a buscar estos tres tipos de bienes nos encontramos con otras tantas razones —o motivos—.

Extrínsecos

Cuando se realiza un cometido con el afán de recibir algo a cambio: un trabajo que pretende un salario, un reel que busca desesperadamente un like o un nuevo suscriptor, un favor «interesado» expectante de un posterior retorno.

La motivación externa es fundamentalmente mercantil —aunque no siempre— y se orienta a la búsqueda de bienes de naturaleza útil.

Intrínsecos

Cuando se desarrolla una actividad por el mero placer de adentrarse en ella, por el dominio o el aprendizaje que proporciona. Cantar, bailar, jugar al ajedrez o escalar montañas —si esa es la particular condición de cada cual— son actividades que provocan tales sensaciones.

Aquí el gozo se encuentra en el desarrollo de la acción misma, y se vincula a la consecución de bienes placenteros.

Trascendentes

Cuando la acción busca el beneficio de un tercero sin que su ejecutor espere contrapartida alguna; se realiza con el propósito de favorecer la vida o el bienestar del otro: ayudar a un amigo, a un hijo o a un compañero de trabajo.

Trascienden manifiesto lo moral en la persona: el deseo de amar y de ser amado.

Así, las personas no solo buscan lo útil y lo placentero —expresiones de su egoísmo—, sino también lo correcto y lo ético, lo propio de un ser humano con mayúsculas. Integrando estos tres niveles —útil, placentero y moral— comprendemos mejor qué es lo que mueve de verdad al individuo, más allá de la caricatura del Tío Gilito nadando entre sus tesoros.

Pero claro, imaginar a un personaje de cómic sumergido en sus riquezas pertenece a otra era, la de lo sólido, lo acumulativo y estable. Hoy, ni siquiera el avaro puede atesorar por mucho tiempo, porque todo —hasta la propia identidad— se evapora con la misma facilidad con que un dedo se desliza por la pantalla del móvil.

Vivimos en la modernidad líquida definida por Bauman, en la que los vínculos se diluyen, las convicciones se disuelven y los compromisos —qué término tan trasnochado y ajeno para los tontocráticos— se evaporan ante el primer contacto con la incomodidad. Bauman y antes de él Ortega y Gasset no solo lo advirtieron, lo diagnosticaron con precisión clínica.

Somos consumidores antes que ciudadanos, mercancías antes que personas. Y, en esa charca brillante y resbaladiza, la Tontocracia flota feliz.

La modernidad líquida

Lo cierto es que, de una u otra forma, la cultura anterior a la Segunda Guerra Mundial —caracterizada por ensalzar el esfuerzo, la palabra dada, lo duradero y lo comprometido— se ha derrumbado. Ha sucumbido a manos de nuestros personajes que, en su particular cruzada tontocrática, lo han reducido todo a cenizas. Y así, como ejemplifica el síndrome de la rana,[24] se ha ido decantando por un mundo aparente —perdón, más que aparente, instalado en la apariencia—.

Las redes no dan tregua, disfrutar de una comida apetitosa, un baño en el mar, un concierto de música o incluso un paseo por una instalación del Gobierno —dulce de secreto—[25] ya no basta si no hay fotos de por medio.

Ahora, además, hay que subirlas a las redes para así vendimiar la mayor cantidad de likes. La realidad, sin testigos, se marchita fuera del encuadre. Ya no basta trabajar con excelencia; si nadie lo conoce, no merecerá la pena. El ruido de un árbol que cae en el bosque, si nadie lo escucha, no se habrá producido. La experiencia enriquecedora y personal, «si no es

compartida y en tiempo real, ya no merece la pena». ¡Triste destino el de una sociedad tan hueca!

La escena que pinta Bauman en Modernidad líquida es demoledora:

Los compromisos del tipo hasta que la muerte nos separe se convierten en contratos mientras estemos satisfechos.[26]

Lo que antes era estable y comprometido ahora es efímero y oportunista. En el fondo subyace una idea más profunda y seminal: comprometerse con otros requiere, como condición previa, asumir al otro como persona; esto es reconocer que existe y hacer lo posible por cumplir lo acordado con él. Visibiliza al otro y reconoce la existencia de bienes morales.

Por el contrario, cuando los demás desaparecen del radar de nuestros anhelos y consideraciones, solo queda la presencia egoísta de mis propios intereses. Si no me conviene, si cambian mínimamente las circunstancias, si ya no me interesa…, cambio de «opinión» sin siquiera pararme a pensar que miento y el otro queda invisible. Los bienes morales languidecen y, apenados, se alejan de nuestra sociedad. Con ellos, la humanidad queda fagocitada por lo banal y lo efímero.

SÍNTOMAS EN LAS REDES SOCIALES

Selfis, likes y la cultura de la apariencia

Sumergidos de lleno en la cultura tontocrática, nos topamos con uno de sus síntomas más esclarecedores: la fiebre de la selfi necesitada de likes, en una escalada sin fin hacia la cantidad y la nada. Este camino conduce sin remedio al vacío más absoluto, que, ávido de selfis, pedirá uno más, y otro, y… otro para llenar el hueco que nunca fue capaz de colmar el anterior.

La crisis noogénica que ya anunciara Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido: la necesidad de estar sometido al ruido permanente —en forma de actividad, exposición y aparente movimiento— como manera de eludir enfrentarse a lo que realmente somos, a lo que pretendemos hacer con la propia vida, a lo que pintamos en este mundo.[27]

¡Qué pavor para los habitantes de tan ignoto país! Pensar, reflexionar y descubrir que, más allá del egoísmo propio, existen los demás. Tras este fenómeno se ocultan dos grandes pilares de barro:

  1. la búsqueda constante de recompensa externa —en forma de likes y sus variantes: repostear, guardar, enviar o reenviar, etiquetar y, en el summum del clímax, ganar suscriptores— ante el vacío interior de tanto tonto de los pies a la cabeza; y
  2. la suposición de que lo grande es sinónimo de mejor.

Una empresa, un libro, un canal de YouTube —o lo que sea— con muchos empleados, lectores o seguidores se considera, en el colmo de la estupidez, bueno por el simple hecho de ser grande.

Hoy se ensalza lo grande por el mero hecho de serlo. Buscamos el reconocimiento ajeno, olvidando nuestro mundo interior. Necesitamos sin cesar la validación externa, porque somos incapaces de captar nuestro propio valor. Es la consecuencia natural de la falta de reflexión, de mundo interior y de principios que arrastra a tantos boludos, memos, papafritas o panolis —como usted quiera calificarlos—.

Y así seguimos, a golpe de selfi, convencidos de que la imagen basta para llenar el vacío de un agujero negro en forma de persona.

La imagen y lo externo lo acaparan todo y opacan incluso el disfrute. Cuando la recompensa externa nos invade hasta la náusea, el placer de hacer lo que se ama se relega a un segundo plano y acaba por desaparecer.

Centrada la atención en lo crematístico —likes, selfis, métricas—, la fuerza de lo intrínseco se desvanece, atropellada por el agasajo. Los deseos de comunicar algo por el mero placer de hacerlo acaban sepultados bajo el peso de la avaricia —sí, de nuevo las recompensas: likes, selfis y demás baratijas digitales—.

Como señala Dan Pink en La sorprendente verdad sobre qué nos motiva,[28] la verdadera motivación no surge de la obtención de recompensas externas, sino del impulso interno por aprender, mejorar y encontrar sentido. Repita conmigo: aprender, mejorar y encontrar sentido. Los tontocráticos, que no los socráticos, observando el tendido dicen: «Tururú, ¿de qué me estás hablando, bro?».

Y en medio de ese mundo aparente nos encontramos con una figura de relumbrón. ¿Una figura? No. La figura por excelencia: el influencer.

Influencers. La desinformación rentable: el negocio de la nada

En medio de la nada y de tanto tontolaba sin alma —y sin ninguna aspiración por descubrirla— no podían faltar los sacerdotes del altar de tanta tontería: los influencers.

Ellos han sabido convertir la nada en negocio, como quien logra vender embotellado el aire del Caribe. La pose, el amago, el gesto lánguido —en asuntos de moda— o desafiante —cuando se quiere representar lo importante o superior que se es— y la tontuna recalcitrante hechos negocio.

Su figura no es otra cosa que la manifestación de lo que hay al otro lado del negocio: muertos vivientes enfrentados a un zombi —uno más entre ellos, pero con un perfil verificado—.

Son el espejo en el que se mira tanto tonto integral, porque no nos engañemos, si ellos ofician la ceremonia de tanta sinrazón, es porque hay un montón de cuerpos de escaso seso dispuestos a pagar con su atención el precio convenido, que no es otra cosa que su tiempo y dedicación.

Ah, eso sí, a pequeños sorbos, para que no se atraganten, todo lo que dure más de unos segundos será desechado por impaciencia sobrevenida.

Los influencers —y los políticos también, aunque estos ya tendrán su momento de gloria— ofrecen cercanía y aceptación a un público digital necesitado de atención, que no repara en entregar su tiempo y sus datos personales y, si fuera menester sacrificar algo más, la compra de sus prescripciones.

Ya no se trata de elevar el nivel del público expectante, sino de acomodarse al suyo y, con ello, demostrar que se es uno más de la manada; o sea, de la nada. Es un síntoma más de lo que nos acontece como sociedad.

Hoy, toda muestra de fineza social —modales bien trazados, saber emplear los cubiertos, hablar con respeto y deferencia, tener una mente trabajada— será vista como una afrenta elitista que debe erradicarse cuanto antes.

El influencer debe ser capaz de mimetizarse con las expectativas de su público: aparentará elegancia sin ser elegante, educación sin ser educado —no respeta a su público, solo se vale de él—.[29] ¿El resultado? Al adaptarse constantemente pierde su esencia quedando vacío de lo que es. Solo ofrece la imagen de lo que cree que los demás quieren ver. Pura ficción.

Cuando tenga un problema y necesite un consejo de verdad, aparte toda ilusión y diríjase a un amigo de carne y hueso, bien armado de principios y lo bastante pertrechado de humanidad. Él sí sabrá escucharle y atenderle como merece. Qué pena tanta tontería, por Dios.

La crítica de nuestra particular tragicomedia nos anticipa un ejercicio de sobreactuación banal, absurdo y ridículo. Una exaltación de lo extrínseco y egoísta, porque solo se mueve en atención a su propio beneficio, es decir, lo que se obtiene de los demás, no lo que se comparte con ellos. Es el uso del tiempo bajo una lógica vacía, sin mejora personal ni propósito; puro entretenimiento absurdo.

¿Dónde se encuentra el disfrute en el hacer por el mero dominio de la actividad? ¿Y la satisfacción que procura su perfeccionamiento?

Lo intrínseco es ninguneado. ¿Y los demás? ¿De qué manera contribuye el resultado de mis acciones a su bienestar? Ni lo intrínseco ni la trascendencia tienen presencia en tan numerosa multitud. Solo queda el ruido, el gesto y el aplauso instantáneo. El culto al yo más pobre y ruin.

Pero toda religión necesita símbolos, y la nuestra no iba a ser menos. En esta ceremonia de la confusión —ceremonia, al fin y al cabo— un nuevo ídolo nos acecha y tiene cuatro patas y mirada dócil.

El perro se ha convertido en la expresión más visible del ego moderno, no como compañero, sino como emblema. Un símbolo de estatus emocional que reemplaza al reloj suizo o al coche alemán de antaño; el accesorio perfecto para exhibir sensibilidad sin tener que practicarla.

SÍNTOMAS MÁS ALLÁ DE LAS REDES SOCIALES

Perros y familia

Comentarios antaño dedicados a los bebés —«Qué ojos más grandes», «Qué movido» o «Qué bonito»— hoy se destinan a los perros, sobre todo a aquellos que, a modo de bebé, también son paseados en carritos, otra proyección de la tontuna que nos asfixia.

El perro, antes animal de seguridad y auxilio y más tarde de compañía, se ha convertido en un trampantojo, una caricatura domesticada del animal que fue. El equivalente a un equipamiento opcional en un coche nuevo, aunque aquí hablamos de un tipo especial de boludo: el que tiene perro y ve en él una prolongación de sí mismo.

Si coletas en el adulto, coletas en el perro; si pulseras brilli brilli en el humanoide, collar brilli brilli en el can; si llueve, los dos con chubasquero.

El perro no replica, no exige educación ni tiene voluntad para contradecir a su dueño. Y, para colmo, puede ir en carrito, no vaya a ser que se sienta maltratado por caminar como lo que es: un animal. ¡Eso sí que es maltrato! Negarle al animal la posibilidad de ser lo que realmente es, un ser con naturaleza propia, un perro auténtico. ¿Qué diríamos si un adulto fuera obligado a permanecer en su particular «cochecito»?

Esté atento el lector, no se trata de la comodidad del perro ni del respeto a su naturaleza, sino de la comodidad del adulto —teatralizada, exhibida sin vergüenza, intentando aparentar cuidado, bondad y humanismo, más bien animalismo—. Hemos humanizado a los animales y deshumanizado a las personas. Cualquiera de estos semovientes humanoides se compadece antes de un perro mojado por la lluvia y abandonado a su suerte que de una persona en las mismas circunstancias. «¡Qué se busque la vida!», dirán. «Al fin y al cabo, es un adulto», seguirán diciendo.

En una de las expresiones más pintorescas de la estupidez humana, dicho semoviente de escaso cerebro se refiere a sí mismo como padre perruno, abuelo perruno y toda suerte de parentescos antes propios solo de la condición humana. Al ensalzar y humanizar su relación con el can, menoscaba su propia condición humana y la iguala a la del perro. Obsérvese: de los dos actores de esta narrativa, solo el ser humano, con su infinita capacidad para la tontuna, puede hacerlo. El perro es incapaz de replicar tal comportamiento.

Fíjense, señorías: este tipo de ser humano se rige únicamente por la tiranía de su egoísmo y de sus sentimientos. Ni un ápice de voluntad, de razón o de aquello que dicta el deber moral de ayudar al otro. Ahora se socorre y acoge al perro para que así la conciencia repose tranquila, y se sienta en paz consigo misma y con el mundo.

El conocimiento operativo —cómo hacer lo que quiero hacer— y el emocional —si me apetece o no hacerlo— funcionan a toda máquina. El especulativo —el que apela al deber ético y moral de hacer lo que es debido, aunque no se tengan ganas, lo propio de un ser humano completo—, ninguneado hasta decir basta.

Tener en estima a un perro que acompaña, que protege o que auxilia es una conducta obligada para quien convive con él. Pero eso no puede significar, de ninguna manera, considerarlo de igual condición que un ser humano.

La cuestión es que muchas familias se han abierto a considerarlo un miembro más —y la política también lo respalda a través de leyes y regulaciones que elevan su estatus—. Pura estupidez, típica de nuestra irredenta nacionalidad tontocrática.

Este afán de proyectar cuidado y reconocimiento en seres que no pueden replicar refleja, a mayor escala, cómo los vínculos humanos también se diluyen: la familia se vuelve líquida, efímera, como el humo que sigue a la llama, incapaz de sostener compromisos profundos. Es la huida hacia la nada de un tipo de familia que prioriza apariencias, sustitutos y gratificaciones inmediatas sobre relaciones duraderas: la familia líquida.

Familias líquidas

Las uniones fundadas únicamente en el disfrute compartido duran lo que dura el disfrute: el tiempo que tarda en desvanecerse el gozo y el placer. La afición en común —sea deporte, espectáculo, fotografía o pintura— garantiza momentos esplendorosos de alineación o, dicho de otra forma, de unidad temporal, una suerte de UTE, una unión temporal de empresas. Pero la verdadera unidad no viene de la mano del disfrute, sino de la trascendencia: del cuidado del otro cuando es menester, del cuidado que no busca ni necesita recompensa ni contraprestación.

Nada como la imagen proyectada por un proverbio asociado habitualmente con la filosofía y las enseñanzas japonesas:

El marido y la mujer deben ser como las manos y los ojos: cuando las manos duelen, los ojos lloran, y cuando los ojos lloran, las manos secan las lágrimas.

El infortunio clarifica el amor y las amistades, y, en particular, la vida familiar. Estar siempre al lado del otro en su júbilo —el disfrute— y en su tristeza —la unidad—, en sus éxitos —el disfrute— y en sus desencuentros con la vida —la unidad—, en sus aficiones —el disfrute— y en sus necesidades —la unidad—.

El divertimento alinea, pero lo que une de verdad es la compañía en el sufrimiento. El disfrute solapa vidas en los tiempos de gozo; pero la unidad, amigos, nace de estar atentos a las necesidades del otro. En una sociedad donde el becerro de oro es el yo egoísta, las asociaciones antes eternas —«Hasta que la muerte nos separe»— ahora lo son mientras nos dure la diversión. De ahí que la familia sea el instrumento más perjudicado dentro de la sociedad líquida.

Intentar constituir una sociedad familiar a partir de singularidades puramente egoístas solo conduce al dolor y al fracaso. Así se acaba dando lo que acontece hoy día en España. Según el Observatorio Demográfico del CEU-CEFAS, el indicador de fragilidad matrimonial —que relaciona el número de rupturas con los nuevos matrimonios— se ha mantenido por encima del 60 por ciento durante la mayor parte de los últimos años, alcanzando picos cercanos al 90 por ciento en 2020.

«Amar» es un verbo que necesita ser conjugado en todas sus formas. Requiere proactividad: la persona que se da al otro en el consuelo, el consejo, el ánimo, el servicio, el ejemplo y el tiempo. No basta la necesidad reactiva de estar con el otro porque se disfruta de su presencia sin más.

Como señaló Daniel Goleman en su teoría de la inteligencia emocional, y más tarde en sus estudios sobre la inteligencia social, las redes neuronales del amor se sustentan en tres pilares: el apego, el cuidado y el deseo. El primero y el último suelen estar presentes en los inicios del enamoramiento, pero el cuidado implica madurez y entrega. El apego crea vínculo, el deseo lo impulsa y el cuidado lo sostiene. De los tres, solo el cuidado requiere paciencia, darse sin esperar obtener, proyectarse en el otro, no fagocitarlo. Los otros dos son puramente reactivos e impulsivos, la razón no media en ellos.

Qué difícil apelar a la paciencia en los tiempos de la impaciencia; en los que un reel vale más que cualquier aportación seria que dure más de tres minutos, o en los que una ópera —sea rock o clásica— incomodará a tanto «culo de mal asiento». Tontocracia es así.

El amor, de espaldas al cuidado y al propósito común, se convierte en puro entretenimiento emocional. Porque, para qué engañarnos, el amor que no cuida no apega, el que no apega no dura y el que no dura termina siendo un episodio más de nuestra particular serie vital. Ninguna plataforma de contenidos se interesará por ella.

El amor maduro, y con él la familia, no se mide por el disfrute, sino por la capacidad de permanecer cuando el disfrute se toma un respiro —y, por desgracia, a veces más de un respiro— y se presenta el sufrimiento.

Cuando el amor se mide solo por el grado de disfrute y no por la profundidad del compromiso —esa promesa compartida de permanecer juntos en cualquier circunstancia—, la consecuencia no tarda en manifestarse.

La sociedad empieza a reflejar ese déficit de entrega en sus hábitos, en sus prioridades y hasta en sus símbolos cotidianos. Así surge un nuevo orden afectivo donde la comodidad sustituye al sacrificio, y el proyecto familiar cede espacio al bienestar individual. ¿Para qué el nosotros cuando tenemos el tú y el yo?

Cuando el nosotros se diluye y la promesa compartida se convierte en algo fugaz, puro humo, no es extraño que los sustitutos —perros, hobbies, comodidades y símbolos de bienestar— ocupen el espacio que antes pertenecía a la vida familiar auténtica. ¿Para qué hablar entre nosotros en las comidas y las cenas si con el móvil ya tenemos distracción suficiente?

De este modo, se da lo que se da: más perros que niños, más apariencias que compromisos. La familia líquida se define no por el amor profundo, sino por la comodidad efímera y la ilusión de cuidado proyectada hacia quienes no pueden replicar ni exigir, ni tampoco suspender —aunque ahora casi nadie suspende—, pero dejemos que eso alcance su momento de gloria en el capítulo correspondiente.

Prioridades invertidas: más perros que niños

Cuántas veces se escucha, en conversaciones coloquiales o debates, el argumento de que el coste de un hijo es elevado, situando la decisión de tenerlo en un cálculo puramente económico y egoísta, que solo sopesa la renuncia al divertimento y al ocio que tal decisión podría acarrear. Supeditamos tener hijos al coste de oportunidad, ni más ni menos.[30] Del «tengámoslo y hagamos todo lo posible para salir adelante con su vida y la nuestra», se ha pasado al «si lo tenemos, tendremos que renunciar a nuestra vida y comodidades».

El nosotros ha sido sustituido, en muchas ocasiones, por la suma de dos yoes que, en realidad, siguen pensando solo en sí mismos. ¿Cuánto puede perdurar una unión de esa naturaleza? Cuando la convivencia se cimenta en un vínculo hipotecario —en el mejor de los casos—, y en una cuenta de gastos compartida, no hace falta ser un lince para adivinar lo licuada que está esa relación.

Instalados en la comodidad, se elige un perro como alternativa al hijo. A veces, en el summum del desvarío, llegan a ser dos, uno para cada elemento de la pareja, abundando en la exaltación del yo: tú tu perro y yo el mío, tú tu serie preferida y yo la mía. Los espacios para el nosotros cada vez escasean más.

Sin duda, en términos comparativos, las mascotas presentan ventajas evidentes sobre los humanos: el paso del tiempo no obliga a matrículas ni a preocupaciones por los estudios, los gustos o las maneras del hijo.

Al perro no hay que enseñarle a usar los cubiertos, ni hay que razonar con él: acabará siendo lo que su amo y señor quiera. No habrá pataletas: el perro no tiene voluntad. Sí, no tiene voluntad porque ni lo llamamiento ni razona.

Todo perro es un perro, como anticipara Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, aunque refiriéndose al tigre y no al perro:

El tigre de hoy es idéntico al de hace seis mil años, porque cada tigre tiene que empezar de nuevo a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno. El hombre, en cambio, merced a su poder de recordar, acumula su propio pasado, lo posee y lo aprovecha. El hombre no es nunca un primer hombre: comienza desde luego a existir sobre cierta altitud de pretérito amontonado. Este es el tesoro único del hombre: su privilegio y su señal.[31]

Pero para poseer ese conocimiento y aprovecharlo el hombre debe esforzarse, formarse, alimentar su criterio, tomar conciencia de sí mismo y trazar su camino. Qué fatiga para los habitantes tontocráticos: ayudar a alguien a tomar conciencia, formarse, crecer y desarrollarse en toda la complejidad de sus planos mentales y espirituales.

Mejor tengamos un perro: eso nos permitirá ir por la vida con la cabeza bien alta —queremos a los animales y respetamos la naturaleza—. Ah, pero eso sí: muchos acabarán subidos en un carrito cual bebés, sin que su naturaleza sea respetada. Valiente tontería colectiva: cobarde al esfuerzo y tacaña en el amor con mayúsculas.

Resulta casi vergonzoso —por no decir grotesco— mezclar perros y niños en un mismo apartado. En el terreno de la física, se hablaría de dos espacios-tiempo distintos. Tal majadería solo está al alcance de los más estúpidos entre los estúpidos. La propia división de la estupidez.

Es por ello por lo que, tan docta sesera, surge el siguiente interrogante: ¿para qué trascender y cultivar un nosotros que vendría representado por nuestro hijo, si en la conjugación de este tipo de relación tal sujeto e inquietud simplemente no existen?

Abandonada la familia y con las prioridades invertidas de las parejas «perrunas», ante nosotros se abre un nuevo mundo: el de la publicidad.

Nuestra siguiente estación de paso, aunque esta vez desde el otro lado del mostrador —del que vende al que compra—: el cliente del marketing mentiroso de las empresas. Tontolabas deseosos de adquirir cualquier producto que los eleve a los altares de la envidia de otros tantos tontolabas.

Publicidad y consumo. Cómo compramos estupidez

De nuevo, al rebufo de la publicidad, quien la concibe y diseña termina convirtiéndose también en hacedor de opinión. Así, no solo persigue y consigue la venta de su encargo comercial, sino que, al aprovechar la plasticidad del cerebro del consumidor, acaba configurándolo según su propio interés.

Los objetos ya no se compran racionalmente en función de su utilidad, sino por el significado simbólico que proyectan, por la expectativa de lo que los demás puedan pensar de nosotros. El coche, los zapatos, el pantalón —roto, a ser posible— ya no deben responder a lo que se espera de ellos en el plano racional —rapidez y seguridad en el movimiento, comodidad, funcionalidad o elegancia en el vestir—, sino a lo que creemos que son capaces de evocar en la mirada ajena.

Entregados a la recompensa extrínseca —la admiración de los demás—, casi ni el disfrute —lo intrínseco— tiene cabida en la ecuación. El yo para obtener —ingresos, recompensas, admiración— apabulla por goleada al yo para disfrutar, que ocupa una discreta segunda posición; mientras que el yo que piensa en los demás queda relegado a los puestos del descenso.

La publicidad, ocupando los espacios que antes pertenecían a la racionalidad, a la consideración de los demás y a la educación —expresión de esa consideración—, se ha convertido en una forma de adoctrinamiento social que modela las aspiraciones y los deseos. Curiosamente, quien modela acaba también modelado, y con ello la tontuna se expande a modo de big bang colectivo, ocupando cada rincón del pensamiento social.

Todo es vacío, ajeno a la verdad. La felicidad en forma de pequeñas gotas de perfume, un trozo de pizza del que cuelga una cascada de queso rebosante, unas manos al volante de un coche; la persona como objeto al que hay que procurar descanso, un crucero o estancia —todo incluido— donde sea menester; el tratamiento que vence al surco que deja en la piel el paso del tiempo, los labios —morros, coloquialmente— tratados y uniformados hasta decir basta, como toda moda que se precie. La promesa de felicidad y juventud eternas.

Todas estas recetas mentirosas nos devuelven de lleno al dilema de lo urgente y lo importante: lo urgente en forma de felicidad inmediata, bienestar sin esfuerzo y juventud eterna; lo importante nunca tratado. Así se corre —rápido, muy rápido— hacia una ciudad llamada juventud y felicidad eternas, transitando por un camino que solo conduce al sinsentido y a la huida constante de nuestro propio destino.

El culto a la imagen se ha convertido en una nueva religión. El ser, si no es aparente, ya no es. Y lo que pretende aparentar refleja una mirada vacía y perdida. Esa apariencia, que en sus inicios era discontinua, ahora —por mor de las redes— se ha hecho universal y continua.

Somos producto antes que personas: nos vendemos. Da igual si se está en la playa, en un aula o degustando un menú: todo hay que mostrarlo al mundo a través de las redes para que los demás conozcan nuestra felicidad y, de paso, la deseen y nos envidien. En el altar de cada situación, el yo no particular; en el recinto, las redes, y en torno a ellas, un sinfín de feligreses expectantes de lo que allí ocurra. Todo ello, basura.

Ese mundo ajeno al dolor está dolido, ese mundo ajeno al sufrimiento no hace más que sufrir, ese mundo impostado no es mundo ni es nada, pero está ahí, a la espera de que entre todos lo rescatemos de su enajenación mental.

La publicidad no busca educar al cliente: busca seducirlo, proyectar en él lo que su apariencia logrará evocar en los demás. De conseguirlo, será objeto de culto, de mimetismo colectivo. En el fondo de la cuestión emerge la devoción al yoísmo. Yo, yo y yo, para después dar paso nuevamente al yo. ¿Dónde están los demás?

Se diseñan y venden autoengaños que se adquieren con la expectativa de subir a los altares de la estupidez colectiva. En el límite, cuando n tiende a infinito, el fin de la civilización como sociedad que busca el bien común. Ahora se persigue lo mejor para la suma de los yoes, olvidando que el bien común jamás ha sido la suma de los intereses individuales.

Una vez más, la familia emerge como la estructura más perjudicada. Ya no es una familia que dé trazas de compromiso y de comunidad que se construye, que a veces llora y se arropa, a veces ríe y disfruta, ahora solo es familia en el consumo del producto, siempre acompañado de sonrisas, como muestra la publicidad. La familia, deconstruida y concebida en un sinfín de variables posibles —y aunque lo parezca, no estamos en un ejercicio de análisis combinatorio— ya no se presenta como símbolo de convivencia duradera, sino como algo que se adquiere, se exhibe, se disfruta y, una vez exprimido su jugo, se arroja al cubo de la nada.

La familia, por fin despojada de su esencia, queda retratada y excluida en las mentes escasas de los tontocráticos como mera excusa para consumir. Merece la pena estar juntos, fíjese bien, si y solo si consumimos. Por fin, la familia convertida en un objeto de consumo en sí mismo.

Pero ¿qué hacer con mentes tan escasamente construidas que solo entienden la libertad como la capacidad de elegir entre un bien u otro, un color u otro, diésel o eléctrico? El «pienso, luego existo» ha sido sustituido por «consumo, luego existo». Soy en la medida en que consumo; si no, no soy.

La libertad interior —hacer aquello que es correcto desde un punto de vista ético y moral— queda atropellada por tanto conductor incompetente y mal construido. Y con ella, la disciplina arrinconada y olvidada. Donde manda el capricho o el antojo, no hay libertad: solo sumisión tiranizada por la emoción.

Y como hasta la libertad se mide en clics y elecciones de consumo, no es de extrañar que la conciencia ecológica —esa última frontera moral de nuestro tiempo— también se exhiba en el escaparate de nuestras incongruencias. Una nueva forma de estupidez colectiva.

La naturaleza pasa a ser otro falso becerro de oro levantado a expensas de nuestro vacío craneal: el hombre, reo y al servicio de lo ecológico.

Ya no se habla tanto de practicar el consumo responsable como de aparentarlo. El consumo, por fin convertido en religión, necesita —como toda fe que se precie— de su liturgia y mandamientos. Si la ceremonia de ir a comprar al supermercado la envolvemos en papel de celofán de color verde con etiqueta eco, en realidad, más que adquirir productos, se estará salvando al planeta.

Ya no importará que el envase de plástico se arroje mezclado con el resto de la basura, como tampoco que la comida sobrante, de forma habitual, siga el mismo camino. Ni una lavadora en su programa eco será capaz de lavar la conciencia con la pulcritud que evoca —¿y consigue?— la etiqueta en cuestión.

El gesto sustituye a la acción y a todo tipo de pensamiento, sea o no crítico. Navegando por lo cómodo, lo superficial y sin apenas mancharse, la conciencia se mantiene a salvo de toda introspección y de cualquier enrojecimiento. Y así, en el altar del yo sostenible, la estupidez halla su nueva forma de redención. Demos entrada a la conducta ecológica de escaparate.

Conducta ecológica de escaparate. Aparentar sin ser

Muchos de los vecinos del país de las mil maravillas se dicen ecologistas, lo que me recuerda a la anécdota de una pequeña que, al toparse con unas ovejas de escayola en un parque, exclamó que eran «ovejas de tontería». Pues lo mismo ocurre con tanto ecolojeta de pacotilla. Se proclaman ecologistas antes de un concierto, festival o evento deportivo y, al final, dejan tras de sí el rastro de su espíritu y forma de hacer: una amalgama indecente de basura plástica y restos que la naturaleza es incapaz de digerir.

Al reclamo de #ConciertoSostenible se venden miles de botellas de plástico que después descansarán en el suelo, a la espera de que quien se gana la vida limpiando las recoja... ¿para su reciclado?

A la llamada de los productos «eco» o «sostenibles» acude un público ávido de sumarse a la ola de buenismo saludable y naturalista. Los adquiere sin mayores miramientos que no sean los de mostrarse ante los demás, algo que parece gritar: «Estoy en la onda». Envases reciclables que no se reciclan; sobras de comida que no se aprovechan y se arrojan, malgastada su finalidad, al cubo de los desperdicios.

El marketing mentiroso influye en la decisión de compra. Puro postureo: ni conciencia ni consecuencia. De nuevo, aparentar resulta más importante que ser. La pose sobre la conducta ejemplar y ejemplarizante.

El ecologista de verdad no necesita presumir; no necesita que nadie lo asocie con lo eco o sostenible. Es como el nuevo rico y el de toda la vida: quien no es no necesita alardear de nada.

Y todo ello mientras se adopta un estilo de vida al ritmo de la obsolescencia programada y de la moda: cambiar de móvil, televisor o tablet... por el simple capricho de estar a la última; más deseo que necesidad. Casi nadie está dispuesto a renunciar a la comodidad de la vida actual, pero sí a exigir políticas que frenen la energía; para luego quejarse de su precio y de la supuesta falta de conciencia ecológica.

Ciérrense las centrales nucleares, aun cuando el sol no salga de noche y el viento sople igual de caprichoso que siempre. Pero hay que estar en la onda. Se trata de vender humo al personal, que si compra sin pestañear. En el colmo de la estupidez, se adquiere energía nuclear a otros países mientras en el nuestro se echa pestes de ella. El habitante tontocrático, con su chubasquero impermeable, permanece indiferente. Lo importante —ya sabe usted— es aparentar.

Los que aman más a la naturaleza y a los animales que a las personas, otra variedad de tonto del haba, se fajan peleando por el lobo, el jabalí y el abandono de los rastros en el bosque, aun cuando todo ello suponga la muerte de parte del ganado, perjuicios para la gente del campo, desbordamiento de los ríos por la suciedad de sus cauces o incendios en bosques abandonados a su suerte.

Así vamos: salvamos el planeta de palabra mientras lo ensuciamos de obra. «Haz lo que te digo, pero no hagas lo que hago». El ejemplo, exterminado. La cabeza, mal armada. El resultado: una esquizofrenia colectiva; una sociedad atrapada entre lo aparente y lo verdadero, entre lo que pregonan los sacerdotes de lo ecológico y la conducta de sus feligreses —y de los propios sacerdotes— cuando abandonan su púlpito particular.

Se proclaman guardianes del planeta mientras llenan sus carros de «productos sostenibles» que acabarán en el cubo de su incongruencia. Critican las centrales nucleares, a la par que son capaces de cargar su coche híbrido enchufable a un grupo electrógeno alimentado con combustible fósil. Luchan por salvar al lobo y el bosque, mientras permiten que el río se desborde de basura y los incendios arrasen lo que queda de naturaleza real.

Y así seguimos, con la moral ecológica de escaparate: más fotografía que acción, más postureo que cuidado; otro trampantojo de la realidad que nos rodea. Salvar el mundo en Instagram o TikTok y arruinarlo en la vida real. Todo un espectáculo de estupidez colectiva, con entrada gratuita para todos los tontos de los pies a la cabeza, no hay un solo gramo de su peso que se libre de ella.

Pero por debajo de los perros, la familia líquida, el consumo y la estupidez de tanta conducta ecológica de pacotilla, se extiende un sustrato más profundo que alimenta tanto desatino. En la cimentación de semejante desbarre intelectual se encuentra el pensamiento positivo y el buenismo —sin ser excluyente de otras circunstancias— y, de paso, sobrevenida la inteligencia artificial, erigida en la máxima expresión de la tecnología y del mundo digital.

Adentrémonos en ello.

SÍNTOMAS ESTRUCTURALES

El pensamiento positivo. Las ideas que curan

A principios de siglo se popularizó la idea de que, si se piensa en positivo, deseando firme y vehementemente la solución de un problema, la ley de la atracción obrará el milagro.[32] Parece cuando menos ridículo que alguien pueda verse influido por algo más cercano a la magia y al hechizo que al sentido común.

A caballo del pensamiento positivo —que no de la psicología positiva— se ha generado una corriente de opinión auspiciada por ilusionistas de la palabra. La lógica de su planteamiento inicial parece impecable —solo lo parece—: el universo se confabula con nosotros para alcanzar nuestros anhelos y deseos.

Su nombre, al evocar la ley de la gravedad, se reviste de una pátina incontestable de legitimidad. Fíjese en la asociación de ideas: ambas son leyes y ambas atraen, con la salvedad de que una es incuestionable y la otra, puro cuento.

No obstante, al profundizar en ella, se ve fácilmente hacia dónde nos conduce: si quiero ser feliz, rico, campeón del mundo de tres mil metros obstáculos o lo que sea, bastará con desearlo con fuerza. ¿Para qué estudiar y esforzarse si con desearlo basta? ¿Para qué entrenar si tumbado en mi cama o en una hamaca lograré la clasificación y la medalla de oro solo con evocarlo? Eso sí, debo desearlo con una fuerza inaudita.

De no conseguirlo, no cabrá otra que pensar que no fuimos lo bastante persuasivos al invocar al universo. En el fondo de esta pseudoley late un pensamiento mágico: ¡se puede lograr lo que uno quiera si se lo propone! Suena a eslogan barato, como los que ya tratamos en este capítulo.

De la mano de pensamientos tan pueriles aparecen otros no menos infantiles. Los gurús de la autoayuda proclaman: «las personas felices son generosas; las personas felices son amorosas; las personas felices son gentiles...». Luego, si quiere ser feliz, ya sabe el camino que seguir: repetir los comportamientos de las personas que se tienen por tales, para que así usted también lo sea.

De nuevo nos encontramos con lo paradigmático de la cuestión: si lo que quiero es ser feliz y, para ello, copio este tipo de comportamientos, estaré centrando la mirada en mi «yo particular»; cuando ya debió quedar claro que ese no es el camino, sino hacer lo correcto por el simple hecho de que eso es lo mejor para el «nosotros».

¿De verdad alguien puede creer que, por copiar la conducta de otros, se solucionarán sus problemas si no cambia su perspectiva egoísta —yo— por otra más generosa —el otro—? Veamos, por nadar como los peces en el mar no se es pez; y por conducir un Mercedes, como lo hacía Hamilton en un pasado reciente, no se es Hamilton. Entonces ¿por qué dar crédito a consejos tan infantiles?

El pensamiento positivo nos ha atrapado en una vía emocional de una sola dimensión, positiva o negativa, olvidando los demás impulsos emocionales, que también cumplen su función. Tras él llega la ola del buenismo, todo lo que suene a negativo se juzga como patológico, desde la rabia ante una injusticia hasta el duelo por un ser querido.

La vida se convierte en un catálogo de emociones que evitar. Así, suspender, corregir o doblar la mano al que incumple la ley se asocia con represión, dictadura o con ese lenguaje de adulto poco trabajado que se dirige a su pequeño cuando intenta coger algo que no debiera: «¡Puag, caca!».

Encarar los problemas dominando los sentimientos, evitar el declive de la responsabilidad en el infantilismo de quien, tapándose los ojos, piensa que sus males se resolverán por arte de magia, y desestimar la posibilidad de que la supuesta ley del positivismo atrape para sí deseos e intereses constituiría la mejor de las medicinas posibles. En definitiva, hacerse dueños de la respuesta con la que encarar nuestros desencuentros con la vida. ¡Qué ingenuidad!

«De lo único que somos dueños es de nuestro libre albedrío», decía Epícteto. Debemos acabar con la tiranía de lo positivo para centrarnos en la realidad de lo que son las cosas: el esfuerzo, la entrega generosa, el coraje y, sobre todo, el compromiso con los principios de justicia, servicio, entrega y bien común que hacen posible la excelencia en el ser humano.

Ocultarse tras el velo de lo positivo solo empuja hacia un infantilismo irresponsable, propio de quien evita ver lo que, por ingrato, le molesta.

El pensamiento positivo es un hijo de nuestro tiempo; el triunfo del deseo sobre la realidad, del yo egoísta sobre el nosotros generoso, de la emoción sobre la razón; de la fantasía Disney sobre la realidad, del mundo digital sobre el analógico; en definitiva, del parecer sobre el ser.

Para qué continuar: una farsa peligrosa que, en ocasiones, adquiere tintes demenciales. Si no, véase lo ocurrido con la teoría de ampliación y construcción (broaden-and-build theory), de Barbara L. Fredrickson.

El positivismo buenista ha invertido los términos de la relación causa-efecto. Mientras que en el pensamiento clásico —sustentado en la medicina y la filosofía— la secuencia lógica era clara: me siento alegre y con energía porque tengo buena salud; la psicología positiva le dio la vuelta a la tortilla: tengo salud porque me encuentro emocionalmente bien.

Es decir, si manejo de forma adecuada mis estados de ánimo, propiciaré que mi cuerpo goce de buena salud. Vamos, no hay nada como curar un cáncer de páncreas con una mentalidad positiva (ironía incluida, por si alguien se lo toma al pie de la letra).

Desde esta perspectiva, Barbara L. Fredrickson, en colaboración con Marcial Losada, propuso la existencia de una «proporción crítica de positividad»: una relación de 2,9 emociones positivas por cada emoción negativa sería, según ellos, la frontera que separa a esos dos tipos de personas.

Al trabajar en colaboración con Marcial Losada, descubrí y puse a prueba la proporción de positividad 3 a 1, el punto de inflexión que abre las puertas al florecimiento. Los cálculos de Losada concuerdan plenamente con mi teoría de la ampliación y construcción, así como montañas de datos.[33]

La publicación de su investigación fue ampliamente citada en artículos científicos y obras de autoayuda hasta que, años más tarde, Brown, Sokal y Friedman demostraron que los cálculos en los que se basaban sus conclusiones —ecuaciones diferenciales tomadas de la dinámica de fluidos— estaban errados.[34]

Si bien aquello no invalidaba por completo la teoría de Fredrickson, sí la convirtió en un ejemplo paradigmático del uso disparatado de las matemáticas al servicio de una idea preconcebida.

Fredrickson forma parte de una corriente dentro de la psicología que enfatiza los efectos beneficiosos de las emociones positivas sobre la salud, amparándose en que numerosos estudios muestran correlaciones entre bienestar emocional y físico.

Pero, amigos, correlación no implica causalidad. También podríamos encontrar una correlación positiva entre el incremento de la longevidad humana y el aumento de la velocidad máxima que puede alcanzar una nave tripulada; y, sin embargo, sería absurdo concluir que la una explica la otra.

En síntesis, la relación entre salud y bienestar es bidireccional, pero asimétrica: la salud constituye el fundamento biológico y existencial del bienestar (que no felicidad por mucho que algunos se empeñen). Para que exista bienestar es necesario, como condición previa, que haya salud; y sobre esa base pueden edificarse hábitos y actitudes equilibrados que contribuyan a mantenerla.

El bienestar trabajado, los hábitos virtuosos y la madurez emocional serán, en todo caso, garantes de la conservación de la salud, no instrumentos mágicos que la promuevan.

Una vez más, el deseo se sitúa por encima de la razón; la sobreactuación se pone al servicio de lo llamativo y lo novedoso con la finalidad de ascender a los altares tontocráticos. Porque templos hay muchos, no importa el barrio —empresa, sociedad, política o enseñanza—. Y la abundancia de feligreses también es notoria; ahora bien, ¿ciudadanos de pleno derecho? ¿Con criterio suficiente? Le dejo a usted la respuesta.

Las aspiraciones son las mismas, aunque los medios sean distintos. En el ámbito científico o académico, un hallazgo revolucionario se convierte en un vehículo de popularidad para el investigador o la institución. ¡Ay, la popularidad, que no la verdad! Pero dejémoslo aquí; permitamos que los acontecimientos discurran antes de llegar a la enseñanza.

Explorado el territorio de la positividad, nos queda, para cerrar este acto, tratar las circunstancias de un convidado sobrevenido. Hasta hace poco nadie contaba con él, pero ha irrumpido en nuestras vidas como un elefante en una cacharrería. Sigamos pues con la inteligencia artificial.

Inteligencia artificial (IA). Conocimiento externalizado

Desde que entre 1751 y 1772 se editara la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert, la irrupción de la tecnología en nuestras vidas ha sido una constante. Según Drucker:

Después de 1700, y en el espacio increíblemente corto de cincuenta años, se inventó la tecnología. La palabra misma es un manifiesto, ya que combina la techne, es decir, el misterio de un arte manual, con logy, o sea, el saber organizado, sistemático y con un fin determinado.[35]

Esa fuerza creadora del ser humano, mal aplicada, ha contribuido a que cada vez nos apartemos más de la realidad, sumergiéndonos en un mundo digital que da la espalda a lo humano.

Se prefiere prestar atención a la pantalla del móvil antes que al amigo que se encuentra a nuestro lado, también embobado con la misma suerte y aventura. ¿Cuántas veces dos hermanos, en distintas habitaciones, hablan entre sí a través de este maldito aparato en lugar de hacerlo cara a cara?

Se busca la lejanía para contactar digitalmente y se desprecia la cercanía porque se permanece ligado a una tecnología que nos separa. Difícil marcha atrás. Cualquier adolescente reclamará a sus padres un teléfono inteligente para ser uno más entre el resto, aunque eso suponga renunciar al desarrollo de su espíritu crítico y de su inteligencia.

La buena noticia —porque no todo son malas noticias— es que la tecnología ha sido también una de las grandes causas de la liberación de la mujer. Así, la desventaja derivada de su menor fuerza física —en promedio— se ha esfumado si no en todos los trabajos, sí en muchos de ellos. La tecnología ha hecho posibles desempeños que, de otro modo, habrían sido inalcanzables para ella.

Y donde no ha llegado la tecnología lo ha hecho la ingeniería social, con diseños muchas veces alejados de lo razonable, pero condicionados por la idea de lo políticamente correcto. ¿Por qué, por ejemplo, se rebajan las marcas exigidas para acceder al cuerpo de bomberos si el cometido requiere unos mínimos de fuerza física sin más? No hay distinción por sexos en la exigencia. Ya sé que se objetará que, de otro modo, habría muy pocas mujeres desempeñando ese trabajo. Cabría preguntarse: ¿y qué?

¿Por qué nadie se extraña de que, en la gimnasia artística, las mujeres no compitan en las modalidades de caballo con arcos o anillas, y los hombres no realicen en el suelo las filigranas que hacen las mujeres? Por un lado, fuerza, control y potencia en los hombres; por otro, elegancia, flexibilidad y expresión artística en las mujeres. Espero no haber herido ninguna sensibilidad con este argumento.

Pero no nos alejemos de la idea central de este apartado. Muchos trabajos antes desarrollados solo por los hombres ahora no presentan limitación alguna para las mujeres. El hogar, antes el único desempeño posible, dejó de serlo en gran medida gracias a la tecnología, que, al hacer factibles otras contribuciones, facilitó que la mujer se incorporara plenamente a la vida y al mercado laboral. La tecnología ha permitido que la mujer exprese muchas de sus potencialidades. ¡Bien por nosotros!

Sin embargo, mientras la tecnología nos liberaba de nuestras limitaciones, la interacción humana se ha ido deshumanizando. Al ciudadano con pasaporte tontocrático se le ha nublado la mirada. Si se enfrentara al mito de la caverna de Platón, ya no vería ni sombras; frente a la pantalla del ordenador, repetiría, como oveja del rebaño, lo que la imagen le devuelva. Se quedaría embobado ante el crepitar de las llamas, incapaz siquiera de sospechar que existe un exterior.

¿Qué hacer ante tanta estupidez cuando se le plantea a la inteligencia artificial una cuestión relativa a un desencuentro amoroso, un despido o cualquier otro problema de índole psicológica? ¿Qué hacer con tanto joven desnortado que, sin mayor criterio, se entrega a una práctica tan pobre como ineficaz?

Se le pregunta a un algoritmo que no siente ni padece, que no se emociona ni se plantea el sentido de lo que hace. Desde el punto de vista antropológico, alguien así sería diagnosticado como psicópata.

Veamos. En el conocimiento operativo —el saber hacer— la inteligencia artificial es brillante. Se le pide un contrato legal y tenemos la respuesta en segundos; un problema de programación, y más de lo mismo; que organice un viaje, y otro tanto. Es como un niño prodigio que, con apenas cinco años, toca el piano con una técnica impecable, pero le falta el sentimiento que solo provoca la música interpretada desde la emoción.

Pero cuando nos acercamos al conocimiento emocional —aquel que anticipa el gusto o disgusto por el resultado— aparecen las primeras grietas. La inteligencia artificial no siente, no padece, no sufre, no se alegra. Puede reconocer patrones de alegría, tristeza o miedo. Incluso decir «Te acompaño en tu dolor» o «Me alegro por tu éxito». Pero nunca ha llorado una pérdida, se ha enamorado, reído a carcajadas con un amigo por una broma tonta, ni ha sentido un nudo en el estómago antes de un examen importante.

Podrá describir un funeral con detalle, incluso escribir un texto conmovedor, pero jamás sentirá la ausencia de una madre; podrá redactar la carta de amor más hermosa, pero nunca se quedará despierta esperando la emoción de una respuesta. Sin emoción, lo humano es puro cálculo; y el cálculo sin empatía lo llamamos frialdad, psicopatía.

Cuando nos referimos al conocimiento especulativo —ese que se pregunta por qué y para qué hago lo que hago—, en el que entran en juego la religión, la filosofía o el arte que busca sentido, la máquina no está ni se la espera. Puede repetir definiciones sobre la existencia o el alma, pero nunca se ha preguntado quién soy. Jamás ha experimentado la angustia de encontrar sentido a su vida, ni ha mirado el cielo estrellado en la noche preguntándose por qué existe el universo.

La inteligencia artificial es como un espejo: refleja lo que el ser humano ha dicho, pero no contempla. Reproduce nuestras preguntas y respuestas, pero no realiza ninguna, ni se inquieta de verdad por la verdad. Sin especulación, sin para qué, lo humano no está completo.

Opera con un código que no siente ni valora. Antropológicamente —permítaseme la licencia— es un psicópata: eficaz, brillante y vacío. Y, sin embargo, a este psicópata muchos jóvenes —y no tan jóvenes— entregan sus más preciados problemas personales.

La inteligencia artificial no es humana. No ama, no llora, no se desespera, no sueña. Es un espejo de nuestras palabras, pero no de nuestras lágrimas ni de nuestras preguntas. ¿Va a seguir compartiendo sus penas con ella?

Y, por último, un efecto perverso: la demonización de la memoria. Para qué servirse de ella si pulsando un teclado tengo todas —¿todas?— las respuestas al alcance de mis dedos. Para qué estudiar si la inteligencia artificial me ofrece todas las soluciones en bandeja.

De nuevo nos enfrentamos a otro proceso de externalización. En las organizaciones, ¿para qué abordar todo el proceso productivo si basta con centrarse en lo esencial? Se delega la limpieza, la seguridad, la logística a un tercero y liberamos energía y recursos. Del mismo modo, en el ámbito personal, encomendamos la memoria a la máquina. ¿Para qué ejercitarla si puedo servirme de la ajena?

El problema es que, para imaginar nuevos caminos, antes hay que haber recorrido muchos otros. Solo desde la cima del conocimiento acumulado puede proyectarse lo inédito y desconocido.

Estudiar y pensar a partir de lo estudiado es como subir a una montaña: desde arriba se contempla el panorama al completo; desde abajo, resulta imposible imaginar el paisaje.

Sin esa visión —que requiere memoria y estudio— es imposible llevar adelante una vida genuina. Renunciaríamos al progreso, convirtiéndonos en ese primer tigre reiterativo del que hablaba Ortega y Gasset.

Estudiar no es solo acumular datos, que también, es comprender a fondo, equivocarse, aprender de los propios fracasos y

disfrutar del éxito de nuestro esfuerzo. Es desarrollar pensamiento crítico para no depender de lo que otros digan. Es forjar carácter, pulirlo con paciencia y construir criterio propio.

Del estudio y acumulación del conocimiento nace la creatividad, al conectar lo sabido con lo nuevo y descubrir caminos no trazados. Y, sobre todo, otorga autonomía y libertad: la capacidad de decidir por uno mismo, incluso sin la inteligencia artificial.

Esta es como una linterna en la oscuridad: puede iluminar el camino, mostrar los obstáculos, incluso enseñar más de lo imaginado. Pero la linterna no camina por uno. No decide hacia dónde girar. No sabe cuál es nuestra meta. La inteligencia artificial no puede dar propósito a nuestra vida. Puede ofrecernos mapas, sí. Pero solo nosotros podemos decidir el camino que seguir.

Toda reflexión necesita reposo. Hora es de dejar la lectura por un rato, a la espera de que estas ideas encuentren su lugar en nuestros pensamientos. Recogido apresuradamente el mobiliario y el atrezo, apagadas las luces y el sonido, nos preparamos para escenificar otro de nuestros actos y parada: la Tontocracia en la política. No se impaciente, continuamos la función.

4. Tontocracia en la política:
síntomas de la mentira como norma

Recuperados el silencio, la luz y el nervio interpretativo, nos encontramos con los magos de la ilusión: nada por aquí, nada por allá… y, de repente, un decreto ley ómnibus. Nos adentramos de la mano de la «ciencia» política, en lo que muchos calificarían como un auténtico circo romano. Dejemos discurrir los acontecimientos y estemos atentos a ellos.

De nuevo, nos hallamos ante la tesitura de armar el andamiaje que dará soporte y consistencia al desarrollo posterior de la trama. En primer lugar —y dado que los actores de esta tragicomedia, más tragedia que comedia, serán los miembros de la clase política—, abordaremos los papeles que un político debiera ser capaz de interpretar en beneficio de la sociedad que decide liderar, así como la manera en que gana y pierde autoridad.

Posteriormente, entraremos de lleno en lo concreto de este tercer acto: los síntomas del sistema electoral y la política contaminada desde la placidez de las butacas del recinto central —el boby— y el que no lo es—. No se desanime, todavía quedan ciudadanos que no han sucumbido a tanta tontuna.

Y, a continuación, al cambiar la perspectiva, observaremos los síntomas del desempeño político desde el escenario, desde la majestuosa posición de quienes hipnotizan a tantos feligreses que nadan a gusto en su propia contumacia.

¿Un hombre, un voto? No sé, no sé…

Pero no adelantemos acontecimientos. Antes conviene adentrarnos en los registros que un intérprete de tan noble papel y condición debiera dominar. Nuestros representantes, si de verdad aspiran a estar a la altura, deberían poder revestirse con tres ropajes distintos: estratega, ejecutivo y líder.

Los registros del político

El político como estratega

Debiera conocer la estructura y el engranaje del Estado: cómo funciona esa máquina corporativa, qué fallos presenta y, sobre todo, qué debe hacer para mejorar su rendimiento. Si en materia de salud las esperas se alargan, que se aborde el problema de fondo; si los trámites administrativos se convierten en un infierno, hágase lo propio; si la vivienda en alquiler escasea, foméntese su construcción y atractivo.

Si el Estado se ha anquilosado y ha superado ampliamente su índice de masa corporal burocrática, debería actuar con determinación para devolverle la cintura perdida.

Resolver los problemas de convivencia no admite ideologías: solo la razón permite salir de las peores tormentas; solo la razón ofrece soluciones. Malas noticias para quienes viven atrapados en la emotividad constante, repartiendo culpas y viendo conspiraciones donde no hay más que incapacidad propia.

Cuando arrecia la tempestad, ¿quién gobierna mejor la nave: la razón que da indicaciones precisas o la emoción desbordada de la tripulación? Lo mismo sucede en un hogar o en una organización bien liderados, los gritos y la impulsividad jamás sustituyen al raciocinio ni a las buenas maneras.

La razón —y no la tontuna ni la sumisión a la emoción— debiera ser constante en su conducta. No se puede gobernar

desde la improvisación ni desde el impulso, sino desde el conocimiento y la previsión —en realidad, más «deber» que «puede», porque por poder…, claro que puede; basta con mirar a nuestro alrededor—.

Su misión es garantizar la armonía del conjunto, evitando que los procesos se atasquen por exceso de burocracia o por falta de dirección.

Hablamos del Estado como máquina organizativa; hablamos de atender, ante todo, a la motivación extrínseca de los ciudadanos: ofrecerles la compensación que merecen por sus aportaciones, especialmente en forma de impuestos. Es el «yo que aspira a recibir del Estado». Un Estado que no debería discriminar a nadie; ni siquiera al tontolaba de turno.

Hablamos, en definitiva, del afán por mejorar las cosas, no del cálculo interesado de quien solo anhela permanecer en el poder.

De lo que no se habla es de la patada hacia delante como forma de derivar la solución de los problemas presentes a quienes les sucedan: un futuro hipotecado a cuenta de una deuda contraída en la actualidad.

¿Cuántas veces un necio —e ignorante a la vez— increpa a un político capaz (que también los hay) por una partida presupuestaria que hunde sus raíces en una sinvergonzonería pasada?

O, al contrario, ¿cuántas veces ese mismo personaje se atribuye un éxito que no es suyo, sino de quienes con esfuerzo y determinación pasados, lo hicieron posible? Quien así se presenta, como adalid de la gestión pública, no es más que un personaje interesado, mediocre y marrullero. Piense, piense… y haga memoria. No le costará encontrar ejemplos.

Pero el político como tal también debiera ofrecer los registros propios de un buen ejecutivo, aquel que, tras apartar la mirada de la máquina estatal, dirige su atención al organismo vivo que es la sociedad. Su tarea ya no consiste solo en la puesta a punto de la máquina, sino en facilitar que los ciudadanos puedan expresar sus inquietudes y dar salida a sus talentos.

Pasemos, pues, al siguiente registro.

El político como ejecutivo

En el plano ejecutivo, debiera aportar conocimiento de los procedimientos y modos de hacer de la administración para que los ciudadanos puedan expresar sus potencialidades sin mayores cortapisas. Si la máquina —el Estado— existe y está bien engrasada, lo que corresponde ahora es que quien aspire a desarrollar una iniciativa propia encuentre el camino lo más liviano y transitable posible. Es más, que no solo le resulte sencillo emprenderla, sino que, además, se sienta estimulado e incentivado a hacerlo.

Qué decir de quienes, con una sola neurona —siendo generosos—, centran sus propuestas en negar lo que es evidente. Si se imponen topes a los precios del alquiler, el flujo de viviendas derivará a otros mercados, reduciendo la oferta y agravando el problema. Si se propone —como hacen algunos políticos tontolabas a las tres— prohibir la compra de una segunda vivienda, lo único que se consigue es atentar contra la propiedad privada, estrangular el mercado y reducir la actividad económica, con la consiguiente caída de la recaudación.

No hay economía que pueda soportar tanta genialidad en ciertos miembros de su clase política. Necios, castontos y tontosdelbote en tribuna aplaudiendo la jugada, sin siquiera sospechar que ellos serán los primeros —y principales— paganos de la función. De nuevo, la razón y la emoción —esta vez instrumentalizada para perpetuarse en el poder— se enfrentan en una lucha desigual.

El Estado como palanca impulsora de cualquier actividad. El Estado que no se mira constantemente el ombligo pretendiendo que todo pase por él. El Estado que solo se reserva para sí aquello que la iniciativa privada no quiera o no pueda acometer. El Estado que propicia y no ralentiza el juego. El Estado que debería facilitar la iniciativa privada, no frenarla. Evitar lo necesario se convierta en lo que atrape en su cuello de botella: incentivos para la investigación, estímulos a cualquier iniciativa empresarial, exenciones fiscales que favorezcan la construcción de viviendas en alquiler y, sobre todo, el acceso a la formación mediante becas que premien la excelencia —no que se utilicen como herramienta ideológica—.

La beca, al cobro de lo que reivindican los políticos afiliados a la tontocracia, no debe pretender corregir desigualdades sociales —tarea que corresponde a otros ámbitos—, sino reconocer y respaldar el mérito de las mentes más curiosas y preparadas, especialmente de quienes carecen de medios económicos. Es el aprovechamiento académico el que debe abrir la puerta al ayuda y no al revés, no es la escasez económica la que deba truncar el acceso a la beca.

Si vamos un paso más allá de la máquina, ahora hablamos del Estado como organismo que estimula la motivación intrínseca de sus ciudadanos. Hablamos de ofrecerles la posibilidad de que puedan desplegar sus iniciativas y expresarlas sin trabas. El Estado como palanca que potencia el talento colectivo, que brinda facilidades para quien quiera formarse, investigar, emprender, crear, ayudar. El Estado que no es un lastre, sino un socio que acompaña y no entorpece.

De lo que no se habla es de este tipo de Estado que, añorando a la camiseta del jugador que quiere marcar en la portería contraria, ralentiza su impulso hasta que, por pura falta, lo derriba y lo deja desanimado en el suelo.

De lo que no se habla es de ese Estado estúpido, que no potencia, que frena, que controla y que, finalmente, acaba repartiendo la nacionalidad tontocrática por doquier. De ese Estado que no encontrará descansos hasta habernos nacionalizado la tontuna en todos nosotros. Y, una vez obrado «el milagro», nadie tendrá aspiraciones distintas que no sean otras que recibir sus ayudas.

De generar valor y repartirlo, a no generarlo y, por tanto, no tener nada que repartir.

Tampoco hablamos del funcionario que, concebido como una herramienta —noble herramienta— del Estado, mira al ciudadano por encima del hombro y lo somete a una retahíla de inconvenientes que terminan asfixiando cualquier iniciativa.

El registro de ejecutivo es el que debiera propiciar cualquier político que se precie —consciente de que el ser humano posee potencialidades que deben aflorar—, procurando que el roce con la máquina estatal sea mínimo y que, en lo posible, esa fricción se convierta en impulso.

«Dadme un punto de apoyo y una palanca, y moveré el mundo», dijo Arquímedes de Siracusa en el siglo III a. C. En analogía consecuente el Estado como punto de apoyo (máquina), palanca (organismo) y, por tanto, socio de sus ciudadanos.

No hablamos del político que reparte lo que no es suyo, sino del que, sintiéndose uno más entre todos, se adelanta a las necesidades de los demás sin esperar nada a cambio.

Pero, hasta ahora, el registro más noble de quien interpreta el papel de lo público no ha sido desarrollado. Lo tratado hasta aquí se centraba en definir adecuadamente la maquinaria estatal y en procurar que quien se acerque a ella se vea apalancado, y no frenado, por su funcionamiento.

En definitiva, el Estado como socio interesado, que busca para sí que todos produzcan más y mejor como forma de garantizarse un futuro más próspero —económicamente hablando—. Sin embargo, incluso un Estado bien orientado quedaría incompleto si no atendiera a lo esencial en el individuo. ¿Y el interés sincero por el otro? ¿Y el procurarle lo mejor sin espera de reciprocidad? ¿Acaso el político —el que nos representa— puede vivir de espaldas a la pulsión más noble que pueda anidar en un ser humano? Más aún cuando se proclama representante de los demás. Adentrémonos en ello.

El político como líder

El registro de líder es el más exigente de todos. Si hasta ahora los desempeños tratados se ceñían a procurar un Estado lo más eficiente y alentador posible, en este aspecto cambian las tornas: llega el momento de pensar en los demás. Pero no con la boca pequeña, con la palabrería habitual a la que nos tienen acostumbrados, sino con la grandeza de los hechos.

«La unidad a España no solo debe ser honesta, sino parecerlo» es una frase atribuida a Julio César.

Pues eso: el político no solo debe actuar con rectitud, sino mantener una imagen intachable. La ejemplaridad no es una opción, sino una obligación moral. Aunque visto lo visto, más parece un anhelo quimérico.

Si el político miente con descaro y, aun así, es elegido representante de los demás, la democracia habrá degenerado en oclocracia: el gobierno de los peores —estúpidos y mentirosos de currículum con cargo—, encumbrados por una legión de fanáticos tontolabas que prefieren tener en sus manos un talón de que sean de su cuerda. Prefieren su secta a su país.

La acción ya no es correcta o incorrecta per se: será la indicada si la ejerce uno de los «suyos»; y si no, ni justicia ni blandenguería que valga, a la hoguera con él.

El símil deportivo es evidente: la rotura de menisco, tibia o peroné del jugador rival… justificada. ¿La del propio equipo? Ni por asomo —«Si los nuestros no hacen faltas; si todo es técnica y control»—.

En definitiva: si son de los míos, todo vale.

De nuevo la razón por los suelos; la emoción, victoriosa.

Pero ahora le toca el turno a ese político de raza, a ese tipo de persona que, enfundada en su responsabilidad moral, se obliga —y con ello obliga a los demás, nobleza obliga— con ese tipo de lenguaje que nos alcanza a todos de forma sutil: con su ejemplaridad.

Este es el registro más importante de un político en cuanto a líder, decir a los demás lo que cabe hacer, pero con la palabra muda y el gesto atemperado. Esto es, preocuparse genuinamente por ellos, por sus necesidades, sus inquietudes, su estado anímico; presto siempre al ánimo y a la ayuda.

En este sentido, un líder político ejemplar, ante terremotos, incendios de gran alcance, inundaciones u otras catástrofes, acude al lugar. No para buscar protagonismo y «hacerse la foto» —aunque no pueda evitar que se la hagan—, sino para animar con su presencia. Y, una vez organizado el dispositivo y asegurados los recursos, regresa para acompañar de nuevo, reconfortar a los afectados y sufrir con los que sufren.

En este registro, el Estado —representado por sus políticos— trasciende: ya no es solo herramienta ni organismo. Es corporación.

Un ente con propósito que supera sus propias necesidades para centrarse en las de sus ciudadanos, que lo son en la medida en que pueden expresarse como tales.

Si en lo estratégico el político propicia eficacia, y en lo ejecutivo alinea voluntades —facilita que cada cual alcance sus objetivos—, en el papel de líder procura la unidad de todos. Ser ejemplo, permitir que los ciudadanos trasciendan y enseñar las bondades de lo que es correcto hacer, conforman un triunvirato de lo que resulta saludable para el alma de la nación. La nación como símbolo de lo común, como símbolo de unidad.

Todo ello deriva de cómo se ejerza el poder. Desde la potestas se actúa porque se tiene facultad para ello, «Puedo hacerlo». Desde la auctoritas se obra a partir de la autoridad moral que emana de la forma de hacer, «Debo hacerlo».

Nos topamos, así, con el pilar fundamental de todo buen desempeño político: el ejercicio de la autoridad.

Cómo ganar y perder autoridad

La distinción entre potestad y autoridad hunde sus raíces en el derecho romano. La potestad se tiene por encargo; la autoridad, por el contrario, no.

La potestad es la capacidad que tiene un individuo para premiar o castigar; para hacer cumplir lo que tiene por encargo. En definitiva, para inducir a otros a actuar por motivos extrínsecos. A la falta de cumplimiento de lo normativo le seguirá la corrección correspondiente. La potestad es ajena al deseo o a la voluntad del otro. En una democracia consolidada, es el imperio de la ley: guste o no, se esté alineado o no con lo que ella dictamina.

La autoridad transita por otros derroteros bien distintos. La autoridad se gana; se otorga libremente a quien la ejerce si se hace merecedor de ella. La potestad se tiene por designación; la autoridad se obtiene por devoción, por haberse mostrado una persona confiable en lo humano y en lo cognitivo. Aúna ser y saber.

La autoridad encuentra su soporte en la libre aceptación de quienes se ponen a disposición de ella. Obedecer, en sentido estricto, no significa someterse por temor a una sanción —eso es sumisión—, sino querer hacer lo que el otro propone porque se confía en su criterio, en su ejemplo y en su rectitud.

Que el ciudadano quiera pagar sus impuestos porque observa que se hace un uso adecuado de ellos; porque reconoce en quien los administra un comportamiento ejemplar. Esa, en definitiva, es la única forma de que el político quede revestido de verdadera autoridad.

Y ahora, un pequeño ejercicio de honestidad: tome papel y lápiz, tablet o lo que prefiera, y anote cuántos de nuestros políticos podrían presentarse como adalides de la ejemplaridad. Si no consigue anotar más allá de cuatro o cinco nombres, su desapego hacia la clase política estaría sobradamente justificado.

¿Qué formación y experiencia de base tienen la mayoría? Muchos no han hecho otra cosa que trepar por la escalera interna de un partido hasta asomar la cabeza en un escaño del Congreso o, con algo de fortuna, en un ministerio. Algunos, incluso, proceden de partidos tan minoritarios que su presencia solo se justifica porque resultan un mal necesario para seguir gobernando, ese pequeño inconveniente del que luego se destila, como premio, una vicepresidencia o un sillón en el Consejo de Ministros, puestos que escandalizarían a quienes, con saber y decencia, los precedieron. Vergüenza.

Pero no sigamos por esta senda.

La autoridad, en definitiva, se gana cuando a los demás «les da la real gana otorgarla». ¿Y cómo se pierde? Abróchense los cinturones:

Cuando se hace un uso injusto del poder

Se aprueban leyes por mero interés partidista, apartándose del bien común. Y si, además, se pretende justificar lo injustificable, lo injusto se convierte en burla. La confianza en la clase política decae y, con ella, su autoridad. Lo más grave: arrastra al resto hacia el mayor de los descréditos. Leyes a cambio de continuidad para seguir ostentando el poder.

Cuando se ejerce el poder a pesar de que no debiera usarse

Por ejemplo, un político que utiliza recursos públicos para su campaña electoral: recorre los fines de semana su circunscripción —la excusa— mientras permanece en su residencia habitual —la causa— presentándose como un líder sacrificado y entregado

a los demás.

O cuando un cargo público asigna contratos a empresas de amigos o familiares sin licitación.

O cuando un funcionario bloquea el acceso a la información pública para ocultar una mala gestión.

En ninguno de estos casos se persigue una mayor entrega ni una mejor administración de lo común; lo que se busca es el beneficio propio mediante la simulación y la teatralización.

Así se erosiona la independencia de las instituciones, se quiebra la confianza ciudadana y, con ella, la autoridad se degrada hasta quedar reducida a mera potestad.

Cuando se usa innecesariamente. El uso inútil del poder

Se traduce en decretos superfluos, leyes repetitivas, normativas que buscan más la foto que el efecto. Es el poder del gesto: aparentar acción sin resolver nada —ay, la apariencia, siempre la apariencia—. Se crea una nueva oficina «para reforzar la transparencia» mientras los viejos informes siguen sin publicarse; se prohíbe solemnemente lo que ya estaba prohibido, para poder decir que «se ha hecho algo».

El poder inútil: el que se ejerce para parecer útil cuando bastaría con serlo. El poder que solo aparenta. Como ese anuncio, con gran pompa, de miles de viviendas que jamás se construirán.

Y así, de semejante mediocridad no puede nacer autoridad alguna; solo obediencia hipnotizada, fanatizada o forzada.

Aclarada —eso espero— la distinción entre poder y autoridad, centrémonos ahora en el poder.

¿De dónde deriva ese poder otorgado en una democracia? Del viejo aforismo: «Un hombre, un voto».

¿Un hombre, un voto?

¿De verdad sigue teniendo validez en los tiempos que corren?

Veamos.

SÍNTOMAS EN EL SISTEMA ELECTORAL

Un hombre, un voto... o un realidad electoral

El aforismo «Un hombre, un voto», fundamento del proceso electoral —en el que subyace la idea de que todos los ciudadanos somos iguales ante las urnas—, muestra hoy claros signos de aluminosis democrática, esa patología que agrieta los cimientos de lo que parecía firme.

Y lo hace por dos razones fundamentales. La primera procede de la propia arquitectura de algunos sistemas electorales, como el español, donde el voto no vale lo mismo según el código postal del votante. La segunda, de la falta de criterio cívico-político de muchos de ellos; el bobovotante participa en la ceremonia democrática con la misma legitimidad, sí, pero con consecuencias distintas a las de quien no lo es.

Así, el tontolaba de una circunscripción pequeña —pongamos Soria— ejerce cinco veces más presión sobre el sistema que un votante de Madrid docto en economía y política, adornado de todo tipo de virtudes morales..., en el caso de que las haya, claro está.[36]

Y que no se me enfade el soriano: hablo de tontolabas, no de gentilicios. De los primeros hay muchos, por desgracia, en todas las circunscripciones; de los segundos —los ciudadanos ilustrados—, cada vez menos.

La primera fisura, la del sistema, se entiende con facilidad. En países como el nuestro, los partidos grandes o territorialmente concentrados disfrutan de ventaja, mientras que los pequeños o con voto disperso se diluyen. Hay votos útiles y votos ornamentales, al margen del nivel de tontuna de quien los deposita.

Pero quizá este no sea el peor de los males, siempre que la distribución del voto se parezca a una normal estadística y reparta personajes de todo tipo en cada distrito postal.

El peor de los males —la epidemia que nos asola— se sitúa en otro plano, uno que pasa inadvertido para quien se aleja del mundo de la representación política. Veamos.

Un ejemplo sencillo puede ayudar a aclararlo. Para pilotar una nave —barco, avión o autobús— se necesita pasar por unos trámites habilitadores y así obtener una acreditación. Qué decir del cirujano, del arquitecto, del electricista homologado... Y, sin embargo, para elegir a los representantes políticos basta con poseer la nacionalidad española, ser mayor de dieciocho años y estar inscrito en el censo.[37] Nada que permita acreditar que quien deposita el voto está mínimamente capacitado para hacerlo.

¿Y los conocimientos básicos de nuestra historia, de economía, de lógica y de ética? ¿Y la obligación moral de elegir a los mejores? (De los que ya hablaremos, por cierto, en el apartado «Mentira como norma y cultura del parecer»).

Para elegir a los pilotos del Estado basta con estar vivo. O, desde una perspectiva más tétrica, basta con no haberse muerto.

Da pereza meterse en este jardín, ¿verdad? El problema es que es el nuestro, y si no lo cuidamos, la mala hierba crecerá hasta taparnos la puerta.

Algo tan sagrado e importante como decidir quién nos representará no debiera entregarse a cualquiera. La falta de criterio en nuestra sociedad es sobrecogedora, el grito, la consigna y el panfleto tienen más fuerza que cualquier razonamiento, por profundo que sea.

Los electores ya no deliberan: consumen. Consumen candidatos como si fueran productos de temporada, adornados con el envoltorio del marketing político —tan mediocre como el comercial, pero con mucho más en juego—.

Además, y guiados por su particular egoísmo, solo elegirán aquello que les prometa una satisfacción inmediata. Pensar en lo común, ¡qué desgana! Que se ocupen otros: el Ejército, la Guardia Civil, la Policía Nacional. Para eso les pagan.

Tristeza y vergüenza para todos nosotros, que hemos delegado en terceros el deber de proteger lo que es de todos.

Ya lo advirtió Ortega y Gasset hace casi un siglo: cuando el hombre-masa, satisfecho e ignorante de sí mismo, se siente con derecho a opinar de todo sin comprender nada, la democracia se convierte en espectáculo. No gobiernan las ideas, sino las emociones; no se buscan soluciones, sino aplausos.

Y si no me cree, encienda el televisor, observe el Congreso en plena «faena» y comprobará que no exagero. El resultado no es la soberanía del pueblo, sino la tiranía de la opinión: la tiranía de la falta de ética y de la falta de vergüenza.

Las redes sociales actúan como su extensión natural; los sondeos, como oráculos interesados. En manos del gobierno de turno se convierten en herramientas de manipulación emocional que impactan una y otra vez en cabezas cada vez menos pensantes.

El criterio —hijo de la sabiduría— nace del carácter y de la competencia.

El carácter surge de la integridad, de la responsabilidad y de la rectitud moral del individuo. La competencia emana de su conocimiento político y del afán por trabajar por lo común. Pero, los programas, lo racional, quedan ahora opacados bajo la máscara del carisma, los fuegos de artificio del escándalo —real o inventado—.

Otro escenario, pero siempre el mismo guion: la razón disminuida en detrimento de la emoción.

El debate ya no razona: exclama, golpea, sobreactúa. No busca la mejor respuesta, sino dejar al adversario en la lona. La argumentación, avergonzada ante tanto zasca malintencionado y ocurrente.

El debate ya no busca la verdad: busca entretenimiento. El que aspira a dejar al adversario con la boca abierta, como el Papamoscas de la Catedral de Burgos al marcar las horas.[38]

Cerrada la boca —cual Papamoscas— y perdido el votante en sus diatribas, dirijamos ahora nuestros pasos hacia el desempeño político, ese que se adorna con comités inexistentes o inútiles, destinados a justificar decisiones tomadas de antemano.

Consejos de expertos que nadie escucha

Imagínese al jefe tribal invocando al hechicero para justificar su decisión y determinar qué cabe hacer. No importa si está o no avalado por la razón: es magia, pura magia. Pues exactamente lo mismo ocurre con la mayoría de los expertos consejeros tras los que se parapetan algunos de nuestros gobernantes.

El ciudadano tontocrático —Papamoscas constante, siempre con la boca abierta— se traga cuanto le echen, aturdido por un mandatario que en la rueda de prensa proclama: «El consejo de expertos recomienda...». O que, si quiere quitarse de en medio con igual eficacia, nombra a un experto —el mago de la tribu tontocrática— como altavoz de lo que le conviene que diga.

El político que así actúa, manipulador, denigra el sentido de lo público. El experto, instrumentalizado y falto de carácter en atención a alguna prebenda presente o futura—, se convierte en un paria de sí mismo. Obrando por puro interés, abandona su dignidad en el cuarto trasero.

De nuevo, el arte de la simulación. Si el comité existe y su dictamen se aparta de sus intereses políticos, será ignorado. De no existir, basta con poner voz interesada a un diagnóstico imaginario y el asunto queda resuelto.

Una y otra vez —da igual el escenario en que se desenvuelva la escena—, la mentira, la simulación y la apariencia se imponen sobre lo razonable, sobre lo adecuado para resolver los entresijos de la comunidad.

De lo común. De la nación.

En lugar del «Todo por la patria» de los recintos militares, se nos invoca con otro lema que viene a decir: «Todo por tu bien», que no es otro que el hecho de que yo continúe en el poder, porque si vienen otros… Apelar al término «vergüenza» ya no basta; quizá «asco» describa mejor la cuestión.

Muchos políticos —y gobernantes—, siempre atentos a lo estratégico —para ellos, claro—, se especializan en hacer que hacen y en aparentar que se interesan por los demás. En realidad, engañan en lo estratégico: el ciudadano no recibe nada. Simulan en lo ejecutivo, porque para el votante —y para el que no lo es— todo son dificultades. Y sus ropajes de líderes yacen en el suelo, muertos de risa ante tanta impostura.

Al definir un problema inexistente, obligan a convivir con dos: el verdadero, que sigue incordiando, y el inventado, que consume recursos y energías que no llevan a ningún lado.

No es lo mismo sentirse apesadumbrado un domingo por la tarde ante el ambiente laboral del lunes que estar realmente deprimido. Si fuera lo primero, acudir al psiquiatra en lugar de cambiar de trabajo sería errar el diagnóstico y añadir a los problemas laborales los de salud.

El resultado: se consume tiempo y energía en la consulta, mientras se convive con una situación laboral indeseada —el auténtico problema—. De manera similar, el mal político que confunde síntomas con causas, receta terapias inútiles que solo agravan los males reales, añadiéndoles otros nuevos que tienen su origen en él.

Las razones electorales lo son todo. Si conviene presentarse como adalides del cambio climático, se enfunda el traje verde —el del cambio climático— y asunto resuelto. Da igual que la comunidad científica aún conserve discrepancias sobre ritmos y causas; lo importante es posar para la foto con el traje adecuado, no el fondo.

Que las centrales nucleares tienen mala prensa y ahora «molan» más las energías renovables, más de lo mismo: traje de «no, gracias» y a otra cosa. Si mañana se hiciera masiva la compra de vehículos eléctricos, ya veríamos de dónde saldría la electricidad necesaria para alimentarlos.

La mayoría de los políticos no lideran la ola, se limitan a surfearla. Si la marea populista dice «hacia allá», cogen la tabla de surf y fingen dirigir el rumbo.

Siempre el engaño. La finta deportiva que insinúa movimiento por un lado para escapar por el otro. Engaño y aprovechamiento: el aprovechamiento del éxito, en términos castrenses. Y si no, pregúnteselo al que se atribuye la victoria sobre el terrorismo cuando este desaparece, olvidando todo el trabajo previo que lo hizo posible.

Como me decía un antiguo jefe: «Santiago, puedes estar empujando una pared durante diez años sin que ceda, y el día que dejas de hacerlo, viene otro, la toca, se cae... y se lleva el mérito».

En eso consiste, en muchos casos, la expertise política en apropiarse de los resultados conseguidos gracias al esfuerzo predecesor —variante pull, que siempre tira y se apropia de lo anterior, siempre que sea bueno, claro está—, junto con la otra cara de la misma moneda —variante push: «pasa la bola» en forma de deuda, conflictos sociales o desempleo a los siguientes—.

El arte de gobernar, en manos de tanto mediocre interesado, se convierte en el de eludir, disfrazado —cuánto disfraz, por Dios— de virtud pública.

Todo lo anterior ocurre una vez alcanzada la representación política. Pero para llegar a ella antes hay que haberse fajado hasta la extenuación en actos de campaña rebosantes de promesas… vacías y, por tanto, mentirosas, espectáculos de magia circense en los que se venden ilusiones al mejor postor.

Promesas que recuerdan a la letra de «Magical Mystery Tour», de los Beatles: «Vengan, vengan al tour mágico y misterioso. Te está esperando para llevarte lejos […]. Tenemos todo lo que necesitas».[39] En clave electoral, la traducción es sencilla: «Vengan y votenme; tenemos todo lo que deseen».

No queda otra, pues, que adentrarnos en el siguiente apartado: campañas y promesas vacías, donde la mediocridad no solo sobrevive, sino que triunfa sin oposición.

Campañas y promesas vacías.
Cómo triunfa la mediocridad

Tras tanto disfraz virtuoso, el summum de la apariencia política llega a su clímax: la campaña electoral. Ese espectáculo de luces, eslóganes y sonrisas impostadas donde la verdad no importa, se disfraza de ilusión; y la mentira, convertida en mercancía, se vende masivamente. Cada mitin es un black friday de ofertas imposibles de rechazar.

El tontocrático fanatizado no escruta ni razona lo que le dicen, solo espera una palabra, una frase —el contenido no importa— para aplaudir hasta la rabia. Que se vea lo entregado que está a la causa. La política es ya un puro show business: se llena de promesas que no buscan transformar la realidad, sino seducir al votante hastiado.

Al hooligan de la política, en cambio, todo le vale: a ese no cabe seducirlo, solo recordarle que debe ir a votar —no ocurra que se quede en su domicilio por pura comodidad—, halagarle el oído y reafirmar sus prejuicios.

Todo está calculado: el gesto, el encuadre, el silencio estratégico. No se trata de convencer, sino de remover; no de proponer, sino de prometer. Y, al final, lo único que cambia es el decorado del escenario: los actores son los mismos, aunque hayan aprendido a decir las mismas mentiras con distinta entonación.

Y, sin embargo, entre tanto ruido, aún quedan quienes escuchan, quienes, en el fondo, no esperan promesas, sino certezas. Pero su voz se apaga —y se ignora— bajo la sobreactuación y los focos del espectáculo, donde no hay lugar para el pensamiento tranquilo ni para la realidad que incomoda.

La verdad, de nuevo arrinconada: la mentira endiosada hasta decir basta. Explicar medidas necesarias pero impopulares no está permitido: se perderían adeptos para la causa. Y como el juego mentiroso sigue siendo «un hombre, un voto», no queda otra. ¡A jugar! Y, en la mayoría de los casos, a engañar.

No siempre fue así. Hubo un tiempo —no tan lejano— en que la palabra «verdad» aún orientaba la acción política. Hoy parece un término demodé, casi vergonzante, como si recordarlo implicara una ingenuidad impropia del siglo XXI.

El discurso político se ha banalizado: frases hechas y cortas, lemas vacíos. Al fin y al cabo, se nutre de los mismos principios que el marketing comercial, dirigido a cerebros escasos de juicio. La simplificación de los mensajes no es tanto causa —que persigue llegar al máximo número de «clientes más que votantes»— como consecuencia de la falta de preparación y fuste de la mayoría de los políticos.

No se pueden construir discursos sólidos, profundos y sustentados en conocimiento cuando las mentes que los articulan no dan para ello. Haga una rueda mental de reconocimiento de los políticos del Gobierno —como si se encontrara en dependencias policiales, buscando al culpable— y pregúntese: ¿cuántos de ellos resistirían un debate con quienes hicieron posible la Transición? Ninguno o casi ninguno, ¿verdad? Pues eso, sin materia gris, el discurso político se derrumba y se convierte en banalidad.

Y así, entre la emoción sin ideas y el ruido sin sustancia, llega el turno del debate, ese simulacro de ágora donde la ideología ya no se piensa, sino que se vocifera.

Se escupen lemas y palabrería barata —al ritmo que marcan los asesores—, cual sofistas centrados en qué decir y cómo decirlo. No se muestran como auténticos socráticos, a la búsqueda del desarrollo intelectual, moral y espiritual de la comunidad.

El viejo espíritu del ágora, donde se buscaba el bien común a través de la palabra razonada, ha muerto de sobredosis de eslóganes. Y su tumba es el plató televisivo, allí donde la teatralización ha sustituido a la razón.

Lo de menos es la verdad; lo de más, salir elegido. «Ande yo caliente, ríase la gente».

Incapaces de acudir a la sustancia y a la razón, no les queda otra que excitar emocionalmente al público. Y ahí surge un tipo de espécimen tontocrático y deslenguado que habla, habla y vuelve a hablar y que, en los debates, no deja argumentar al oponente, lo que la masa mediocre interpreta como sinónimo de tener razón.

Se trata de un curioso oxímoron: se toma por razón la emocionalidad grosera y desbocada del candidato o del tertuliano político, que, sin ser político, en realidad también lo es. Otro oxímoron.

Asistimos al triunfo de lo mediático sobre la razón y el conocimiento. Tal es así que haber plagiado una tesis doctoral se tiene por más importante y trascendente que haberla escrito. «¡Qué listo y espabilado!», dirán sus feligreses. Se valora más la astucia sin sustancia que la sustancia con armadura moral. Lo ético no está de moda; la pillería y la golfería, sí. Y así vamos.

Derivado de todo lo anterior, el núcleo del mensaje que trasladar a la parroquia —como debe aparecer en las noticias de televisión— se tiene que condensar en un titular, en un mensaje —mensajito, más bien— que no dure más de quince segundos. Sí, sí, quince segundos.

Así, la música, los reels, las noticias —incluso los mensajes entre iguales— se reducen a pedazos de realidad de no más de quince segundos. ¿Cómo hubiera podido progresar el ser humano con teorías, obras o investigaciones… de quince segundos? La banalidad nos ha atrapado. Pero no se preocupe, la realidad de lo que la vida es nos devolverá la razón. ¿Que no le gusta la gravedad? Aguántase, no hay otra.

Así concluye por ahora la puesta en escena: entre vítores, aplausos y promesas huérfanas de logro. Pero cuando se apagan los focos y el escenario reposa, lo que queda es un país que sigue esperando a ser gobernado con inteligencia y decencia. Quizá ese sea el mayor de los milagros… por ahora.

Finalizada pues la campaña y elegido el político de turno, llega el momento de la verdad: el del desempeño político. ¿De qué artes se valen estos «defensores de la libertad y de la democracia»? ¿Hasta qué punto la cultura del parecer se ha adueñado de sus actos y de sus preocupaciones? ¿Estamos, por fin, en el reinado de la apariencia? Centrémonos en el siguiente acto… y veamos hasta dónde llega la farsa.

SÍNTOMAS EN EL DESEMPEÑO POLÍTICO

Mentira como norma y cultura del parecer

Los elegidos para representar al ciudadano alcanzan su máxima expresión cuando se convierten en poder que ejecuta: el Ejecutivo en sus distintas versiones —Gobierno de la Nación, autonomías, alcaldías—. Es el momento de la verdad, el instante en que las palabras se enfrentan a los hechos.

Ya no basta con predicar lo que se haría desde la oposición o desde el mitin electoral, aunque muchos, incluso en el poder, siguen actuando como si aún permanecieran en esa etapa previa y potencial. Piénselo, reflexione y comprobará que no exagero.

Ha llegado, por fin, el momento de pasar de la palabra a la acción y, de no hacerlo, el verbo se traducirá en pura palabrería.

El político profesional —distinto del sobrevenido que, cumplido su periplo, retorna a su antigua profesión— se lanza a la aventura de gobernar, pertrechado con unos cuantos trucos de magia y artes escénicas, con los que aparenta preocuparse por los demás y sus problemas. En realidad, a muchos de ellos solo les inquieta su presente y su futuro particulares.

Tiempo atrás, los más ancianos del lugar dirían: «No saben hacer ni la “o” con un canuto». Hoy, muchos no saben siquiera lo que es un canuto, como para saber lo que es una «o». No hay nada como la hipérbole para hacer más visible una idea. ¿O acaso piensa usted que exagero demasiado?

Veamos, pues, de qué tipo de ilusionismo se valen para que la mentira y la apariencia lo envuelvan todo. Así, perplejo el personal, pueden salir indemnes de tanto desatino y nulidad.

Sustitución de problemas

A veces, «reconocen» un problema —de forma equivocada y con malicia— para no enfrentarse al subyacente, la auténtica causa del desajuste, que resulta de más difícil solución.

El acceso a la vivienda de alquiler en muchos países lo ilustra debidamente. Déficit de oferta y precios escandalosos. Pero en lugar de abordar el origen real del desequilibrio, se dictan leyes que topan lo que debe pagar el inquilino y, asunto resuelto… al menos en apariencia. Así, la causa estructural sigue intacta.

En términos de salud biológica es como bajar la fiebre del paciente sin atender las causas que la originan. Política de termómetro de síntoma, no de cura.

Resolver la cuestión de fondo no resulta «apetitoso», electoralmente hablando, si el éxito no puede capitalizarse durante «el propio reinado». Las bondades de tan sonoro logro las disfrutaría el gobierno sucesor. Y claro está, eso no interesa: la mayoría de nuestros representantes, velando solo por su propio ombligo, desechan toda labor que no redunde directamente en ellos. Todo un hallazgo en la manipulación de lo público… o quizá simple ignorancia interesada. Porque los de la «o» con un canuto» siguen ahí.

Legalizar lo inmoral

En otras ocasiones, el truco consiste en modificar las reglas del juego. Ante la dificultad de embridar conductas inapropiadas, se aprueban leyes que las legalizan y, voilà, asunto finiquitado.

Se justifica la ocupación de viviendas por determinados colectivos calificados de vulnerables y, voilà de nuevo, ya no son okupas. A la vulneración de la propiedad privada se une, además, la desazón del propietario, que ve cómo su condición ha mutado en la de la víctima y sospechoso moral.

La crítica aquí no pretende ignorar la situación de vulnerabilidad social de algunos colectivos —algo que correspondería enmendar a la clase política desde lo público, no dando traslado hipócrita a los particulares—, sino evidenciar cómo la política puede manipular la ley para resolver la apariencia del problema más que su esencia.

El político, en el poder, satisfecho con su hazaña y su engaño; el okupa, justificado en su ilegalidad; y el propietario, convertido en sucio capitalista explotador.

Y no olvidemos el derroche de recursos económicos camuflado bajo el disfraz de «gasto social», o la corrupción justificada como un mal menor para no tener que renunciar al sueño de seguir gobernando, aun en minoría.

Sería algo así como que, para reducir los índices de criminalidad, se legalizara el crimen; con lo cual, la sociedad, por fin, viviría libre de crímenes. ¿Problemas con el exceso de velocidad? Se eliminan los límites y ya nadie los infringe. Permítame la licencia y no se escandalice, por favor.

Desplazamiento de responsabilidad

Aquí la maniobra consiste en culpar a terceros o al «sistema» para eximirse de la propia responsabilidad. Los problemas complejos se delegan, se externalizan o se ocultan, siempre evitando asumir las consecuencias. Mientras tanto, la política mal entendida sigue creando la ilusión de acción, de preocupación, de control. Todo es pura apariencia.

Se oculta la propia inacción agrandando la de los demás y parapetándose tras ella. Se confunde la cercanía física del político, al que se culpa por su directa responsabilidad, cuando la mayor parte del tiempo pretende ocultarse en la distancia. No se deje engatusar con este juego de trilero más que de magos.

Piense, por ejemplo, en una huelga del personal de limpieza o de seguridad en un aeropuerto. La mirada de una mente escasa y mal construida prefiere ver el dedo que señala la luna —el director del aeropuerto— y no el objeto señalado y centro del desaguisado: el órgano de contratación, instalado en instancias superiores, permanece lejos de los focos y en prudente silencio… no vaya a ser que alguien levante la mirada y descubra su falta de inocencia.

Ser capaz de captar la esencia de la cuestión supone «no estar a la luna de Valencia»,[40] sino atento a ella, y saber distinguir quién es quién, quién hace qué y a quién le corresponde hacerlo.

Presentar solo la parte interesada de los datos

En este caso, la maniobra se ejecuta con total sutileza. Se exhiben y argumentan solo los datos que refuerzan el discurso del Gobierno, mientras se ocultan aquellos que dejarían en evidencia el desastre que han provocado sus políticas.

Regresemos al ejemplo de los precios de alquiler topados. Tras un plazo más o menos prolongado de haber implantado la limitación bajo una denominación ad hoc —«zona tensionada», por ejemplo—, y ante un aluvión de críticas por la contumaz escasez de inmuebles disponibles, se convoca una rueda de prensa al efecto. El político —en este caso, hipócrita de condición— se parapeta tras su atril y pontifica: «Se ha demostrado la eficacia de nuestra política de precios; hemos puesto freno a la subida de las rentas. Los ciudadanos son y serán siempre el centro de nuestros desvelos».

Muchos feligreses, opacados y de escaso entendimiento, aplaudirán con fervor. Se cierra el acto y no se admiten preguntas —no vaya a ser que surjan dificultades—, de modo que no cabe entrar en ninguna otra consideración que no sean sus aseveraciones axiomáticas.

La verdad, como la ladera norte de una montaña, permanece eternamente en la sombra y jamás recibe los rayos del sol. En este caso, esa cara oculta al sol tiene por nombre la huida masiva de viviendas del mercado de alquiler hacia el de compraventa.

Solo interesa la simulación del escenario; lo que ocurra en la trastienda —y lo que saque en claro el espectador— es lo de menos. Aunque, para qué engañarnos, mejor si no se entera de qué va la obra.

Victimización y descalificación

En esta ocasión, el subterfugio empleado consiste en mostrarse doliente y perseguido por la actitud de un rival que, precisamente por ello, merece ser descalificado. Así, ante la pregunta incómoda o la afirmación comprometedorа, se alegará: «Yo no respondo ante aseveraciones o difamaciones de personajes como usted, que lo único que hacen es desmerecer su condición de periodista o de “leal” oposición».

Fíjese en la argucia: «leal oposición», porque, según su lógica, solo sería leal quien le diera la razón.

Otra técnica, dentro de la misma variante interpretativa, consiste en acusar al oponente político del propio comportamiento. La escena puede derivar de dos formas: neutralizar lo que se anticipa que el otro va a argumentar, adelantándose a su interpelación, o replicar a la acusación previa recibida. En el fondo, de lo que se trata es de victimizarse ante un supuesto comportamiento desleal del rival político.

La verdad no importa; el arte de estar a flote como el corcho, sí. El sofista moderno ha cambiado el ágora por el escaño, pero no su esencia.

Promesas imposibles

Otra de sus recurrentes travesuras consiste en prometer lo imposible, aquello que cualquiera, provisto de papel, lápiz, una calculadora elemental y algo de materia gris en la cabeza sería capaz de descartar por inviable.

Da igual si se trata de animar la compra masiva de vehículos eléctricos o de anunciar la construcción de miles de viviendas en uno o dos ejercicios económicos, el engaño masivo funciona porque muchos de los aludidos son incapaces de hacer un mínimo cálculo o una consideración sensata.

Vamos a ver, alma de cántaro, ¿de dónde saldría la potencia eléctrica necesaria para alimentar el parque de vehículos en

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cuestión? ¿Y dónde se instalarían los cargadores para atender la demanda de los coches que duermen a la intemperie en las grandes ciudades? ¿Y el plazo, la mano de obra, los terrenos para hacer posible la construcción de tanta vivienda? Dejémoslo; se podría ahondar en más consideraciones, pero no es ese el propósito de estas líneas.

Las soluciones milagro en campaña —o en periodo de gobierno, porque hoy se vive en campaña permanente— me recuerdan la promesa de un presidente de empresa que tuve, quien ofreció compartir, con unos pocos de sus ejecutivos —entre los que me encontraba— los beneficios de una salida a bolsa como reconocimiento a nuestra dedicación y esfuerzo.

Años más tarde, cambié de empresa, el resto también lo hizo o se jubiló, y nadie recibió nada de una salida a bolsa que nunca se produjo.

Nuevo «tururú...».

Dirijamos ahora nuestros pasos hacia otra de sus jugadas maestras: la aclimatación pausada. El «síndrome de la rana» o la ventana de Overton.[41]

Normalización gradual

Otra de las astucias de las que se valen muchos de nuestros representantes consiste en acomodar al ciudadano de forma gradual a una nueva situación. Primero, el globo sonda; después alguna declaración, un desmentido y, finalmente, el desmentido del desmentido, hasta conseguir que el ciudadano, perplejo, se encuentre con una actuación de menor impacto que la inicialmente anunciada…, pero con impacto, al fin y al cabo.

Se trata de emular el comportamiento de la rana en su famoso «síndrome», del que ya hemos hablado y por el que este anfibio de piel húmeda se aclimatará en un agua progresivamente caliente hasta morir.

Un ejemplo de esta estrategia se produce cuando se anuncia que las retenciones en nómina podrían incrementarse un 15 por ciento el siguiente ejercicio y entonces se desmiente: «Es algo que está en fase de estudio». Luego, se matiza: «Esperamos incrementarlas en menor cuantía que la propuesta inicial». Finalmente, el incremento se queda en un 7 por ciento, y la rana —usted, yo, todos— herida, pierde su presencia de ánimo…, y con ella, su vida fiscal.

Y mientras la rana ya «conoce» su destino, algunos de nuestros políticos más avezados preparan el siguiente acto: la distracción mediática.

Distracción mediática

Una de las maniobras más habituales de todo buen político oportunista consiste en sepultar su propio escándalo bajo el ajeno o bajo cualquier otro acontecimiento de actualidad que le sirva de refugio. Se pretende que las conversaciones de los ciudadanos —incapaces de elevar la mirada más allá del titular— giren en torno a un tema de candente actualidad que opaque su desventura.

¿Hay algún caso de corrupción en el candelero? Búsquese una noticia, no importa cuál, con la que ofrecer un cebo distractor: un terremoto, una guerra que de repente se vuelve más inhumana y descarnada, la persecución de una minoría étnica. En fin, cualquier excusa se considera válida y justificada con tal de mantener entretenido al personal.

Antes de entrar a desgranar algunos registros todavía no tratados en este «noble» arte de la apariencia y el engaño, conviene retrotraer nuestra mirada a los inicios de este capítulo y preguntarnos: ¿dónde queda el político estratega, que debería mejorar la máquina del Estado; el político ejecutivo, que debería procurar que el ciudadano entre en sinergia con esa máquina, y el político líder, preocupado por el desarrollo de los demás y no solo por su propia supervivencia?

La respuesta es demoledora: tristeza, desilusión, frustración y vergüenza. El ciudadano que aún conserva un ápice de cordura no sabe a cuál de esos sentimientos aferrarse.

Pero no abandone la lectura: aún quedan registros tan o más lamentables y vergonzosos que muestran hasta dónde puede llegar tanta impostura.

Adentrémonos, pues, en el reinado de la apariencia.

El reinado de la apariencia

Pero no piense usted que, con los registros anteriores, queda todo dicho. A continuación, esbozaremos algunos más, en el convencimiento de que resulta prácticamente imposible acotar la infinita variedad de añagazas, fintas, simulaciones y mentiras que muchos de estos trileros son capaces de desplegar.

Es lo que tiene la política como forma de vida y no como forma de dar curso al ideal de servicio a los demás: en la primera, se vive de ella y por ella; en la segunda, se vive en ese ideal, se esté o no en política. Quien sirve a los demás en su condición sobrevenida la seguirá haciendo allí donde quiera que vaya, también cuando deje de ostentar representación.

Vayamos, pues, a la primera de las artes de este apartado: la negación del problema.

Negación del problema

Quizá sea esta el arte escénica más antigua: negar la existencia del inconveniente para evitar la obligación de ponerle remedio. Para muchos, esta es una práctica que quedó circunscrita a su niñez: «Ponte el abrigo», «Estudia…», dice la madre —o el padre, no se me vayan a ofender—; y el niño responde: «No tengo frío» o «Ya me lo sé». Y así elimina de raíz la necesidad de actuar. Sin problema, ¿para qué buscar solución?

Una variante consiste en no negar el problema, sino en reducirlo hasta hacerlo prácticamente inexistente. Veamos: el fenómeno de la ocupación, por ejemplo, puede pasar de negarse a reconocerse, pero se refiere a un porcentaje tan bajo que no cabe otra cosa sino considerarlo, como en la teoría de errores, pequeño y despreciable.[42]

Pero con e minimizando el problema casi hasta la nada, no se agotan las artimañas. El trilero que lo es y goza de escaño aún guarda más conejos en su chistera. Así llegamos al eufemismo: nada como no ser preciso en lo que se quiere decir para acabar diciendo lo que no es. El eufemismo, ese engañabobos que tanto reluce en sus discursos.

El eufemismo como engañabobos

El eufemismo es uno de los recursos predilectos de estos «mentalistas» de verbo engañoso: permite anunciar sin alarmar y, además, librarse de que se los acuse, a posteriori, de no haber anticipado lo que se venía. Cuestión distinta es que el ciudadano con pasaporte tontocrático no sea capaz de discernir el futuro que le espera.

Veamos un ejemplo, aunque este sea más propio del mundo empresarial. Cuando, tras una opa o adquisición, una organización anuncia que capturará sinergias, échese a temblar: es una forma oculta y elegante de adelantar que lo que hacían tres personas se seguirá haciendo, pero ahora con dos. Luego sobra una.

Sin embargo, evite toda preocupación: el término «sinergia» lo suaviza todo y, gracias a él, hasta su despido puede resultar de lo más «gratificante». Obsérvese la guasa del comentario.

El buen intérprete de este registro político jamás hablará de recortes en sanidad, educación o servicios públicos. Su discurso apelará a la necesidad —vamos, que va obligado a ello como quien necesita respirar para seguir llevando su vida adelante— de un «ajuste estructural».

En su mudo y vocabulario evitará el uso de los términos «crisis» o «recesión» porque no son elegantes y resultan chabacanos a ojos de esta élite de magos. Nada como «desaceleración económica». Como también es preferible «reasignación de recursos» en lugar de recorte presupuestario; «reestructuración de personal» para evitar el término «despido», «intervención humanitaria» para justificar la invasión militar de turno.

Y, en la cima de la tomadura de pelo, no diga usted que ha decrecido cuando podría emplear un concepto más elegante y críptico: «crecimiento negativo». ¡Olé, olé y olé!

Así, el frío, en términos de la ciencia física, ya no es la ausencia de calor, sino crecimiento negativo del calor. No lo extrapole a su hijo en fase de crecimiento físico, porque acabaría transitando por debajo del suelo y proyectando su sombra en el techo, o sea, en la otra cara del actual suelo. Maravilloso.

Con tanto eufemismo parece que la vida se pone fácil y cuesta abajo. Ante cualquier problema, búsquese uno y asunto finiquitado. El ciudadano tontolaba, con este discurso, no camina ni se fatiga, simplemente levita y se desplaza con una sonrisa a lomos de su supina estupidez. Adelante con los faroles. Esto sí es el no va más de la tontuna colectiva que nos acompaña.

Y, sin embargo, aún queda un arte más depurado: el de la sobrerreacción teatral.

Pero si de lo que se trata es de actuar, entonces sobreactuemos, no se quede corto a la hora de ensalzar la mediocridad, para que quede sepultada bajo tantas luces y aspavientos.

Sobrerreacción teatral

En el mitin, comité o reunión de incondicionales, se trata de aturdir, de elevar la mediocridad hasta el paroxismo y, por ende, dejar atónito al personal. La escena se rodea de todo tipo de boato: se invita a algún personaje de renombre dispuesto a la comedia y se cursa invitación con cuidado detallado —si se apunta al corazón de su ego, estará ganado para la causa.

A partir de ahí, con un público entregado, nada se les podrá resistir. Tal es así que, si alguien ajeno al acto se dejara ver por allí, se sentiría completamente abrumado. Pensaría: «¿Cómo puede este gentío aplaudir tanta chorrada?». Mirará a unos, a otros y terminará concluyendo: «Aquel en el que sobra y está equivocado soy yo».

Y así, entre vítores y palmadas en el hombro, la mediocridad se disfraza de éxito y la feligresía, encantada, confunde el ruido con el logro.

Sin embargo, la sobreactuación también se vale de otro tipo de filigranas que no se pueden obviar. Por ejemplo, se anuncia con tono grave y medido el cese de un político —más colega que otra cosa— al que, por su mala suerte, le toca asumir las nefastas consecuencias de un problema que todos conocían y que todos simulaban ignorar.

Conclusión: hay que «brindar» la cabeza del político en desgracia a un público expectante, y en esa cruel lotería le ha tocado a él. El presidente, ministro, director general o quien sea se sirve del ardid —más que cese— para ponerles estupendo ante los demás. Problema zanjado.

Pero no sufra, no se preocupe, dentro de poco el cesado aparecerá por arte de magia en otra posición dentro del marco nacional o europeo para que se cobre los servicios prestados a la causa. Su sacrificio nunca es en vano.

No obstante, cuando el problema ha escalado en la preocupación social, se requiere una acción concreta que simule solución, aunque no sea más que otro conejo en la chistera. Y ahí entran en escena los comités de pega.

Comités de pega

Se crean o se finge crear comités de expertos para justificar decisiones ya tomadas. En ellos estudian la solución de un problema cuyo dictamen conocen de antemano; o bien sirven para revestir de rigor decisiones futuras que ya han sido adoptadas —pero que han de disfrazarse con el mejor de los ropajes—, o para que el altavoz del comité mentiroso funcione a modo de papel secante y absorba para sí toda la crítica que debía corresponder al político en cuestión.

Sí, ya sé que el lector avezado podrá decir que también hay comités que cumplen su función, y es verdad, pero aquí solo se está reflejando un tipo de juego que resulta ser, a modo de póquer mentiroso, una variante cuyo único objetivo es mentir, como estos comités de pega.

En todo caso y como pausa conceptual, conviene resaltar que el conocimiento en el ser humano no es la máxima expresión de lo que puede llegar a ser; el conocimiento adorna el carácter, pero no lo sustituye. ¿De qué sirve si termina siempre supeditado a lo conveniente en términos políticos y electorales? La conveniencia y la mentira no pueden ser su guía, pero en los comités de pega, sí.

El miedo a la verdad puede tratar de cobijarse ante un grupo de mentes preparadas, pero sin ética ni coraje; o puede ser otra de las artes en las que se desempeña el político oportunista. Al grito de que «viene el lobo» logrará persuadir, apelando al miedo de una ciudadanía que no tiene otra expectativa que la cervecita —usted ya sabe, no es lo mismo tomar una cerveza que una cervеcita—, la tapa correspondiente y un fin de semana rebosante de actividades lúdicas. Trabajar la mente. ¿Para qué esforzarse en pensar si el entretenimiento basta para anestesiar cualquier inquietud?

Y el terror a perder esa nada vital, ese discurrir por la vida en una huida constante hacia ninguna parte, es lo que da fuerza a la siguiente artimaña: la apelación al miedo, esa estrategia que consiste en exagerar amenazas para justificar medidas impopulares o directamente autoritarias.

Apelación al miedo

En el colmo de la falta de autoridad aparece la hipocresía de quien se dice preocupado por su grey: «No tomaría esa medida si no fuera porque, preocupado por vosotros, no tengo más remedio que hacerlo». Así se cubren dos frentes: aparentar preocupación por los demás y justificar una medida que, en otros términos, resultaría difícil de sacar adelante. La hipocresía al poder.

Tomemos un ejemplo de la realidad que nos rodea. Las fake news siempre han existido, pero con las redes han adquirido una mayor dimensión. Eso sirve de excusa al político para intentar controlar los medios que, sin alertarlas, se ven sometidos a su escrutinio. La táctica es elemental: «Nosotros no lo haríamos, pero los ciudadanos con pasaporte tontocrático pueden ver amenazado su juicio por tan cruda realidad».

«No peleamos por nosotros, lo hacemos por vosotros, por vuestra seguridad y libertad». Una vez armado el argumentario del miedo, no queda otra que aplicarlo. Y lo que vale para las fake news vale también para el intento de limitar —y, a medio plazo, eliminar— las transacciones económicas en efectivo.

Bajo la excusa de proteger al ciudadano de los robos por ausencia del dinero físico —mientras el hurto digital se ignora, como si no formara parte del problema (el puro arte del disimulo)—, de reducir la economía sumergida o de impulsar la eficiencia y la modernización, lo intoxican con el pavor que deberían reservar para su propio afán de control, que es el único peligro cierto en toda esta historia.

Y cuando la denuncia en forma de opinión o noticia resulta incómoda y no gusta, no hay nada como atacar al mensajero

otro de los deportes preferidos de esta aristocracia de salón.

Ataque al mensajero

En general, hay tres formas de enfrentar una crítica política fundamentada: asumir que la otra parte tiene razón, reconocerlo y enmendar la situación —la razón y la ética como bandera— o, cuando entra en juego el político mediocre, optar por una de estas dos variantes: la primera: «hacerse el sueco», si el asunto no fuera con él, desviando la atención hacia otra cuestión que nada tiene que ver; la segunda: atacar al mensajero valiéndose de la falacia ad hominem para descalificar al denunciante en lugar de refutar su argumento.

No hace falta escrutar demasiado la memoria para recordar escenas en las que un político descalifica al periodista que le incomoda con una pregunta y así evita responderla. O en el Congreso, cuando el supuesto debate degenera en una retahíla de descalificaciones personales en lugar de en discusiones razonadas.

Como puede observar el lector nada de esto se ajusta a ninguno de los tres roles que un buen político debería asumir: ni estratega, ni ejecutivo, ni líder. Solo se corresponde a una lucha barriobajera y tabernaria.

La política, finalmente, ha degenerado en una suerte de arte escénica de consumo inmediato: solo existe lo que da rédito hoy. Al igual que en la vida, todos los plazos se han acortado hasta el extremo. Se vive en y para el instante.

No hace mucho, la prudencia aconsejaba contener el disfrute y el gasto, evitar el derroche inmediato a borbotones y hacerlo reflexivo: ser comedidos en el presente para ganar un futuro mejor. Hoy, los papeles se han invertido: disfrutemos y derrochemos ahora, que nadie sabe qué nos deparará el futuro. ¿Por qué en la vida pública iba a ser distinto? ¿Para qué hablar de planes y mejoras a cinco o seis años vista si posiblemente serán otros quienes se beneficien de ellas?

La política, como la vida misma, se ha empapado del yoísmo. Los demás no existen; el rival político de ayer es el enemigo de hoy, y no puede haber trato posible.

La vida en las trincheras es así: los de allí y los de aquí, los de este y los del otro lado. El «nosotros» queda destruido. Solo se construye para los propios, en una actitud mafiosa que se mueve por valores como la disciplina y lealtad al partido; el trabajo y la dedicación esforzada a la consigna partidista, traducidos en una suerte de «virtudes» políticas y ciudadanas que no se reconocen guiadas por ningún principio ético sólido.

Como señala Covey:

Las leyes naturales (como la gravedad) y los principios (como el respeto, la honestidad, la amabilidad, la integridad, el servicio y la justicia) controlan las consecuencias de nuestras elecciones […] los valores son normas sociales: son algo personal, emocional, subjetivo y discutible. Todos tenemos valores. Hasta los delincuentes los tienen. La pregunta que nos debemos hacer es ¿nuestros valores están basados en principios?[43]

Por ello, cabe plantearse con total seriedad —sí, sí, y digo bien: con seriedad; no valen las medias sonrisas incrédulas ni maliciosas—: ¿y la justicia?, ¿y el bien común?, ¿y la ética?, ¿y el nosotros, como expresión de la voluntad colectiva que debiera animar a todos?

Al reflexionar sobre la carencia de principios, de visión y de responsabilidad colectiva que abruma a nuestra sociedad, resulta inevitable preguntarse: ¿cómo podría la educación revertir esta tendencia?

No basta con criticar al político por lo que debiera ser y no es. El político resulta, en buena medida, un reflejo de lo que somos actualmente como sociedad. Lo que hace años parecía un futurible un tanto desalentador hoy se ha consolidado como nuestra incómoda realidad.

¿Cómo hemos llegado a un presente tan pobre en ética y criterio? ¿Cómo podemos aspirar a un futuro mejor? La educación —ahora más enseñanza que educación— refleja lo que seremos.

El panorama no es demasiado alentador. Las posibilidades de que los ciudadanos se conviertan en palancas de cambio dependen de dos factores fundamentales: la familia y la educación. Preste atención, no he dicho «Estado». Al Estado no le corresponde educar a nuestros hijos. La familia, con sus contradicciones, ya ha sido retratada en el segundo capítulo. La educación, en cambio, aún debe ser tratada.

Para salir del atolladero tontocrático en que nos encontramos, no queda otra que ganarse el futuro formando ciudadanos capaces de pensar, decidir y actuar desde principios y valores sólidos. Fíjese bien: principios y valores; no solo valores.

Los valores delinean la forma en que los individuos deciden alcanzar sus objetivos, reflejan el cómo. Una persona puede mostrarse alegre, simpática, trabajadora, esforzada o leal, entre otras cualidades. Todos ellos son valores.

Pero los valores, por sí solos, no bastan para definir a una persona como buena o justa. Un individuo puede ser leal, esforzado y excelente colaborador de equipo, pero si forma parte de una organización que persigue fines corruptos o ilegales, esos valores no le conferirán la «vitola» de justo.

El concepto y los fines que se persiguen —los principios— determinan la calificación moral del individuo. Los principios responden al «para qué» mientras que los valores se refieren al «cómo». El modo debe estar al servicio de un «para qué» que otorgue sentido ético a lo que hacemos. Atender exclusivamente al resultado, sin considerar la forma en que se ha obtenido, implica en ocasiones violar la ley natural y los principios que sustentan la confianza en los demás. A veces los buenos resultados nacen de prácticas que, aunque exitosas en apariencia, se apartan de lo moralmente correcto.

Y es aquí donde la educación debe entrar en acción y acompañar a las familias en la formación de ciudadanos capaces de aspirar a un futuro mejor. Personas que sean políticos o cualquier otra cosa que decidan ser, guíen la sociedad en busca de la justicia, el bien común y la construcción de un «nosotros» sólido y ético.

Llegados aquí, detengamos nuestro recorrido en la siguiente estación: «Tontocracia en la educación».

5. Tontocracia en la educación:
síntomas de la fábrica de conformistas

Cuando, de nuevo, recuperado el pulso escénico, se levanta el telón, el decorado se presenta inconfundible: un aula. No es casualidad. Es el signo inequívoco de que estamos en la etapa final de nuestro recorrido por las cuatro estaciones previstas en esta introspección.

El aula simboliza (al menos así debería ser) el espacio en el que se forja el carácter, se transmite el conocimiento y se adquieren las competencias necesarias para la vida. Es, junto con la familia y la propia curiosidad, una de las piezas esenciales de nuestro desarrollo personal.

Pero antes de analizar los síntomas de buenismo que acompañan a la enseñanza, resulta imprescindible distinguir entre tres realidades que se suelen confundir —y, a veces, tratar como si fueran sinónimas—: educación, enseñanza y capacitación.

Solo distinguiéndolas podrá entenderse desde dónde empieza a fallar nuestra sociedad y cómo se facilita, sin oposición, el reinado tontocrático. Distinguir no es solo un ejercicio teórico, es un acto obligado de higiene mental sin el cual todo debate sobre educación se convierte en pugna ideológica.

Educación, enseñanza y capacitación: tres planos, una confusión

Durante buena parte del siglo pasado, la universidad, el instituto y la escuela se entendían como una prolongación natural de la familia. La educación era un continuo que unía el hogar con el aula y los maestros recibían, tácitamente, el encargo de colaborar en la educación de los hijos.

Tanto era así que cualquier desencuentro con un docente solía derivar en una severa reprimenda por parte de los padres; no en una reclamación al profesor. En aquella época no hacía falta reivindicar que la educación moral compete a la familia, pues era un hecho asumido por todos que también se educaba en la escuela.

Esta, influida —y mucho— por la Iglesia, no se presentaba tan políticamente ideologizada como ahora. La Iglesia estaba muy presente, sí, pero en la misma medida en que lo estaba en el seno de la sociedad. Por eso el engranaje familia-escuela apenas chirriaba.

Funcionaba. Y todos lo sabían. No porque la situación fuera perfecta, sino porque había un principio rector compartido: se apelaba a la responsabilidad y a la obligación, no al derecho.

Hogaño, sin embargo, cuando el Estado invade espacios que no le corresponden y los engranajes se encuentran faltos de lubricante, nos vemos obligados a recortarlo. Cuando el vector familia-escuela deja de estar alineado, la educación —en su sentido profundo— sigue perteneciendo en exclusiva al ámbito familiar.

La escuela —representante del Estado en este caso—, por noble que sea su misión, no puede reclamar una autoridad moral que no le corresponde si la familia no decide entregársela.

Ahora sí, distingamos entre los tres conceptos:

Educación

La educación se refiere a la formación moral del individuo: a lo que está bien o mal desde un punto de vista ético. Su centro de atención no es el yo particular de cada cual, sino los demás: reconocerlos, respetarlos y preocuparse por ellos está en su esencia.

Es la parte del conocimiento que versa sobre lo especulativo, sobre lo que es correcto hacer y por qué. Su principal vector formativo es el ejemplo y la palabra que consuela, anima, orienta, agradece y perdona.

Enseñanza

La enseñanza es el saber intelectual y emocional; el desarrollo de las diversas capacidades cognitivas y afectivas que anidan en todo ser humano: la comprensión lingüística, el razonamiento lógico-matemático, la percepción espacial, la sensibilidad musical, la destreza corporal, la inteligencia interpersonal e intrapersonal y la atención al entorno natural.[44]

En definitiva, se corresponde con los conocimientos operativos —cómo hacer— y afectivos —la gratificación que se espera obtener del hacer— que permiten comprender el mundo y desenvolverse en él. Sus vectores formativos son la palabra, la explicación y la práctica razonada.

Capacitación

La capacitación es la formación específica orientada a un puesto de trabajo en concreto. No forma la mente ni educa el carácter: entrena habilidades necesarias para un desempeño particular.

Un ejemplo lo aclarará debidamente. Un MBA de raíz humanista procura que sus profesores actúen como referentes de lo que es correcto hacer:

La capacitación —lo estrictamente técnico y propio del puesto— no se imparte en el aula: solo tiene lugar dentro de una empresa específica y en un puesto de trabajo en concreto.

Fuera de ahí, el resto es puro simulacro.

La universidad enseña, no educa

Establecidas las diferencias, desenmascaremos la idea de que en la universidad se educa. En su origen, la universidad no estaba concebida para educar el carácter de su alumnado, sino para transmitir conocimiento, formar el intelecto y entrenar la razón.

En paralelo —y durante siglos— solo un número reducido de personas cursaba estudios superiores. Ese grupo lo formaba una élite social que, cuando acudía a la universidad en busca de conocimiento y razón, ya portaba una base moral sólida: una conciencia previa de lo correcto y lo incorrecto; incluso modales en la forma de relacionarse con los demás y en la manera de «despachar» una comida.

Y claro, el profano asoció «egresado universitario» con «persona educada» y, por extensión, adivinó una relación causa-efecto tan engañosa como inexistente. En este caso, la apariencia no era intencionada, sino fruto de una equivocada percepción de la realidad.

Error monumental.

El engranaje correcto era otro: la familia educaba, la escuela enseñaba y la universidad perfeccionaba la enseñanza. El común de los mortales, sin embargo, interpretaba: la familia hace lo que puede, la escuela enseña y la universidad, además, educa.

Por eso resulta paradójico que todavía se pretenda que la universidad eduque (y adoctrine) cuando ese nunca fue su papel original ni futuro.

La universidad debe emplearse en aquello para lo que fue concebida: conocimiento, intelecto y razón. Lo que no puede es suplir la ausencia de conciencia ética, que compete en exclusiva a la familia.

Intentarlo abre las puertas a un doble fracaso colectivo. Por un lado, si adoctrina, renuncia a su finalidad esencial: transmitir razón y conocimiento. Por otro, los jóvenes terminan recibiendo formación (aunque de eso ya hablaremos más tarde en este capítulo) sin cimientos éticos.

Recuerde: el conocimiento intelectual y emocional faculta, el coraje determina y la ética guía.

Sin ella, todo lo demás se desgobierna y entra en zozobra. Y cuando la ética se quiebra, todo el edificio educativo se convierte en un decorado de cartón piedra a merced de cualquier moda. Así, el proceso formativo es como un caudal principal que recibe los aportes de varios afluentes:

En esos tres «afluentes» empieza todo. Y en ellos comienza a fallar todo.

En la síntesis de estos factores se incardina un proceso que, hoy por hoy, ni educa ni forma; simplemente lanza titulados faltos de preparación, renuentes al esfuerzo, avilestrados porque nadie ha hecho nada para evitarlo, y, en muchos casos, analfabetos funcionales.

Cualquier texto que requiera diez minutos de lectura provoca un alud de preguntas acerca de frases o conceptos que hace solo unos años cualquier alumno de bachillerato habría entendido sin dificultad.

Pero no importa: se repite una y otra vez que disfrutamos de «la juventud más formada de la historia». Pues qué quiere que le diga: tururú. Y un bien sonoro, además.

Si la sociedad es boba y blandita, también lo serán sus políticos (y las políticas que generen) y, por supuesto, sus docentes y órganos de gobierno educativo. No podemos engañarnos evocando un universo paralelo y bucólico donde la enseñanza florece por arte de birlibirloque.[45]

Además, en el reino de la Tontocracia aparece una figura hasta ahora inexplicada en este trabajo: el imbécil. Ese político, docente, directivo intermedio o alto directivo —y también ciudadano— que actúa de manera molesta o irritante, con escasa inteligencia y verborrea abrumadora.

Con él se acabaron las buenas formas, la palabra comedida —fruto de una mente que también lo es— y el vestir apropiado. Ahora, cuanto más vulgar y ordinario, mejor: se tomará por más cercano a un gentío que, en vez de tratar de elevarlo, se limita a imitarlo.

De la reina se ensalzará su «cercanía», no su saber estar ni su disposición a estar siempre donde requiera la institución. Del profesor se celebrará que sea coloquial, colega y, a ser posible, juguetón —ya se sabe, la clase debe parecerse más a un circo que a un aula—. Del decano, rector, etcétera, más de lo mismo.

Ya no se trata de subir al cielo, sino de bajar a los infiernos. Y en ese ambiente —y en ese entorno— se desenvuelve el proceso formativo, que no la enseñanza.

Ahora se discute al profesor por cualquier cosa, da igual si es una amonestación fundada, un problema mal planteado o un trabajo de escasa condición. Padres, alumnos o cualquier ciudadano adornado de la imbecilidad suficiente se permite cuestionarlo todo.

Y lo más grave: cada vez más docentes han adoptado la nacionalidad tontocrática. En su ánimo está confundirse con el entorno y convertirse en un mediocre más entre mediocres, y así ser menos vituperados. La escuela es un espejo de nuestra sociedad. Si el hijo manda en la familia —en esa constante huida del conflicto y en la búsqueda de una armonía equivocada basada en cumplir todos sus antojos—, ¿cómo iba a ser distinto en ella?

Los alumnos, en su mayoría caprichosos sobrevenidos familiarmente, se comportan de la misma forma en el aula. La reflexión cada vez encuentra menos espacios donde habitar. Antaño la familia, la escuela y hasta la televisión ofrecían ese refugio. Ahora, descartada en gran medida la primera —por renuncia de muchos padres, aunque, gracias a Dios, todavía otros mantienen el tipo— y siendo la televisión y las nuevas pantallas esclavas de lo comercial y de la popularidad inmediata, la Academia, en sentido amplio, era su último reducto.

Pero no, no se confunda: ni eso nos queda. El adoctrinamiento, el buenecismo y lo políticamente correcto se han adueñado del sistema.

De ahí que lo que viene a continuación trate en primer lugar de las políticas que nos han traído hasta aquí —desde los políticos hasta la universidad actual— y de cómo los rectores, los profesores y los líderes educativos se han sumado a este desgobierno.

Síntomas en las políticas educativas

Aprobado general y desprecio por el pensamiento crítico

El miedo al conflicto y el deseo de que todo fluya sin la más mínima aspereza dentro del seno familiar se ha trasladado al aula.

La comodidad doméstica y la cobardía paternal que la acompañan —la reprimenda bien orientada y al anhelo legítimo de que, con el tiempo, el hijo se convierta en un adulto de bien. En definitiva, la tranquilidad impostada ha reemplazado a la voluntad de corregir con cariño lo que está mal.

Esa comodidad —y la cobardía parental que la acompaña— extiende ahora sus tentáculos al aula. Un suspenso, una sanción o una simple llamada de atención ponen en riesgo el frágil equilibrio acomodaticio de los progenitores. Progenitores que entonces acuden raudos en auxilio —no del hijo, sino de la «paz trastocada del hogar»— para proclamar que eso no puede ser, que su hijo tiene derecho a ser feliz y que nadie —escuche bien: nadie— puede incomodarlo con correcciones que solo le compete ejercer a ellos.

En realidad, es una pose, un modo de arrogarse un derecho que, en el fondo, sienten como ajeno.

¿Cuál es el resultado? La alineación familia-escuela, rota, destrozada, inexistente; la autoridad del profesor, por los suelos; la educación familiar, arrinconada en el desván de los recuerdos.

¿Y qué hay del alumno? En su mayoría —gracias a Dios no lo son todos; todavía hay esperanza— se trata de un sujeto mediocre cuya única aspiración es transitar cual espectro por las horas lectivas hasta llegar indemne al fin de semana o a las vacaciones.

En ese ambiente, el suspenso —esa herramienta imprescindible para educar en el esfuerzo, la responsabilidad y la realidad— ha sido expulsado del aula por la pereza y el desahogo de los padres, el buenismo de los políticos y la cobardía de los claustros.

Y sin suspenso, la enseñanza se convierte en una ficción; la ficción, en fraude; y el fraude, en la antesala de la inutilidad y la depresión.

Porque la adversidad tarde o temprano se presenta.

Quien en la escuela pasó de puntillas por ella acabará pagando su peaje cuando la vida —o el mercado laboral, su espejo más fiel— le dé con la puerta en las narices. Y ese sí que es un juez inapelable.

El aprobado general no nace de ningún sentimiento piadoso, sino de la confluencia de tres vectores perfectamente alineados:

En ninguno de los tres casos está presente «el otro»: el hijo, el alumno o el futuro ciudadano. Este disfruta de una vida tranquila, casi de jolgorio, hasta que —sin remedio— la realidad se presenta con toda su crudeza.

No obstante, al escrutar cada uno de los tres roles —familia, docentes y políticos— desde un punto de vista transaccional, el panorama se presenta desolador. Las familias le exigen al profesor explicaciones emocionales. No hay razonamiento que valga, todo son pulsos afectivos, borbotones sentimentales que no entienden de argumentación. «Nuestro hijo se siente triste, humillado, desprotegido, nervioso, infeliz…». Y, en vez de exigirle que se esfuerce, prefieren que lo aprueben.

El alumno, por su parte, debe justificar su versión ante los padres, que con rapidez comprarán su relato. Para él, el profesor es el objetivo a batir, dado que sabe —lo sabe toda la sociedad— que su aliado natural serán esos padres que no quieren problemas.

En ese microcosmos mental tontocrático, el docente exigente no es alguien que forma, sino alguien que oprime; no un referente, sino un obstáculo que erradicar. Su figura ha mutado de ser el pilar del sistema a ser el sospechoso que cabe eliminar.

En esa guerra incruenta, el profesor que ama formar tiene además otro enemigo en su propia casa: los equipos directivos de los centros de enseñanza, más dedicados a la política que a la pedagogía.

Su política es el bienquedismo: deben satisfacer a los padres —tontolabas a las tres—, a los políticos —tontolabas a las cuatro— y, cómo no, a los alumnos —tontolabas reactivos y sufridores.

En resumen: la sociedad se ha confabulado en el exterminio del profesor exigente, que quiere de verdad a sus alumnos, que les pide esfuerzo y se preocupa por ellos.

El profesorado, sin poder evitarlo, besará la lona; los rivales y los jueces —cargos directivos en la enseñanza y políticos— están todos en su contra. Horror, estupidez y vergüenza supinas.

Y a todo esto se suma un nuevo adversario: los otros profesores adscritos a la nación tontocrática, con pasaporte sellado y una flor en el pelo, dedicados a incentivar y ensalzar las miserias del sistema.

Pero, amigos, la vida no es justa o injusta, simplemente es. Y por ello, tarde o temprano, someterá a prueba de qué pasta están hechos nuestros hijos —nuestros alumnos, nuestros futuros ciudadanos— cuando no haya nadie que les allane el camino.

Y en ese devenir, cuando parecía que el ecosistema no podía deteriorarse más, llegó el viento digital. Otro elemento desincentivador del esfuerzo y trabajo académicos: la inteligencia artificial y sus satélites digitales, las redes.

Tecnología que «sustituye» al maestro

La ilusión por el atajo ha acompañado siempre al ser humano. Ya lo pretendía el rey Ptolomeo cuando pidió a Euclides que le enseñara con facilidad los entresijos de la geometría. La respuesta del matemático es célebre: «Majestad, no hay un camino real hacia la geometría».[46] O, dicho de otra forma, no hay un camino regio hacia el conocimiento.

Hoy, con la irrupción de la inteligencia artificial, parece que ese camino ha quedado expedito. ¿Realmente es así? ¿O nos estamos dejando engañar por un espejismo tecnológico? Antes de entrar en materia, conviene un apunte malicioso.

Se está dando un fenómeno que no sorprenderá a nadie: los alumnos piden a la inteligencia artificial que les haga los trabajos —nada nuevo—. Lo que quizá sí sorprenda es la reacción de algunos profesores —cada vez más numerosos, espontáneamente tontocráticos: piden a la inteligencia artificial que corrija los trabajos que esta ha redactado, todo un descubrimiento de la falta de amor por el proceso formativo.

Y un modo infalible de «producir», en serie o en proceso tipo taller,[47] alumnos que adquieren la condición tontocrática sin siquiera ser conscientes de ello.

Qué calamidad. Y qué previsible todo.

Mientras la pedagogía se empeña en hacer el aprendizaje más fácil y llevadero, la didáctica del esfuerzo languidece y, con ella, la resiliencia colectiva desciende a los infiernos.

La sociedad ha transitado desde «la letra —el saber— con sangre entra» hasta la idea de que ya no hace falta saber: todo está al alcance de un clic. Como quien acude a un supermercado del conocimiento, basta con ir al lineal correspondiente y tomar el envase oportuno…, o eso creen.

Pero el recipiente que toman por inteligencia no es, en el mejor de los casos, más que conocimiento. Y así, confunden los datos con la información y con la inteligencia, un totum revolutum que son incapaces de aclarar. Conviene recordar la diferencia entre información, conocimiento e inteligencia.

Los números de teléfono son información; agrupados por calles y barrios, conocimiento, y una campaña de marketing diseñada para dirigirse a perfiles concretos es inteligencia.

En definitiva, tener datos es información, entenderlos es conocimiento, y saber qué hacer con ellos —incluso cuando están incompletos— es inteligencia.

Sin conocimiento trabajado y, por tanto, interiorizado, no hay inteligencia posible. De ahí que se vean a menudo expertos en manejar herramientas —por ejemplo, estadísticas— que interpretan erróneamente los resultados en áreas que desconocen: no yerran en el cálculo, sino en el desconocimiento del contexto.

Ocurre, entre muchos otros campos, en comportamiento organizacional, cuando especialistas en estadística, ajenos al ámbito de la empresa, formulan hipótesis desacertadas que luego otros —igualmente descontextualizados—, o ellos mismos, se apresuran a confirmar.

Cuando el alumno acude a la inteligencia artificial en busca de respuestas, cree estar capturando y desarrollando conocimiento cuando en realidad no es así. Esta no puede aportarle experiencia vivida, criterio ni madurez. No sufre las consecuencias de sus decisiones ni crece con ellas.

El alumno que se emplea al máximo, tontocrático hasta la médula, renuncia a desarrollar su inteligencia y termina convertido en un bobociudadano: cree estar «a la última», pero es un hijo de su tiempo que no sabe enfrentarse al mundo.[48]

¿La razón? El talento sin exigencia se pudre, y la exigencia sin ejemplo se transforma en tiranía.

Hoy no tenemos ni lo uno ni lo otro. Porque nadie se lo ha exigido… ni a él le ha interesado. La situación es cuando menos lamentable y peligrosa. Todo un despropósito.

El esfuerzo ha muerto —DEP— y, con él, la excelencia.

Y si los alumnos no necesitan esforzarse, ¿por qué habrían de hacerlo los profesores?

La inteligencia artificial lo resolverá todo.

Tal es el buenismo que nos asola —producto de una sociedad infantilizada, acostumbrada a los «potitos» de felicidad y positividad— que cualquier concepto que rompa la sonrisa bobálica provoca urticaria. Hablar de sacrificio, coraje, empeño, esfuerzo, suspenso o adversidad hace sudar a muchos jóvenes solo con oírlo. Quien pronuncie alguno de estos conceptos será tachado de carca, facha, retrógrado o antigualla.

Pero ¿qué consecuencias tiene esta creencia infundada de que la tecnología ha llegado para hacernos más capaces e inteligentes sin esfuerzo alguno?

La externalización del pensamiento

Vistas así las cosas, y volviendo al lineal del supermercado del conocimiento, nos encontramos de nuevo con la idea de la externalización.

Externalizamos limpieza, seguridad, mantenimientos genéricos, prestaciones de bajo valor añadido. Más tarde llegaron los servicios de marketing. En la universidad, surgió la figura del profesor asociado: ajeno al mundo académico, «experto» en un campo concreto que introduce prácticas ajenas a la docencia.

En el mundo empresarial, existe una regla no escrita pero ampliamente aceptada: no se externaliza lo esencial. Hoy, en cambio, los alumnos han interiorizado que pueden externalizar el conocimiento y, peor aún, el pensamiento.

Siempre habrá una red wifi y un ordenador a mano que dé acceso a la inteligencia artificial para resolverlo todo. Y ya se sabe, cuando se externaliza el pensamiento, se internaliza la dependencia.

Una sociedad dependiente es el anhelo más deseado por cualquier poder mediocre. La falta de exigencia genera personas cada vez más perdidas de sí mismas. Se deja de lado la filosofía y, con ella, todas las humanidades, bajo la idea —carente de razonamiento— de que no son útiles.

Se ignora que tener la mente bien armada es, en realidad, lo más práctico que puede hacer un alumno —y cualquier persona—. Externalizar el pensamiento se convierte en norma; delegar el criterio —por incomparecencia—, en hábito.

Aquí acecha lo que Viktor Frankl denominó crisis noogénica: un vacío de sentido disfrazado de bienestar.[49] Y lo peor: asumido, además, como progreso.

Externalizado el conocimiento e inutilizada la inteligencia por falta de uso, ya no importa que las mentes carezcan de criterio, dado que el algoritmo lo suplirá.

El joven queda reducido a rumiar qué hacer con un tiempo de ocio cada vez mayor. La llamada del hedonismo machacón: yo, yo y, después de trescientos yoes más…, otro yo.

No se trata de demonizar a los estudiantes ni de presentar a la juventud como una calamidad andante. Los jóvenes de hoy están hechos de la misma pasta que los de antes. Lo que ha cambiado es el ambiente social. Ahí radica el problema. El comportamiento humano suele distribuirse de forma bastante estable:[50] un 10-12 por ciento que tiende siempre lo mejor de sí mismo; otro 10-12 por ciento, siempre lo mínimo o incluso lo peor, y el resto se adapta a las circunstancias del entorno, sea académico, empresarial o social.

En épocas de exigencia, el 10-12 por ciento noble arrastra a la mayoría hacia arriba; en épocas laxas, ocurre lo contrario. Y sin resistencia.

Hoy, con la presión disminuida y la externalización del conocimiento facilitada por la tecnología, esos irreductibles siguen siendo alrededor del 12 por ciento, mientras que el resto se acomoda y se deja llevar por la corriente.

La primera víctima: el maestro

Y la primera víctima de todo esto no es el alumno, sino el maestro.

El maestro, expectante, ya no pinta nada o casi nada. Está obligado a no disgustar al personal, a entretenerlo, a no corregirlo nunca. Ahora, además, debe escuchar que «ya no hace falta», que sus enseñanzas pueden obtenerse de las redes o preguntando a la inteligencia artificial.

El método socrático es arrojado al desván de los trastos inútiles y, con él, los ineptos se hacen dueños de un futuro repleto de incompetencia.

Mientras todo esto sucede, la universidad, atrapada en un tsunami de normas y burocracia, trata de sobrevivir como puede. Está plagada de normas que no garantizan la calidad, sino la lentitud; trámites que no fomentan la creatividad, sino la parálisis.

El pensamiento se debilita. Y la institución que debía cultivarlo… también.

Normas y burocracia que ahogan la creatividad

La Academia tiene dos misiones fundamentales: investigar lo desconocido y enseñar lo ya conocido. En el ámbito universitario, estas tareas descansan sobre tres pilares esenciales: la libertad de pensamiento y de cátedra, el apoyo institucional y el respaldo social.

Sin apoyo social, el profesor se convierte en un paria, alguien que ejerce una actividad puramente instrumental, sin

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reconocimiento ni prestigio. Sin apoyo institucional, queda reducido a un jinete solitario que solo se debe a sí mismo. Y sin libertad de pensamiento y de cátedra, se transforma en un ser encorsetado, a la espera de atención psicológica, de renunciar a la vocación que un día lo trajo a la docencia o de adaptarse a un entorno que subliminalmente le exige mediocridad. O lo que es lo mismo: un mediocre solitario cuya vida transcurre a lomos de un caballo quejumbroso llamado docencia.

En toda ceremonia académica se emplean términos que pretenden ser grandilocuentes: «excelencia», «esfuerzo», «sacrificio», «largas horas de estudio y trabajo»... Pura filfa. Nueva palabrería tontocrática, pero en una comedia distinta, la de la educación superior.

¿Superior con respecto a qué? ¡Si no se puede despegar en ella porque los estadios anteriores a la universidad no se han cubierto adecuadamente! ¿Cómo explicar el porcentaje de retorno de una inversión si antes ni siquiera se comprende lo que es un porcentaje? ¡Qué maravilla, ¿verdad?! Pues en esas estamos.

El investigador —profesor en su faceta investigadora— empeñado en serlo debe buscar financiación para llevar adelante su labor, bajo la excusa de que, si la consigue, será señal de que su proyecto lo merece. En caso contrario, se tomará como evidencia de que era una idea disparatada.

Con eso y todo no acaban ahí sus inconvenientes; para que sus hallazgos tengan validez académica deberá estar contratado por una universidad; si no, ese hallazgo será invisible a ojos del sistema. No lo podrá aportar como mérito —vamos, casi un demérito haber malgastado su tiempo en esas minucias—.

Pero, si a pesar de todo, el académico persiste y consigue su publicación, deberá enfrentarse a un sinfín de formularios que desanimarían al más entusiasta hombre de ciencia.

Vamos, que, si en lugar de investigador, fuera jugador de fútbol, debería buscarse equipo, nada de representantes; redactar su contrato, nada de asesores legales; buscarse entrenador, el club no se lo facilitaría; redactar la alineación... y, cuando quisiera jugar el partido —agotado ya—, tendría que pedir a otro miembro del equipo que saliera por él.

Ese es el nivel. Nivelazo, más bien.

El profesor, ahora en su faceta docente, vive atrapado en un laberinto normativo: debe cumplimentar actas, rúbricas, memorias, informes, guías docentes, indicadores de logro, seguimientos individuales, tutorías y, por si eso fuera poco, entretener a los alumnos para que se sientan atraídos por una docencia más cercana al espectáculo que a la transmisión de conocimiento.

Para el decanato, el alumno se ha transformado en un peso muerto sin obligación alguna —por no aportar, ni ganas tiene de ofrecer—. Debe ser el profesor quien, con verborrea, simpatía y malabarismos varios, lo hipnotice para que acuda atolondrado —mejor hipnotizado— al desarrollo de la sesión.

Cuánta tontuna y pijerío intelectual; cuánta ñoñez en las directivas, en el profesorado, en el alumnado, en la política y en las familias.

El profesor antes enseñaba, observaba, exigía, corregía y acompañaba. Ahora debe demostrar que enseñó, registrar que observó, adjuntar evidencias de que exigió, aunque sea pura simulación —palabras sin contenido—, y además debe anotar con qué sistema corrigió y justificar que acompañó.

Pero cuidado, como a un alumno se le ocurra decir que no ha sido así, todo el claustro se quedará conmocionado y se sentirá en entredicho; entrará en crisis y llamarán en arrebato al «pobre docente», que será sometido a escarnio público y a juicio sumarísimo. De nuevo el profesor a la lona. ¡Acabemos con él! Muerte a la exigencia.

El criterio, la exigencia, la veneración y el respeto al profesor quedan sepultados por un sinfín de normas y la cobardía colectiva de los órganos de dirección docente, de los políticos «bienquedas» y de la comodidad y el egoísmo familiares que no quieren problemas.

Patada al balón y pa'lante. El pensamiento..., eso lo dejamos para otro día.

El panorama, ciertamente, es gris y desalentador.

Con tanta ausencia de esfuerzo, criterio y anhelo de excelencia, la universidad se ha transformado en un foco de mediocridad confortable. Aquí nadie quiere problemas, que cada cual sobreviva y «ande yo caliente, ríase la gente». Y dejemos que la fachada haga el resto.

Se simula rigor, se finge excelencia y se interpreta —mal— una tragedia intelectual. La universidad como fábrica de títulos exprés, como agencia de colocación, como productora de currículos de risa.

Ya solo falta la pulserita del spa. «Relájese, no hace falta que se esfuerce. Verá qué bien se lo pasa».

La universidad, al fin y al cabo, se ha convertido en una fábrica de conformistas.

Universidades como fábricas de conformismo

Al hablar de conformismo conviene distinguir sus dos rostros. Y no, no me refiero al conformismo digno —esa aceptación serena de lo inevitable, cuando ya no queda nada más que hacer y, agotadas las fuerzas y los recursos, se encara el destino con mirada firme—, sino al otro: al conformismo blandito, cobarde y acomodaticio. El que cambia de opinión por la presión del grupo, el que agacha la cabeza, se pliega, cede y sonríe..., no vaya a ser que alguien frunza el ceño. El que sacrifica la verdad para no molestar a nadie.

Falta carácter, falta coraje para defenderlo, y sobra cobardía.

La enseñanza debería estar al servicio del conocimiento y del crecimiento personal, no de la estupidez colectiva que nos invade: una flojera intelectual y de carácter que sería capaz, si pudiera, de legislar contra la gravedad para suprimirla. Pero no hablemos demasiado alto, pues puede que algún día nos sorprendan con tamaña afirmación: «La gravedad no existe, ofende mi sensibilidad».

Pues eliminémosla, no sea que algún alumno se sienta agraviado. Y si un profesor, un pobre obtuso, osa contradecirlo con eso tan molesto llamado evidencia..., sacrificémoslo como a cualquier hereje que se atreva a procesar. ¡A la hoguera con él!

La institución académica, en su búsqueda permanente de la «excelencia», ha mutado en clínica del pensamiento positivo y de la autoayuda. Uno de sus principios rectores es no incomodar.

Así, no se debe perturbar nada del alumno y, por extensión, la de su familia, que ahora juega en la universidad como si lo hiciera en campo propio. Hasta el extremo de que no resulta extraño que una madre acompañe a su hijo a matricularse de un máster de recursos humanos —sí, máster, el grado ya terminado—.

Para reírse o para echarse a llorar; no hay término medio.

¿Cómo va a dirigir personas alguien que ni siquiera puede hacerlo consigo mismo? ¿Trabajará también acompañado de su madre?

En el afán de no «fastidiar» al alumnado surgen un sinfín de iniciativas que buscan comprar su paz anímica e intelectual. No se trata de saber, sino de tranquilizar. ¿Para qué excitar la curiosidad de quien solo quiere pasar, manso, en la calma de su desinterés?

La educación, rendida al acomodamiento, se ha transformado en una empresa de servicios que se representan en un escenario —el aula— al que cada vez acuden menos espectadores. Es una actividad que se satisface con unidades monetarias, que se retribuye con unidades monetarias también por parte de los padres, y con sorbos de buenismo colectivo por parte de

profesores, decanos y rectores.

La matrícula, en la práctica, compra dos tipos de bienes: el aprobado y la queja discrecional. Esto es, cuando el profesor, la asignatura, la carga lectiva o la jornada molestan lo más mínimo, se convoca al comité de alumnos para que eleven la queja oportuna que, sin lugar a duda, será atendida por el decano, no sea que el alumno —más cliente que otra cosa— altere la paz comercial del campus.

Finalmente, la universidad redefine la libertad de cátedra, pensamiento y discusión como un riesgo laboral. Inmersas de lleno en el confort académico, las aulas se transforman en las líneas de montaje de un proceso fabril llamado sumisión. Nada extraño a ojos de una sociedad que también lo es.

El título es un producto industrial de individuos homologados en blandenguería mediocre y necia; no en la determinación ni el conocimiento. Nadie cuestiona si el alumno sabe o no, sino si ha conseguido su título. Así, no es de extrañar que un flamante titulado universitario pregunte si Pamplona está en Galicia —y, por favor, no piense que es una anécdota fruto de mi mente atormentada—.

Resultado: el cliente manda. El hijo, prescriptor de lo que le da la gana hacer, insta a sus padres, los verdaderos clientes, a intervenir y dejar claro quién manda.

La docencia, antes labor educativa, ahora servicio.

¿El resultado? ¿Pensar? ¿Para qué? Intentarlo consume tiempo y, sobre todo, crea problemas. ¿Para qué buscarse problemas si no tienen deseos de grandeza? Resulta mucho más sencillo, rentable, propiciar ciudadanos dóciles, expertos en repetir consignas como loros con toga y birrete.

La universidad ya no forma mentes críticas acostumbradas al esfuerzo, las alinea en la más absoluta de las estupideces. El coste de tanto despropósito acomodaticio es académico y social. Egresan candidatos idóneos para alimentar una sociedad zombi de criterio.

La universidad, irradiando entropía,[51] se muestra necesitada de entalpía.

Pero ¿quién será el encargado de embridar a la «fiera» si todos se dedican a acariciarle la melena?

Quienes deberían diseñar el sistema, ordenarlo, llevarlo adelante y comprobar que se cumplen los objetivos para que las desviaciones sean corregidas parecen estar a otras cosas: a quedar bien y a hacer que hacen y son excelentes cuando, en la mayoría de los casos, «no valen ni para tacos de escopeta».

Y, como todo coritijo necesita un amo, demos paso a quienes propician este conformismo generalizado. Cada fábrica tiene sus dueños. Esta no iba a ser la excepción.

SÍNTOMAS EN RECTORES, PROFESORES Y LÍDERES EDUCATIVOS

Llegados a este punto, conviene descender desde los despachos de la planta noble de la Academia —rectoría, decanato, dirección académica— hasta el fragor del aula, esa trinchera donde el profesor, más guerrillero de la enseñanza que otra cosa, «combate» —el que no se ha mimetizado con el entorno— completamente solo.

Ya no forma parte de un ejército de docentes. Cuando mira a su alrededor, descubre su soledad más absoluta; permítaseme la licencia: ni la sombra le acompaña.

La universidad, obligada a explicar lo que debió asentarse en la escuela, se ve forzada a bajar a los infiernos para intentar rescatar a un náufrago —el alumno— que, lejos de colaborar, la arrastra en su propio hundimiento hacia el abismo de la nadería más absoluta.

Y mientras tanto, los políticos —sí, sí, los mismos del segundo capítulo— avivan gustosos las llamas del averno, como si desearan reactivar alguna de aquellas plagas que diezmaron Egipto.

Pero dejemos los inframundos. Volvamos a la planta noble. Una vez abandonado el ascensor, nos encontramos frente a los despachos de los que dicen gobernar la institución. Entremos en ellos.

Reproductores de mediocridad

Al adentrarnos, lo primero que llama la atención es el ambiente: no es el ágora que pretende formar y buscar la verdad, sino algo propio de la política. No la política partidista y de bloques, sino la de empresa o, para ser más certeros, la de un ayuntamiento.

La finalidad formativa queda arrumbada —nunca explicitada, pero subliminalmente siempre presente— por la gestión de intereses que nada tienen que ver con ella. Se premia al que maneja alianzas, no al que enseña o investiga, al que, con su mediocridad obediente, garantiza la paz social y académica, no al que, con juicio y criterio, pretende elevar la formación.

La excelencia académica ha languidecido ante el glamour de la financiación, de la paz institucional, de la imagen y de los votos internos que aseguran la continuidad de quienes ocupan el vértice corporativo.

La excelencia se disfraza de métricas —imposibles por engañosas— que adurn más que reflejan la realidad. Es como tomar la temperatura corporal de su hijo con un metro; si quien lo hace mantiene un rictus de concentración en el rostro, nadie se atreverá a evidenciar el disparate.

Se pregunta al alumnado, por ejemplo, si el profesor domina la materia o si la asignatura le ha parecido interesante, cuestionarios más propios de un cliente que de un alumno.

¡Fantástico!

Preguntemos al paciente si su cirujano sabe operar; al acusado, si el juez está preparado para juzgar; al comprador, si cree que su arquitecto está capacitado para diseñar su futura vivienda.

¿Para qué queremos titulaciones si quienes las evalúan son sus propios receptores? Y si la institución ni siquiera es capaz de reconocer la valía de sus profesores sin pedir permiso al alumnado, ¿para qué queremos universidad?

Rectorado y decanatos se parecen cada vez más a un gabinete político, repletos de asesores, discursos vacíos, pose-mucha pose— y estatus. De nuevo, una vieja conocida: la apariencia. No se trata de ser, sino de simular.

El profesor mediocre, cuando asciende, deja de enseñar y pasa a administrar su propia comodidad. El «yo» —como en la empresa, en la familia o en la política— lo ocupa todo; no deja espacio a la ética ni a los demás, ni procura el crecimiento personal y profesional de nadie.

El cargo, así dispuesto, se convierte en un monumento al egoísmo más primario: la institución y su primigenia finalidad no me importan, los alumnos tampoco; y quienes me acompañan solo me interesan en la medida en que garantizan mi continuidad acomodaticia soñada.

Caigan trienios y prebendas. Llámenme tonto, que me da igual.

Este es el deporte de moda en nuestra sociedad: ponerse el chubasquero y desentenderse de lo que ocurra fuera de él. El viejo «ande yo caliente, ríase la gente» elevado no ya a excepción, sino a seña de identidad del buen ciudadano tontocrático.

Muchos de los profesores que alcanzan la cota más elevada de su ámbito —y conocedores de su particular mediocridad— se aferran a la silla como náufragos a un salvavidas. En el trasfondo de sus deseos no hay otra finalidad que evitar su regreso al aula.

Ahora se sienten elegidos, tocados por la varita mágica de la infalibilidad. Por fin han encontrado la forma de escapar de lo que un día —en el mejor de los casos— fue su vocación y hoy consideran un infierno.

Cambian la incomodidad del aula por el inconveniente de hacer mil equilibrios para quedar siempre bien allí donde quiera que vayan. Prometerán, anunciarán, estimarán, un sinfín de buenos deseos —más que planes y programas reales— para que, antes incluso de que sean evaluados, puedan volver a presentarlos como nuevos futuribles. Y así una y otra vez.

Su egoísmo importa más que su misión educativa. La duración de su estancia en el cargo da la medida de su mediocridad: permanencia prolongada, mediocre hasta la médula; estancia corta, señal de que incomodó bastante con sus mejoras o era tan limitado que ni alcanzaba la categoría de mediocre.

La mayoría de la directiva académica no quiere riesgo, contradicciones, conflictos o exigencia. Su verdadera vocación no es enseñar, sino pertenecer; y no pertenecer para hacer, sino para estar.

El mediocre prefiere rodearse de mediocres. El académico competente incomoda... y acaba siendo expulsado por el sistema. Centrados en su día a día y atrapados en sus propios intereses, muchos de ellos no alzan la voz para reclamar una mejor preparación en los alumnos que, tras superar la enseñanza media, ingresan en la universidad.

Y a todo eso, si la universidad se ve obligada a rescatar de su ignorancia aprendida a las jóvenes incorporaciones, no será de extrañar que sus titulados, abandonadas las aulas y prestos de nuevo a estudiar un máster o incorporarse al mercado laboral, estén aquejados en gran mayoría de analfabetismo funcional, emocional e intelectual.

¿No será que la escuela en lugar de formar fabrica seres tontocráticos que después la universidad hereda?

El problema no brota en la universidad: estalla en ella. Sus raíces son mucho más profundas. Exploremos, pues, la escuela.

Cómo la escuela refuerza la Tontocracia

Llegados a la cantera que surte de alumnos nuestras universidades, y situados en el despacho de quien dirige los entresijos de la escuela, encontramos personajes con ropajes distintos pero movidos por idénticos «ideales»: garantizar estabilidad laboral por encima de cualquier vocación. Si para lograrla hay que bajar el listón formativo, se baja; si hay que claudicar en el orden del aula, se claudica; si hay que convertir la docencia en un trámite, se convierte. Lo de menos es enseñar; lo de más, permanecer. Al precio que sea.

La escuela —en particular directores y enseñantes— ha renunciado a exigir esfuerzo. La exigencia, hija del propósito, del compromiso y de la disciplina, ya no es el alma de la docencia, es su principal sacrificada. Y sin exigencia no hay desarrollo posible.

¿Cómo mejorar las marcas del atleta si no desafía su estado actual?

Sin desafío no hay mejora; sin reto no se descubre el orgullo —el sano orgullo— de lo conseguido. Así, los alumnos

concluyen la educación secundaria sin el criterio necesario para continuar su vida académica. La Tontocracia echa raíces desde la cuna.

Formar criterio significa, en el carácter, promover una personalidad íntegra y madura, capaz de dar la espalda al egoísmo; y, en el conocimiento, dotar al alumno de destrezas técnicas y emocionales que le permitan, además, trabajar en equipo. ¿Qué es lo que promueve la escuela en la actualidad? Analicemos la escena por partes.

El criterio, tal como ha quedado dicho, necesita del carácter y de la competencia; esto es, del ser y del saber. ¿Dónde situar la crítica a nuestra nefasta situación académica?

La pedagogía del ser

Formar ciudadanos responsables —en definitiva, personas de bien— exige, en primer lugar, trabajar su lado más humano.

Aristóteles lo formuló con una sabiduría esquiva a muchos pedagogos modernos: la excelencia es un hábito, una costumbre. Y el hábito —cualquiera que sea— exige esfuerzo, constancia, renuncia y repetición. Por eso, cuando la escuela suprime el esfuerzo, suprime la posibilidad misma de ser virtuoso en sentido académico.

El ser se debilita, y con él, inevitablemente, el saber.

El profesor, más maestro que profesor en este plano, debe ser ejemplo de integridad —hacer lo que dice que va a hacer—, de madurez —asume la responsabilidad de sus actos— y de generosidad —encuentra tiempo para sus alumnos, incluso fuera del horario académico, aunque esto no debe ser la norma—. Y todo ello irradiado por principios de equidad, honor y verdad. Es decir, su conducta debe ser ejemplar.

El asunto decae cuando un alumno contempla, con estupor, durante la exposición de su trabajo de investigación —pongamos que el sujeto se encuentra cursando segundo de Bachillerato tiene dieciséis años— que de los tres profesores que presiden el acto, uno de ellos deglute más que como una bolsa de patatas fritas, sin que a los otros dos se les mueva una ceja. O cuando el profesor desciende a los infiernos educativos de la mano de la gracia fácil y el chiste constante para granjearse la simpatía del alumnado —no vaya a ser que lo califiquen de tirano por obrar en justicia y otorgar a cada cual el mérito que se ha ganado—.

La conducta del que enseña debe ser ejemplar y, si no lo es, debiera buscarse otro cometido. Está inhabilitado para ejercer su función. ¿Cuántos de nuestros profesionales superarían el filtro de la ejemplaridad?

Respóndase usted mismo. Vayamos al siguiente estadio.

La pedagogía del saber

El docente, aquí ya profesor, debe poseer los conocimientos específicos de su área de trabajo y mantenerse actualizado en ellos. Debe saber situarse emocionalmente en la mirada y en las inseguridades del alumno, y alimentar su capacidad de trabajar en grupo.

Pero en la escuela se ha producido una inversión filosófica: se renuncia a formar en el esfuerzo, la concentración y el pensamiento crítico —todo ello inherente al ser—. Los contenidos se adaptan al estudiante, en vez de elevarlo hacia sus mejores registros. La metodología vive tiranizada por el tabú de que hay que evitar la frustración y cualquier atisbo de

esfuerzo.

La escuela se reduce a proveedora de «experiencias amables», aunque esto destruya su sentido. Si sube el nivel, el cliente protesta —los padres— y los prescriptores —los alumnos— también. Pues que baje y así todos contentos.

Ya no se enseña a escribir, a estudiar, a pensar. Lo importante ya no son los contenidos, sino la actitud. Eso sí, pausada y sin ningún tipo de inconvenientes. Lamentable.

¿Cómo entrenar la necesaria resiliencia si la educación se ha transformado en un escenario de simulación, en un balneario donde aparca a los jóvenes a la espera de que la vida les dé, y con ellos, nos dé, un sopapo de realidad?

El origen del derrumbe: la renuncia al ser

Como resulta fácil inducir, las dificultades de nuestro sistema educativo —visión más amplia que la de la escuela, pero que también la abarca— no se encuentran tanto en el lado del saber como en el lado del ser.

El saber decae, en definitiva, porque previamente ha decaído el ser. Y el ser ha decaído en la sociedad. En su «almendra» central. En su alma: la familia.

El núcleo familiar que se desvela, que educa y que corrige —es decir, que ama— ha sido sustituido por un buenismo sentimentalóide que solo alimenta el comportamiento más primario e irreflexivo del ser humano.

¡Ay, los sentimientos!

¿Y la razón?

Sócrates lo advirtió con una lucidez que las mentes poco trabajadas son incapaces de ver: una vida sin reflexión, sin examen, sin conclusiones, no merece ser vivida.

Pero hemos sustraído a niños y adultos cualquier examen real que les haga situarse ante el espejo de sus propias limitaciones intelectuales y de vida. Y cuando se clausura el examen exterior, se evita el interior y con ello la posibilidad de abrir los ojos... a la razón.

La renuncia a la razón no libera, infantiliza. Por eso, recibir el ejemplo del maestro —sobre todo y por encima de todo— se vuelve esencial. Sin ese ejemplo, no se combate la hipocresía ni la tontuna que nos tiene atenazados y nos ahoga. Sin ese ejemplo, prolongamos artificialmente la infancia del individuo.

Sin ese referente —que obliga a los padres antes que a los profesores— no se será: solo se aparentará.

Así, la escuela —y la universidad después— se degrada para adaptarse al cliente por motivos económicos en lo privado y por tontuna generalizada en lo público.

Y cuando, por fin, el estudiante abandona la escuela, la universidad ya no lo eleva; desciende con él, como quien intenta rescatar a un náufrago que, en vez de colaborar, te hunde.

Tras tanta sinrazón y denuncia, llega el momento de preguntarse qué cabe hacer. Cómo ejercer nuestra responsabilidad para cambiar el rumbo. Cómo, desde nuestra individualidad, podemos influir para que nuestros hijos —y la sociedad por entero— maduren y se transformen.

En el tramo final de este trabajo, debemos hacer transbordo para completar el recorrido por dos estaciones más, a modo de bonus track musical necesario:

Pero incluso dentro de este paisaje desolador, queda un reducto siempre inexpugnable: la libertad interior. Allí donde la escuela, la universidad, la sociedad, la empresa y la política no pueden entrar empieza la posibilidad del liderazgo personal. Allí donde Viktor Frankl, en el más terrible de los escenarios, fue capaz de encontrarla y expresarla: en los campos de concentración alemanes de la Segunda Guerra Mundial.

Frente a la Tontocracia, el único antídoto es el individuo que se conquista a sí mismo, el que piensa, decide y actúa desde un sentido propio.

El coraje de quien decide pensar y actuar.

6
Tontocracia y liderazgo auténtico:
síntomas de lo que funciona

Caminando por los pasillos del obligado transbordo, aún absorto en nuestro triste episodio educativo, emerge un nuevo desequilibrio en forma de preguntas encadenadas. ¿Quién será capaz de liderar tanto desajuste? ¿Cómo recuperar la sensatez perdida?

Ya en el vagón, acomodado y en marcha de nuevo, me inquieta otra cuestión, quizá de mayor calado, capaz incluso de iluminar a todas las anteriores y que da título a nuestro próximo apartado.

¿Qué significa liderar en un mundo de incompetentes?

Necesito ahondar más en este concepto, porque todo lo demás se fundamenta en su significado. A lo largo de la historia, la perspectiva sobre el liderazgo ha alternado entre dos grandes corrientes. La primera, menos transitada, sostiene que toda acción directiva debe estar sometida a la ética. Los resultados son necesarios pero insuficientes y liderar implica hacer lo correcto, incluso cuando incomoda. Su lema podría condensarse en una sentencia simple: «hacer bien el bien». La segunda, más cómoda y extendida, reduce el liderazgo a una cuestión puramente técnica: racionalizar decisiones, optimizar procesos y alcanzar objetivos. Lo demás —la ética, el propósito, la integridad— se vuelve accesorio o incluso un estorbo. Su lema es la versión moderna del cinismo sofista: el resultado lo justifica todo, una variante higienizada del viejo axioma maquiavélico según el cual el fin justifica los medios.

Ambas perspectivas remiten a las dos concepciones del saber que se disputaron la Atenas clásica y que, de forma asimétrica, siguen presentes hoy: los escasos partidarios del ideal socrático frente a la aplastante mayoría de quienes aspiran simplemente a ganar.

Los socráticos perseguían el desarrollo integral del individuo —técnico, moral y espiritual— porque entendían que quien no se gobierna a sí mismo no puede gobernar a los demás. Para ellos, lo decisivo era el ser.

Los sofistas, en cambio, se centraban en qué decir y cómo hacerlo para imponerse al otro; reducían la palabra a una herramienta de manipulación y el saber a una simple destreza ganadora. Para ellos, lo decisivo no es ser, sino vencer, aunque al hacerlo se pierdan a sí mismos.

el nihilismo vacío la cabeza; la tontuna egoísta ocupó su lugar.

Quien hoy se muestra generoso es tildado de ingenuo.

Continuemos sin excusas.

Del obtener al ser. Liderar de verdad en un mundo que ensalza la incompetencia

El liderazgo auténtico —el que sirve y engrandece al ser humano— no nace de la estrategia ni del conocimiento, sino del carácter. Lo que nos obliga a formular una pregunta previa —la decisiva—: ¿qué tipo de persona anhelo ser cuando nadie me mira?

Ahí empieza todo. Ahí empieza —de verdad— el liderazgo.

El liderazgo genuino exige, antes del saber, del hacer o del tener —cargo, bienes materiales o amistades—, ser. El ser siempre precede a todo lo demás. Se puede ser líder sin ostentar cargo. Se puede influir sin poder. Se puede iluminar sin necesidad de ocupar una posición de dominio.

En definitiva: se puede liderar desde el ser. Sin más.

Ahora bien, en el ámbito organizativo, también se requieren tres pilares:

De ahí los tres roles del buen directivo: estratega (intelectual), ejecutivo (saber hacer) y líder (capacidad de hacer crecer a los demás).

El líder, no arrastra: acompaña.

No complace: busca la verdad.

No compadece: corrige desde el afecto.

Tiene miedo, pero sabe tenerlo. Tiene dudas y no se esconde. Tiene defectos. Es humano. Pero sabe vivir su soledad. Ese es el precio que debe pagar para que la mediocridad no apague su luz.

Esa es la grandeza que acompaña a los dos pasajeros que, «virtualmente», nos acompañan en este particular recorrido. Ellos serán la referencia que ilustrará lo dicho hasta ahora: Santiago Ramón y Cajal y Nelson Mandela.

Pero hay un rasgo del liderazgo auténtico que rara vez se menciona y que, sin embargo, resulta decisivo para comprenderlo en toda su profundidad. Un atributo incómodo, exigente, difícil de asumir en un mundo que ensalza y premia la adhesión y castiga la disidencia: la capacidad de permanecer fiel a lo correcto cuando no hay aplausos, cuando no hay refugio, cuando no hay compañía.

Llega el momento de su testimonio. Basta de abstracciones. Veamos vidas concretas.

Nos encontramos con dos gigantes del ser —y digo bien: del ser—, como podrá descubrir a continuación.

Ambos nos ayudarán a ver más lejos, igual que reconoció Isaac Newton al agradecer a quienes le precedieron: «Si he

logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes».

Hagamos caso a su sentencia y subamos, también nosotros, a los hombros de nuestros gigantes.

Ejemplos históricos y contemporáneos de liderazgo genuino

Santiago Ramón y Cajal

La excelencia intelectual y práctica de Santiago Ramón y Cajal quedó reconocida por la comunidad científica al concederle, en 1906, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

El saber y el hacer quedan así despejados por el reconocimiento y el premio, pero ¿por qué apenas se habla de su tener y, sobre todo, de su ser? Tanto se han ensalzado su conocimiento y sus habilidades que pudiera parecer que las otras dimensiones no merecen mayor atención. Sin embargo, es precisamente su ser lo que hizo posible todo lo demás. Sigamos algunas de sus huellas.

Primer destello de grandeza

Destinado en Cuba como médico militar y responsable de un pequeño hospital de campaña —la enfermería de San Isidro— debilitado además por el paludismo, se vio obligado —obligado por la ética, por lo que era correcto hacer— a enfrentarse al comandante del puesto cuando este pretendió introducir dos de sus caballos en la enfermería, junto a los enfermos, para resguardarlos de los insurgentes durante las noches de alarma.

La indignidad de aquella orden lo puso en pie. Se situó en la entrada del edificio y, con su propio cuerpo —muy castigado por la enfermedad—, impidió semejante atropello. Si no llegaron a las manos fue gracias a la intervención de unos oficiales.

Sabía que se jugaba su futuro profesional, y aun así no claudicó. ¿Cuántos, en el panorama actual, sostendríamos un comportamiento semejante? Quien obrase así sería tildado de ingenuo idealista, un pobre tonto que desconoce las reglas del juego.

Segundo destello de grandeza

Años después, consagrado ya como figura de referencia, su ser volvió a manifestarse con la misma claridad.

Los políticos de la época intentaron rodearse de su prestigio, creándole cargos y espacios a medida para aprovechar su influencia pública. Para ello, le ofrecieron retribuciones tan generosas como estratégicas.

Cuando Francisco Silvela impulsó en 1901 el recién creado Instituto de Investigaciones Biológicas, nombró a Cajal director y le asignó un sueldo anual de diez mil pesetas.[52] Aceptó la responsabilidad, pero pidió por escrito que la cantidad se redujera a seis mil. La Administración accedió, aunque no sin asombro.

Preguntado por tan insólita solicitud, respondió:

Primero, porque no ansío nadar en la opulencia. Segundo, porque, en una edad en la que desfallecen o declinan mis fuerzas, paréceme

abusivo y hasta inmoral aumentar mis emolumentos. Y tercero, porque, aun sin querer, columbro siempre al través de cada moneda recibida la faz curtida y sudorosa del campesino, quien, en definitiva, sufraga nuestros lujos académicos y científicos.[53]

De nuevo surge la misma pregunta incómoda: ¿quién de nosotros, en la actualidad, sería capaz de un comportamiento similar?

Ahí está el liderazgo que no se mide en seguidores, en autoridad formal, ni en honores. Es el liderazgo que nace del ser, de la rectitud, de la dignidad personal, de la capacidad de sostener lo correcto incluso cuando nadie está mirando.

La forma de estar en el mundo de don Santiago Ramón y Cajal —su ser— hizo posible todo lo demás. Su grandeza se proyectó sobre sus otras dimensiones: saber, hacer, y, siendo comedido —profundamente comedido—, tener.

Grandeza y honor a quien así lo mostró.

Nuestros respetos. Un orgullo para todos.

Nelson Mandela

Y ahora oteemos el horizonte a hombros de otro gigante.

Si en Cajal contemplamos la grandeza de su ejemplaridad e integridad, en Mandela vemos un carácter forjado a fuego en la injusticia. Veintisiete años de cárcel no quebraron su espíritu indomable. Supo sobreponerse a lo más elemental del ser humano: el odio, la rabia, el deseo —casi inevitable— de venganza.

Su filosofía de vida podría condensarse en un pensamiento de resonancia estoica.

Su ethos como piedra angular; su pathos como puente que une y no divide. Pero no ahondemos en sus logros, antes comentemos dos escenas que iluminan su grandeza.

Primera escena inspiradora

En Durban, el 25 de febrero de 1990, apenas dos semanas después de ser liberado, Mandela se dirige a una multitud de más de cien mil personas —en buena parte ávidas de venganza tras tantos años de apartheid—.

Su voz resuena con fuerza entre la multitud: «Tomen sus fusiles, cuchillos y machetes y arrójenlos al mar».

Mandela se encuentra solo:

No encuentra cobijo en ningún bando.

Su única compañía: la ética.

Su único deseo: hacer lo correcto.

¿Hasta qué punto liderar solo adquiere sentido cuando se tienen seguidores?

Si así fuera, Mandela no sería ejemplo de nada; y, sin embargo, es precisamente en ese periodo de soledad cuando su liderazgo adquiere mayor grandeza.

Guiado por la ética y el bien común, no cede a la tentación. Tiene miedo, pero es valiente. No se amilana. Sigue firme: el camino de la verdad, el camino de lo correcto.

Se está jugando la vida.

Segunda escena inspiradora

A mediados de los años noventa, ya como presidente de la nueva Sudáfrica democrática, Mandela afronta un foco de tensión muy delicado: el emblema del equipo nacional de rugby, los Springboks.[54] Este símbolo casi sagrado para la población blanca africana[55] y, al mismo tiempo, una «herida abierta» del apartheid para la mayoría negra.

Muchos exigían eliminarlo y sustituirlo por símbolos nuevos, limpios, inmaculados de pasado. Las razones eran comprensibles; la herida, profunda.

Pero Mandela vio algo que muy pocos podían ver —papel de estratega: ver donde otros no ven—: no se construye una nación amputando de raíz aquello que para otros es memoria, pertenencia, hogar.

Sabía que la reconciliación no se conseguiría humillando al adversario ni arrasando sus símbolos, sino transformándolos. Y actuó en consecuencia —papel ejecutivo: favorecer el mejor desempeño colectivo—.

Intervino personalmente para impedir que se borrara el springbok. No era una concesión política nacida del cálculo, ni un gesto de debilidad: sino un acto de valentía moral. Invitó a toda Sudáfrica —negros y blancos— a apropiarse juntos de un símbolo que antes separaba. Lo convirtió en puente.

Pensó en el nosotros, antes que en la suma de los vuestros y los nuestros.

En 1995, ante los ojos del mundo, Mandela apareció vestido con la camiseta verde y oro de los Springboks para entregar el trofeo de campeones del mundo. El estadio —un bastión del nacionalismo blanco— lo ovacionó en pie.

Ese día no ganó un equipo: ganó una nación. Mandela no se convirtió en líder ese momento, ya lo era desde mucho antes, cuando estaba solo. Aquel instante simplemente permitió que todos vieran la luz que siempre había llevado dentro.

Ese es el liderazgo del ser. El liderazgo que no grita: transforma.

Sus enseñanzas

Las trayectorias de Cajal y Mandela no son episodios aislados ni gestos heroicos circunstanciales. Constituyen una forma exigente de estar en el mundo cuando se asume la responsabilidad de influir en otros. No hablan de éxito, sino de fidelidad; no de victoria, sino de coherencia.

¿Difícil? Sí.

¿Imposible? No.

¿Razones? Ahí están nuestros gigantes y con ellos tantos más —conocidos o anónimos— que pelean a diario contra la estupidez colectiva. Muchos son nuestros padres, hermanos, profesores…, quizá usted mismo.

Ambos ejemplifican el coraje y la determinación, la sabiduría científica y vital, y la paciencia que atempera el carácter. Grandes entre los grandes.

De nuevo, con los pies en el suelo y alimentados con su ejemplo, varias enseñanzas que podemos extraer:

Recuerde: el saber intelectual y el saber práctico habilitan; el coraje determina, la ética guía.

Ese es el modelo. Sirvámonos de él.

Y si su mente pone reparos a un reclamo tan «idealista», piense que, justo porque el mundo que hemos construido es así de cutre, este liderazgo no es ingenuo: es imprescindible.

Estrategias para resistir y generar sentido en empresas, política y educación

Y si el liderazgo genuino es SER, no nos refugiemos en lo que deberían hacer los demás. Busquémonos a nosotros mismos.

No cabe mirar primero al presidente, a los ministros o a los políticos; al rector, al decano o al director del centro; ni al CEO o al directivo de turno, aunque sean evidentes sus carencias.

Mirar no es lo mismo que ver; actuar es no lo mismo que contemplar para justificar. Porque la pregunta incómoda no es qué hacen ellos, sino qué hacemos nosotros cuando nadie nos mira.

No tenga como referencia justificativa tanta conducta deshonesta y poco sensata. El liderazgo auténtico no solo se ejerce desde arriba, en el ejercicio del poder, sino también desde abajo y, sobre todo, desde dentro, desde lo más profundo de nuestra identidad personal.

Todo el mundo está expuesto a este universo de Tontocracia, y ante él solo caben tres actitudes:

«Los hombres fuertes crean tiempos buenos. Los tiempos buenos crean hombres débiles. Los hombres débiles crean tiempos difíciles. Y los tiempos difíciles crean hombres fuertes».

Nuestros abuelos fueron capaces de construir «tiempos buenos» que no se supieron defender con responsabilidad. Ahora, en tiempos difíciles, no queda otra que intentar ser fuertes y convertirnos en palancas de cambio. Debemos tentarnos la ropa, comprobar qué tan pertrechados estamos de principios y coraje, y preguntar: ¿estamos dispuestos a ello o seguiremos buscando justificación en lo que hacen los demás?

Usted juega, yo juego, jugamos… todos.

En ese juego, veamos algunas de las actitudes que podemos desplegar en las comarcas tontocráticas que hemos explorado.

En la empresa

La exigencia como principio de responsabilidad

No dejemos que nuestro comportamiento se degrade solo porque todo a nuestro alrededor parezca deslizarse hacia una mediocridad cómoda y compartida. No basta con repetir eslóganes de honestidad o ética si no los hacemos carne propia; si los usamos, en realidad, como un escudo para justificar nuestra pasividad.

¿Nos refugiamos en las coartadas ajenas? ¿En el mal desempeño de los demás? El salario, el clima laboral o la falta de control no eximen de actuar con responsabilidad. Si el conflicto es real y no se puede resolver, quizá haya que buscar alternativas —cambiar de aires—; pero nunca esconderse tras la incompetencia ajena.

El liderazgo ejemplar frente a la mediocridad

Muchas veces solo se puede actuar sobre nosotros mismos. La pregunta es incómoda pero inevitable: ¿qué hacemos hoy que marque la diferencia, aunque nadie lo vea?

Evitar convertirse en una simple pieza más del engranaje. No hace falta una certificación de calidad para atender como es debido a un cliente, resolver un problema o cumplir con lo que sabemos que es correcto. Tampoco confundir «buen rollo» o clima emocional con trabajo bien hecho.

El rigor y la exigencia no conocen la comodidad impostada del «gefe» —¿recuerda?, el gerente de la felicidad— ni de sus múltiples sucedáneos. Si tiene dudas, observe cualquier equipo deportivo profesional, allí las cosas se hacen con exigencia real.

¿Acaso la empresa es distinta? En su trastienda se comprueba que no, los resultados mandan. Sin ellos, nadie disfrutará de su nómina. Y eso sí que lo entiende todo el mundo.

Dicho esto, el respeto, la consideración y el desarrollo de los demás deben estar siempre presentes, pero sin condescendencia ni ñoñería. Tratar a los adultos como si no hubieran alcanzado la mayoría de edad no es liderazgo, sino paternalismo.

Tampoco se debe confundir liderazgo con manipulación amable. Cuando se afirma: «Aquí somos una gran familia» o se exhibe una bondad impostada y calculada, no se está construyendo comunidad, se está creando un espejismo.

El liderazgo auténtico exige atender a la persona en todas sus dimensiones:[57]

Estos principios parecen obvios, pero su ausencia explica buena parte de la degradación cotidiana que toleramos. No hablamos de teoría, sino de situaciones concretas, repetidas, casi rutinarias. La verdad desnuda contra la ilusión del «buen rollo».

Imagine un auditorio lleno. Más de quinientas personas. En el escenario varios directores generales responden a preguntas previsibles con una retahíla de lugares comunes y falsedades bien aprendidas.

Llega el turno del público. Silencio. Nadie levanta la mano. Nadie quiere exponerse. Todos esperan a que el acto termine. Hasta que alguien pide el micrófono y, con una sola pregunta formulada con corrección, deja en evidencia a los ponentes.

La sala estalla en risas y aplausos. Después, muchos se acercan para felicitarte. Mientras tanto, los interpelados guardan silencio. La pregunta incómoda no es lo que expuso él, sino ¿por qué callaron los demás?

Ahora sitúese en una reunión de empresa del más alto nivel. El presidente presume de unos presupuestos que no han sido compartidos con quienes antes participaban en su elaboración. Al final de su intervención, pide que se defiendan «a capa y espada».

Silencio de nuevo. Nadie se atreve a preguntar. Hasta que alguien se levanta y dice, con educación: «Presidente, me gustaría defenderlos, pero aún no los conocemos. Podré responderle cuando nos los hagan llegar».

No hay gritos ni dramatismo. Solo una verdad dicha a tiempo. Una verdad desnuda que deja en evidencia a todos los que no se atrevieron a denunciar la situación.

El silencio como sistema

En la empresa, la Tontocracia no se impone solo desde arriba. Se consolida desde abajo, a través de silencios repetidos, de cobardías elegantes, de una prudencia mal entendida que confunde supervivencia con dignidad.

Siempre hay una excusa razonable para no hablar. Y casi siempre, cuando alguien lo hace, llega tarde el aplauso…, cuando ya no hay riesgo.

Este mecanismo no es exclusivo del mundo empresarial. Cambian los escenarios, los cargos y los discursos, pero el patrón se repite.

Donde el silencio se disfraza de sensatez y la mediocridad de consenso, la Tontocracia encuentra terreno fértil.

Y si esto ocurre en la empresa, ¿qué no sucederá cuando el escenario es la política y lo que está en juego no es solo un presupuesto o una campaña, sino el rumbo de toda una sociedad? En este terreno no muy guía la experiencia, ni el sufrimiento de un ciudadano triste y apesadumbrado.

Cuando el silencio se normaliza, deja de ser prudencia y se convierte en sistema.

En la política

La exigencia como deber ciudadano

Si en la empresa el silencio tiene un precio —la mediocridad compartida—, en la política se dan otras consecuencias. Aquí no se pierde solo eficiencia, reputación o dinero, se pierde futuro. Y, como en los demás escenarios, se vacía el ser.

Dejamos de ser para aparentar que somos, cuando en realidad ya no somos nada.

La Tontocracia política no se impone únicamente desde los escaños ni desde los despachos del poder —aunque también—. Se consolida, como en la empresa, desde abajo, a través de la resignación ciudadana, de la abstención moral, del «todos son iguales» convertido en coartada para no pensar ni exigir.

Son corruptos, mentirosos, aprovechados…, pero como «lo son todos», al menos que sean de los míos. La verdad y la honestidad dejan de importar; el gregarismo y la estulticia —esa renuncia voluntaria al criterio propio— ocupan su lugar.

Ya no hay que ser mejor y estar más preparado, ahora hay que ser uno más y estar más dotado para las artes interpretativas. Cuanto menor sea el nivel y más grosera la forma, más fácil resultará la identificación. El público entregado podrá decir: es uno de los nuestros. Uno más entre nosotros.

No cabe engañarse: la mediocridad política prospera porque encuentra terreno fértil. No porque falten discursos, sino porque sobra complacencia. Se tolera la mentira cuando conviene, se justifica la incompetencia cuando es «de los nuestros» y se aplaude la consigna fácil cuando ahorra el esfuerzo de pensar.

El liderazgo ético frente al silencio colectivo

El ciudadano deja de ser sujeto político para convertirse en espectador emocional. Opina, pero no delibera. Se indigna —el que lo hace—, pero no actúa. Confunde participación con desahogo. Repite consignas, pero rara vez las formula con criterio. El juicio se externaliza; la responsabilidad, también. Todo son «balones fuera».

Como en la empresa, el ritual se repite: discursos vacíos, preguntas que no se formulan, silencios que se disimulan enmascarados de prudencia y aplausos que llegan siempre después, cuando ya no hay riesgo.

Contra la ilusión de que «todos son iguales»: apoyar al honesto

Y todo ello bajo una idea tan cómoda como letal: «no sirve de nada».

Pero sirve. Siempre ha servido. Lo que ocurre es que exigir tiene un coste. Pensar incomoda. Y señalar la desnudez del poder —como en el cuento del rey desnudo— exige estar dispuesto a quedarse solo, aunque sea por un instante.

La política se degrada cuando el ciudadano renuncia a su responsabilidad moral y delega no solo el poder, sino también el juicio. Cuando deja de preguntar. Cuando acepta que le traten como a un menor de edad. Cuando su mente se acomoda al relato en lugar de a la verdad.

No se trata de idealizar la política. Se trata, sobre todo, de no infantilizarnos.

De nuevo el concepto de oclocracia sobrevuela nuestras cabezas. Porque cuando el silencio se convierte en norma, la mentira deja de ser excepción. Y cuando la mentira se normaliza, la Tontocracia ya no necesita imponerse: se extiende como mancha de aceite.

Si esto sucede en la empresa —donde aún existen correcciones visibles: el error, el mercado, los resultados—, ¿qué no sucederá en la política, donde los efectos se difuminan en el tiempo y siempre pueden atribuirse a otros?

Aquí el daño es más sigiloso y lento, pero más profundo.

Sitúese en un debate. Quien señala primero al adversario de corrupto obtiene una ventaja narrativa, incluso cuando la corrupción está de su lado. La acusación suele preceder a la verdad. Se derrocha a manos llenas, a cuenta de la deuda, y ya la sufrirá el gobierno entrante si hay cambio de color; y siempre, siempre, las nuevas generaciones.

Y entonces conviene hacerse otra pregunta incómoda —la que casi nunca formulamos—: si se tolera tanta corrupción, tanta mentira y tanta incompetencia, ¿es solo porque somos muy pacientes… o también porque, en el fondo, sospechamos que en su lugar quizá haríamos lo mismo?

En la educación

Hay un territorio donde la Tontocracia no solo se tolera, sino que se disfraza de cuidado, empatía, comprensión y hasta de progreso.

Y, sin embargo, aquí es donde se juega el partido más decisivo para todos: el futuro de nuestros hijos y, por extensión, el de la sociedad que decíamos querer preservar.

La exigencia como acto de amor y responsabilidad

El descubrimiento del ser comienza en la familia y continúa, de manera natural, en los centros formativos. Pero el ser que llega a la escuela no necesita solo conocimiento. Necesita, sobre todo, aprender a vivir en la exigencia.

No una exigencia cualquiera, sino aquella que obliga a dar lo mejor de uno mismo; la que enseña a tolerar la frustración cuando nos visita la derrota; la que entrena la disciplina incómoda cuando el cuerpo y la mente pugnan por abandonar.

No hay crecimiento sin fricción y reto. No hay madurez sin incomodidad.

Acomodar la enseñanza al alumno no es el camino. Sería como acomodar el equipo al jugador o la empresa al trabajador. El ser humano necesita rigor y exigencia para desplegar sus talentos.

Pero no se imagine un escenario falto de cariño: siempre exigimos a quienes queremos, porque aspiramos, en definitiva, a que puedan expresar todo su potencial.

Cuando nuestros hijos son pequeños los llevamos de la mano con un propósito claro: poder soltarlos algún día con la confianza de que sabrán gobernar su vida.

No hay mayor acto de amor que preparar para la autonomía. Y no hay autonomía sin exigencia.

El papel insustituible del docente

El alumno necesita profesores que lo tomen con seriedad y respeto, incluso cuando aún no sea capaz de comprenderlo. Qué difícil lidiar con esa incomodidad, ¿verdad?

Exigencia en la puntualidad. Exigencia en la atención. Exigencia en el estudio. El suspenso no como castigo, sino como espejo: el lugar donde el alumno se enfrenta a su falta de conocimiento y criterio, y aprende a hacerse responsable de ello.

Necesita también docentes de conducta ejemplar capaces de corregir y respetar a la vez; de sostener la norma sin humillar; de acompañar con una sonrisa que anima, pero que no abdica.

Lo que el alumno no necesita son profesores que:

Contra la ilusión del atajo pedagógico: la perseverancia en el esfuerzo

Ninguna tecnología puede sustituir al maestro que acompaña con criterio, que anima, enseña, dialoga, comprende y suspende cuando no se ha alcanzado el nivel.

En la Tontocracia se finge enseñar, pero en realidad no se trabajan los contenidos, sino las actitudes impostadas. Se enseña en el fingimiento; no se comprende, se tolera; no se suspende, se empuja hacia el siguiente curso. Ya se apañará el que venga detrás.

Y de empujón en empujón, se llega a la universidad, donde ya no se puede llenar el vacío que debiera rebosar de conocimiento y educación.

Educar no es agradar, sino formar.

Educar no es entretener, sino rescatar al individuo de su nadería.

Educar no es fingir, sino ser ejemplar.

Educar es ser y no parecer.

Cuando la institución se instala en el fingimiento, el valor del inconformista

Imagínese una reunión de claustro. El decano explayándose en las bondades de su proyecto, que nadie más ve. Se abre el turno de réplicas y preguntas… y con él se hace el silencio.

Ningún comentario, o el que lo hace echa balones fuera.

En esto, uno de los asistentes exclama, «por fin» —acababa de recibir el pasaporte tontocrático—: «¿Un gran equipo como el nuestro, ejemplo de excelencia, lo hará posible». Todo el mundo calla hasta que un inconformista, que no aspira a la misma ciudadanía que el profesor anterior, responde. «¿Cómo podemos hablar de excelencia cuando todos aquí sabemos que no es así? ¿Acaso el marketing corporativo nos ha vaciado la cabeza de ideas? En nuestras conversaciones diarias todos sabemos y expresamos que esto está aún por hacer. Que es imposible continuar así, y más si ni siquiera somos capaces de reconocerlo y expresarlo en una reunión de claustro.

EL PRECIO DE LA COHERENCIA

La pelea contra tanto desmán garantiza la soledad, el inconveniente, el disgusto y la zozobra. La cuestión por resolver es: ¿qué haríamos nosotros en esa situación?

Esta no es una llamada al chirrio continuo. Hay que saber librar las batallas. Saber economizar fuerzas para fajarse en las que son importantes. Pero hay que librarlas.

Si miramos nuestro pasado y no hay heridas, será que hemos llevado una vida cobardemente impostada.

A nosotros, y solo a nosotros, nos corresponde elegir qué queremos ser; qué decidimos hacer con nuestra vida.

No se olvide: somos lo que hacemos, no lo que pregonamos y presumimos, pero luego no llevamos a la práctica.

De eso va la vida, de ser o de aparentar que se es.

Aparentar nos llevará a tener compañía gregaria.

Ser, a una soledad reconfortante pero incómoda. Muy incómoda.

Una pregunta que no admite delegación: ¿estamos dispuestos a pagar el precio por ser?

Pero recuerde, todavía no hemos finalizado nuestro viaje.

Aún nos queda otra estación.

7
Tontocracia: cómo sobrevivir y prosperar

El rumor de los pasajeros y la impaciencia colectiva se adueñan del ambiente, preludiando el fin del viaje. No obstante, sigo tranquilo y ensimismado en una de mis reflexiones más recurrentes: las razones no cambian el mundo; necesitan de un músculo que las lleve a cabo: las obras. Las ideas sin acción no pasan de ser un ejercicio de mera cortesía palaciega. Ser íntegro obliga a alinear pensamiento, palabra, acción y ética. Ha llegado, pues, el momento de lo concreto, del comportamiento que atestigua quiénes somos.

Somos lo que hacemos, y también lo que omitimos cuando deberíamos actuar. El hacer que aconseja, anima o reconforta, con la palabra; el que se manifiesta en una caricia o en un abrazo; el que regala o procura un servicio; el que comparte su tiempo con el otro (kairós, no chrónos).[58]

De ahí que haya llegado el momento de plantearse: ¿quiere ser solución o problema? ¿Quiere ser agente de cambio o se conformará con ser uno más entre tantos?

No se impaciente; permanezca en el asiento, atento a la jugada, hasta el final del trayecto. Ya no hay medias tintas. Es el momento de la verdad.

Obras son amores y no buenas razones.

Aquí se acaba la teoría y comienza la responsabilidad personal. Empieza el juego.

CONSEJOS PRÁCTICOS PARA NO SER PARTE DEL PROBLEMA

La mediocridad y la falta de criterio en que estamos instalados no provienen tanto de acciones deliberadas como de falta de oposición. La conducta simplona y acomodaticia abre las puertas de la insidia y del desgobierno.

La pasividad es el mejor aliado del deterioro moral de la sociedad.

«El infierno son los otros… y nosotros, cuando no actuamos, les abrimos la puerta», decía Jean-Paul Sartre.

Si quiere evitar que se abran las puertas del infierno, debe situarse frente a ellas, elegir los enfrentamientos que quiere tener en la vida… y afrontarlos.

No todos los conflictos merecen ser evitados; algunos deben ser enfrentados. Cada vez que tolere una conducta injusta, irracional o dañina, aunque parezca insignificante, correrá el riesgo de que con el tiempo se convierta en norma aceptada y justificada.

Por eso hay que poner freno y afeitar el retraso, la palabrería soez e insultante, el grito que pretende humillar. Hay que corregir el trabajo mediocre, el vestir desaliñado o poco ajustado a la situación, así como el comer falto de modales… en todos los ámbitos de la convivencia.

Somos seres sociales y en la sociedad el ser humano encuentra sentido.

Cada acto de tolerancia deja huella en el grupo; los límites se desdibujan y la mediocridad, la arbitrariedad o la injusticia terminan por imponerse como rutina.

La disciplina, muchas veces incomprendida, evita que los pequeños descuidos se conviertan en otros de mayor calado. Predicar con el ejemplo, evitar el trato degradante y el gesto soez en la infancia evitará, en gran medida, la rebeldía y el maltrato físico en la adultez.

La ley de la cosecha. Se recoge lo que se siembra (Covey).[59]

Lo pequeño no es irrelevante: es germinal.

El motivo real de unión en una institución no es la disciplina, sino el propósito compartido que guía y da sentido a cada acción. Sin propósito, la disciplina no vincula: simplemente controla. Lo que antes parecía normal, ahora exige rebeldía, temple y esfuerzo.

Por eso, plantéese ser uno y genuino; sea siempre el mismo en la familia, el trabajo o donde quiera que vaya. No pretenda ser inmaculado y sincero en su hogar, y un mentiroso y depredador de los negocios en el trabajo.

No se es íntegro y cabal a tiempo parcial. Aquí no se da la «imagen laboral» del honrado discontinuo. Se es en todas las facetas de la vida o no se es. Mostrarse falto de principios en alguna de ellas es como la cicatriz que recuerda una herida. le acompañará siempre.

Llegados aquí, exploremos qué hacer ante el igual, el superior o el inferior jerárquico.

Ante el igual (amigo o compañero)

No sea cómplice riendo la gracia humillante o injusta. Atemphere o evite su respuesta, aunque el entorno le invite a ello.

Reír también es opinar y tomar partido. No busque la aprobación general. Si el grupo quiere beber hasta perder la conciencia, desista y no sea uno más entre ellos.

Si intentan aprovecharse o mofarse de otra persona —más débil o menos dotada—, no se sume a la «manada» y ponga límite a su conducta.

No justifique al ausente haciéndose cómplice de él. Señale sus incorrecciones, con prudencia y templanza cuando su comportamiento lo merezca. A veces, es mejor permanecer callado, a la espera de la contrapréplica, que hablar sin conocimiento exacto de lo ocurrido. Solo usted sabrá discernir si su silencio es cómplice y cobarde o simplemente prudente. Sepa estar callado.

No mire a otro lado cuando el grupo rebase la línea de lo ético. El gregarismo per se no es la respuesta. Aquí ya no vale: «como es de los míos todo le estará justificado».

Corrija sin humillar, pero interpеле cuando sea necesario. La condescendencia no hace mejor al amigo.

La amistad auténtica no anestesia la conciencia, la despierta.

Recuerde: toda acción u omisión tiene efectos sobre los demás, pero también sobre usted. Cuando se quiere y respeta, se corrige.

No obstante, recuerde: no todo el mundo desea —ni merece— ser ayudado. Si la naturaleza del otro es tóxica, apártese de él; no lo intente: toda ayuda será mal interpretada y se volverá en su contra.

Alejarse también es una forma de proteger la propia dignidad.

Sepa ser ejemplo de bonhomía y no se muestra de cobardía.

¡Qué difícil es mantener el tipo ante la mirada del grupo! Hágalo. Rétese a usted mismo. Verá qué sano orgullo. No soy uno más: soy yo, y veo en el otro a un ser humano completo en su dignidad.

Sin dar por agotada la relación entre iguales —daría para una enciclopedia—, pasemos al plano de la responsabilidad jerárquica superior.

Ante el superior jerárquico, sea en el centro docente, en la política o en la empresa

No se lleve a engaño, en esta situación el problema no es la posición jerárquica, sino el uso que se hace del poder como sustituto de la razón.

Cuando la dirección se ejerce desde el grito, la grosería o la humillación, el liderazgo se convierte en prepotencia y abuso. Entonces, la condición de colaborador muta a la de esclavo.

La autoridad que no se vale del ejemplo, sino del poder, se vacía de legitimidad.

No permita el abuso del jefe que grita o trata con descortesía. Si la prudencia —por falta de alternativas momentáneas— recomienda aguantar, no agache la mirada, aunque le tiemblen las manos y las piernas. El miedo es comprensible; lo que no es admisible es dejar que el temor gobierne todas nuestras decisiones.

El miedo puede acompañar, pero no debe mandar.

Hable con calma cuando pueda; si no es posible, mantenga la tranquilidad. Solo usted sabe quién es dueño de su silencio.

Callar a tiempo puede ser estrategia, callar siempre es renuncia y cobardía.

Más adelante podrá determinar qué cabe hacer, porque siempre cabe hacer algo. No piense que un grito aislado justifica una denuncia. Pero si el abuso es reiterado, acumule pruebas y testigos. No confíe, sin embargo, ciegamente en ellos: muchas veces —como en la amistad fingida—, llegado el momento de la verdad, desaparecen.

La prudencia siempre invita a no idealizar la conducta ajena.

Aterricemos en una escena concreta. El consejero delegado, hombre dado al grito y a la descortesía constante, se emplea de mala manera ante el director general. Este, harto pero sin inmutarse, le responde con serenidad: «Por favor, cálmate. Por mucho que grites no vas a conseguir que haga lo mismo».

Se produce un silencio tenso y la reunión continúa sin mayor inconveniente. Observar, templar y continuar.

La firmeza serena desarma más que la réplica airada.

Con cuanta prudencia con servilismo. Como el silencio, la prudencia debe ser su arma, no su renuncia. Toda prudencia tiene un límite y, cuando se cruza, no actuar deja de ser sensatez y se convierte en claudicación. Si finalmente claudica, no podrá sostener ni su propia mirada ante el espejo.

El precio de no actuar siempre se acaba pagando en nuestro diálogo interior.

De su jefe un amigo, exagere la distancia. La verdadera amistad exige que sepa guardarla. Del mismo modo, no espere trato de favor; los demás tampoco.

Confundir amistad y jerarquía suele acabar dañando ambos aspectos.

No juegue a transformar una relación profesional en una relación paternofilial: el jefe como padre; usted como hijo. Si se engaña con esa ficción, acabará pagando el precio a su debido tiempo.

Las organizaciones no son familias, lo que no quiere decir que dejen de ser humanas.

No responda con arrebato ni con aspavientos al trato degradante de su superior. Con que se degrade él ya es suficiente. Mantenga su compostura incluso cuando no pueda actuar de inmediato. Sea más inteligente que el prepotente, esa es su principal arma de defensa.

La dignidad sostenida en el tiempo, como el oleaje del mar, siempre erosiona la roca.

Si su jefe se apropia de sus ideas, obsérvelo primero para confirmar la actitud. Una vez verificada, deje un registro de su trabajo: correos, informes, escritos, presentaciones ante terceros. Reivindique sus méritos de forma firme y respetuosa. No se permita ser un cero a la izquierda.

La visibilidad honesta protege más que la respuesta airada.

Visualice ahora otra escena. Un consejero delegado preside una reunión; a su izquierda y a su derecha, dos colaboradores: el director general y un director de zona que depende de él. Este último observa con estupefacción cómo el director general se arroga un trabajo que ha realizado íntegramente él.

Con calma y firmeza, el director de zona interviene: «Manuel,[60] como mínimo, este trabajo lo hemos hecho los dos».

La observación es clara, sin reproche ni enfado, y comunica un hecho. El consejero delegado, hombre experimentado, capta de inmediato el mensaje. El director general entiende que su conducta ha sido observada y registrada.

Nombrar el hecho, sin entrar a cuantificar los desajustes, suele ser suficiente.

Este ejemplo muestra cómo defenderse de la apropiación de méritos sin perder la compostura ni generar un conflicto innecesario. Reivindicar lo que corresponde, con inteligencia y firmeza, refuerza la posición del colaborador y evita convertirse en víctima pasiva del abuso o de la prepotencia.

Dicho esto, el poder no solo se padece, también se ejerce. Pasemos ahora a la relación descendente. Cuando es usted quien ocupa una posición de director —y observe que no digo líder, porque ese título deberá ganárselo—, su manera de actuar marcará la diferencia. Y si no le preocupa que lo consideren como tal, pero se esfuerza por hacer lo correcto, probablemente vaya por el buen camino.

La autoridad que no busca reconocimiento suele ser la más auténtica.

Ante el inferior jerárquico

No olvide lo ya apuntado sobre cómo ejercer el poder sin perder autoridad: el uso injusto o innecesario del mando y la falta de ejemplaridad la erosionan siempre. Dicho esto, vayamos a lo concreto.

La autoridad se pierde más por incoherencia que por error.

No trate a sus colaboradores de forma condescendiente. No «les permita», con un trato buenista, pensar que lo que han conseguido es fruto de su benevolencia. Se lo han ganado. Y deben saberlo.

Reconocer dignifica. La benevolencia condescendiente humilla.

Cuando promocione a alguien, no piense que esa persona le debe un favor. Cuántas veces se oye —de forma más o menos explícita—: «Después de todo lo que he hecho por ti, ahora te vas; me lo debes».

No caiga en ese error. Su obligación es promover al mejor. Recuerde esto: nadie le debe nada.

Confundir lo que se debe por mérito con lo que se adeuda por favores es una forma de abuso.

Si aquel profesor, aquel entrenador o incluso sus propios padres no hubieran creído en usted cuando ni siquiera usted lo hacía, no sería —para bien o para mal— quien es hoy. El crecimiento de una persona casi siempre comienza de la mano de un mentor.

Creer en los demás es una de las formas más altas de ejercer el poder.

Confíe en sus colaboradores. Inquíetese cuando no hagan bien su trabajo y corríjalos con firmeza y afecto. Pero tenga claro lo siguiente: no todos quieren. Hay quienes viven instalados en la queja, para quienes el enemigo siempre es el otro, sin estar dispuestos a escuchar ni siquiera una voz honesta. Cuando se dé ese caso, deberá apartarlos de su camino.

Ayudar a quien no quiere ayudarse acaba desgastando al que lo intenta.

Sea ejemplar. Sepa serlo. Si por su función ha de representar a su empresa —en la forma de vestir, con un coche adecuado a su función o en determinados entornos—, interprete bien su papel cuando sea necesario. Abandona la «escena», muéstrese como uno más. Y si un día hay que mover una mesa, muévala. Sea cercano. Sea humano. Sea uno más.

La persona ejemplar huye de la fama. No se vanagloria, simplemente hace y se le observa.

No se escude en la exigencia de un órgano superior para justificar sus decisiones. Sus colaboradores no solo percibirán la posible injusticia de la medida, también verán la debilidad y la cobardía de quien no asume su responsabilidad.

Justificarse en un superior es «retratase» ante el inferior.

Fíjese en la siguiente escena. El director general de una sociedad discute —acaloradamente— con el presidente y el consejero delegado la retirada del coche de empresa a los directivos de cinco departamentos. Los dos primeros insisten en la necesidad de reducir costes. El director general, tras valorar el impacto económico, considera que el ahorro es mínimo y que el daño moral sería mucho más importante. Lo defiende. Insiste. Al final, desiste.

Tiene dos opciones: dimitir o asumir la decisión como propia. Elige la segunda.

Cuando comunica la medida a los «damnificados», recibe reproches y protestas. No se escuda en nadie. No señala hacia arriba. Se presenta como último responsable.

Meses más tarde, el presidente y el consejero delegado restituyen los coches a los directivos, de espaldas al director general. Una jugada que no necesita comentario.

El tiempo acaba revelando quién está al frente y quien está en la sombra.

Aprenda de unos y de otros. La situación define a cada cual.

Corrija sin humillar. Nadie es más por el mero hecho de ostentar mayor responsabilidad. Afronte la situación, por incómoda que sea. No eluda jamás su responsabilidad. No manche nunca el nombre de otra persona para proteger el suyo propio.

El ejercicio del poder no siempre se da en decisiones visibles. A veces se manifiesta en escenas pequeñas pero incómodas que exigen más coraje que una reunión de consejo.

Veamos una nueva puesta en escena. El director de un área de negocio toma conciencia del fuerte olor corporal que acompaña a uno de sus colaboradores. Las reuniones en las que participa se vuelven difíciles. El comentario recorre el departamento.

Consciente de la situación, lo convoca a solas. Trata el asunto con suma delicadeza: «Antonio, he notado que en ocasiones te acompaña un olor corporal intenso, algo que podrías evitar con un poco más de cuidado. Aprecio tu trabajo y tu forma de ser. Precisamente por ello no puedo dejar de decírtelo. No quiero que se convierta en motivo de burla o de silencio incómodo. Estoy seguro de que le pondrás rápido remedio».

No volvió a ocurrir. No fue una conversación cómoda. Fue un acto de respeto.

Advertir con delicadeza es una forma de cuidar.

Quien omite corregir lo pequeño acaba obligado a sofocarlo cuando ya es grande.

Ese es su papel principal; todo lo demás es adorno.

Cuando se vaya, nadie recordará sus disfraces. Recordarán, si acaso, el vacío de su ausencia. Y ese vacío —o ausencia— será su verdadera medida.

El poder desnuda a quien lo ejerce. Hacia arriba exige coraje, hacia abajo, decencia, y hacia dentro, sentido común, responsabilidad y excelencia.

Pero descendamos un peldaño más en la concreción de ideas. Sitúese frente al ordenador, abra su bloc de notas y anote algunas reflexiones que le ayuden a cultivar el sentido común, la responsabilidad y —en último término— la excelencia. Aquí ya no se trata de comprender, sino de decidir.

No basta con responder con acierto a lo que el entorno nos demanda; también debemos decidir qué tipo de persona estamos dispuestos a construir en el quehacer diario.

CULTIVAR EL SENTIDO COMÚN, LA RESPONSABILIDAD Y LA EXCELENCIA

Cultivarse en todos los ámbitos y situaciones que nos ofrece la vida supone convertirse en un «atleta» de la sensatez y de la decencia y entrenar cada día, incluso cuando se descansa activamente,[61] y hacerlo siempre de acuerdo con un plan consciente y sostenido.

Es la filosofía del ciclo de Deming,[62] incorporada a nuestro transcurrir vital: planificar, ejecutar, evaluar y corregir. Vivir también es mejorar.

Desplegar sensatez exige llevarla al detalle de lo cotidiano. Si usted no quiere ser uno más entre muchos, sino alguien que persigue hacer lo correcto, no librará todas las batallas —sería un sinvivir—, pero sí aquellas que, por importantes, resultan irrenunciables. Recuerde la idea ya expresada: una vida bien vivida necesita de heridas en la espalda. De no haberlas, sospeche de ella.

Las cicatrices son el precio que se ha de pagar por no haber mirado a otro lado. La piel intacta suele delatar renuncia.

Cuando las personas virtuosas se retiran de la contienda, la injusticia se adueña del escenario de la vida, decía Burke.[63] La neutralidad moral, por tanto, no existe, siempre acaba tomando partido por alguien.

La excelencia no es un resultado final, sino una práctica constante de coherencia. Y como tal, la reflexión le debe acompañar siempre: ¿qué le movió a actuar? ¿Por qué decidió hacerlo?

Recuerde que toda acción en sociedad debe dar respuesta a tres cuestiones fundamentales: ¿qué gana usted? ¿Qué aprende usted? Y dado que su decisión impactará en los demás: ¿qué hizo usted por el otro?

Implicarse en hacer de este un mundo más sensato y mejor supone dar respuesta adecuada a las tres. Cuando una de ellas falta, la acción pierde equilibrio.

De atender solo a las dos primeras —lo más común y habitual— usted será merecedor del calificativo de egoísta. Sí, además, si es capaz de considerar al otro estará escapando del ruido y de la miseria habituales.

Revisar la acción diaria supone hacerlo con la intención que le movió: el para qué; después el cómo; y, finalmente, el resultado.

El resultado per se no hace buena la actuación.

La acción correcta necesita de un buen camino y una buena llegada a meta, aunque a veces la única opción sea el mal menor.

Vistas las fallas y despertada la inquietud, llega el momento de la mejora: planear de nuevo, actuar de nuevo y vuelta a pulir. Y ante la duda que permanece, buscar un buen mentor. Alguien experto en el arte de vivir que le dé indicaciones de lo que cabe hacer, no como modelo a seguir, sino como referencia de decisiones ya vividas. Después, usted decida.

Si lo encuentra en el trabajo y está por la labor, ¡enhorabuena! La suerte se ha «cebado» con usted. El mentor por saber y convicción es un bien muy escaso. Por eso, cuando aparece, es aconsejable escuchar más de lo que se habla.

Bien, si está dispuesto a actuar, reflexionar y mejorar además contando con su protocolo particular, ya solo le queda lo más difícil: llevarlo a cabo. Allí donde los demás agachan la mirada o la apartan, a usted le tocará mantenerla firme y determinada.

Que en el trabajo se encuentra ante un jefe déspota: ya sabe qué actitud puede adoptar.

Que, a pesar de todo, el ambiente se hace insufrible: denuncie o cambie de aires, pero no permanezca sin más, languideciendo y padeciendo un día a día que nadie quiere para sí.

Que el decano dice tonterías: aféeselas con respeto; esto es, con razones que dejen evidencia de su saber hacer.

Y así, situación tras situación, sin olvido de que usted no es un guerrero a la busca de bronca constante. Sepa elegir sus batallas. Pero elíjalas. Eludirlas siempre es elegir perder antes de luchar.

Usted, como todos, está necesitado de coraje, sabiduría y paciencia.

Pero no se oculte detrás de la paciencia ni se eche en manos del coraje sin más, porque pasaría de ofrecer un registro de cobarde a otro de broncas y pendenciero. Haga uso de su inteligencia.

Coraje, sabiduría y paciencia. La excelencia no se mide fuera, sino dentro.

Y cuando dirigimos la mirada a nuestro yo más profundo, aparece la soledad como única compañía honesta. Ahí está el momento de la verdad, de su verdad. Acuda de nuevo al bloc de notas de su ordenador; enfréntese a la pantalla en blanco y respóndase sin filtros. Ánimo, nadie más lo va a leer: ¿quién soy? ¿Qué haría si nadie observara mis actos? ¿Qué compromisos éticos estoy dispuesto a mantener, aunque incomoden?

Hágalo y tome conciencia profunda de quién es. Verá que se encuentra ante la reflexión más exigente a la que se pueda enfrentar un ser humano.

Porque, en definitiva, liderar no pide permiso ni aplausos, exige firmeza, conciencia y acción. Somos, finalmente, lo que hacemos.

La integridad muchas veces le empujará a la soledad coherente, la que no busca cobijo en los aplausos ni en los demás, sino en lo que es correcto hacer.

Siempre que se tope con una muchedumbre insultante, adulante o irrespetuosa, apártese y observe la escena en soledad. No se sume a la masa. Sepa ser en soledad; que solo le guía la ética, pero previamente eduque su conciencia para que esté formada con rectitud.

¿ESTÁ DISPUESTO A LA SOLEDAD?

La soledad es el principal acto de valentía y liderazgo. Todo lo demás —el cargo, el discurso, el aplauso— es pura sobreactuación.

El final del viaje se anuncia por megafonía. Y con él, regresa a mi memoria la historia de liderazgo de una gran persona.

A principios de siglo conocí a una mujer excepcional. Sabía, por ella, que había superado un cáncer que la obligaba a un seguimiento anual. Su puesto de recepcionista le daba la oportunidad de tratar con dedicación y simpatía a todo el personal de la oficina. Con el tiempo, esperaba con inquietud el resultado de su último control.

Ahora, sitúese en una tarde cualquiera y siéntese en la silla del despacho. Por un momento, esa es su silla. De pronto, llaman a la puerta —esta permanece siempre abierta, pero alguien que salió la cerró— y aparece ella, preguntando si puede hablar con usted. «Por supuesto que sí, pase y dígame».

Ella responde: «¿Cómo usted sabe, hoy recogía el resultado de mi control anual. Ya lo tengo y me siento destrozada».

Mientras inicia su relato, unas lágrimas le resbalan por las mejillas. No hay gritos ni lamentaciones. Solo dolor callado, dolor resignado.

«No sé qué más pruebas me tiene reservada la vida. Tuve un cáncer que me hizo parecer lo indecible; que añadió, a las desgracias que ya había padecido anteriormente, un peldaño más de sufrimiento. —Guarda silencio unos segundos y continúa contenida— Cuando tenía diecinueve años, al salir del metro, me violaron. Más tarde, en el trabajo, mi jefe me acosaba y me vi obligada a denunciarlo».

Antes de que pueda continuar, y sin saber qué decir —porque no siempre hay palabras—, usted se levanta, se sienta a su lado y le toma las manos. Ella prosigue: «Pero aquí no acabaron las pruebas que Dios me ha traído. Más tarde, mi esposo me maltrataba físicamente. Un día me empujó por las escaleras mientras estaba embarazada y ahora, de nuevo, el cáncer. No me siento con fuerzas para afrontar esta nueva prueba. Solo aspiro a acompañar a mi hijo en su comunión dentro de unos meses».

La conversación continúa, pero todo ya está dicho. Al acabar, sobrecogido, se dirige a su domicilio, no sin antes llamar a un sacerdote que usted conoce y que sabe que puede ayudarla en su fe.

Meses más tarde, después de la comunión de su hijo, fallece.

Esta mujer encarnó las virtudes de un liderazgo auténtico. Incluso en las peores circunstancias, situaba a su hijo por

delante. Quería estar por él, para que se sintiera acompañado, para cuidarlo y sostenerlo. Pero, por encima de todo, quería hacer lo correcto. Amor a su hijo. Amor al otro.

Todo liderazgo auténtico exige soledad. No nace del aplauso ni depende del cargo; se sostiene cuando nadie mira y nadie aplaude. Y aunque la soledad permanezca, también se comparte.

Noto una quietud extraña en el viaje. Levanto la vista y tomo conciencia de que hemos llegado al final del recorrido; recojo mis notas y apuntes y desciendo del tren, aunque continúo ensimismado en mis reflexiones y diatribas.

Nadie me espera. Emprendo el camino de salida de la estación. Voy solo, pero no me importa, porque aunque caminemos solos, nunca caminamos sin testigo. Es entonces cuando, al creerme completamente a solas, descubro que nunca lo he estado del todo.

Recuerdo unos versos que me acompañan desde hace años:

¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado?
Cuando cuento, solo estamos tú y yo juntos,
pero cuando miro hacia adelante en el camino blanco
siempre hay otro que camina a tu lado.[64]

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